Beñat Zaldua
Iritzia saileko arduraduna / Coordinador de la sección de opinión

Cuatro pilares para sostener la vida

Sanidad, servicios sociales, educación y ciencia se han revelado como los verdaderos sectores esenciales a lo largo de esta pandemia. Cerramos 2020 con la buena nueva de la vacuna, pero vendrán nuevas crisis, sean en forma de patógenos, de depresión económica o de emergencia climática. 

Dos niñas frente a una pizarra en Hernani, en el comienzo de la desescalada. (Jon URBE/FOKU)
Dos niñas frente a una pizarra en Hernani, en el comienzo de la desescalada. (Jon URBE/FOKU)

A finales de 2019 un virus desconocido saltó de un animal todavía indeterminado a un ser humano en el oeste de China; un año después, estamos a punto de celebrar la Nochevieja más extraña de nuestras vidas. Era más poético pensar que podía ser el aleteo de una mariposa el que podía poner patas arriba el otro extremo del globo, pero ha sido una zoonosis la que ha sacudido, literalmente, todo el planeta.

En teoría del caos, el llamado efecto mariposa se emplea para explicar que una variación mínima de los acontecimientos en un momento determinado puede llevar a escenarios radicalmente diferentes en el medio y largo plazo. El SARS-CoV-2, un patógeno diminuto, podía no haber saltado al ser humano. Quizá era esa la opción más probable, pese a las facilidades que nuestro modo de vida ofrece. Pero saltó, y el futuro cambió radicalmente.

El año acaba también con la administración de las primeras vacunas, una noticia espectacular que nos habla de lo que la ciencia es capaz de hacer hoy día. Ante la perspectiva de que en los próximos meses se vayan recuperando parcelas de vida sin coronavirus, la tentación de pasar página, como quien olvida una pesadilla, es grande. Ya ha ocurrido. Todos situamos la Gran Guerra, pero la mayoría apenas habíamos oído hablar de la gripe de 1918, que se cobró más vidas que la primera contienda mundial. En Euskal Herria sabemos muy bien quién era el Duque de Alba, pero ignoramos que, un siglo antes, la peste mató a la mitad de la población del Reino de Navarra.

Las pandemias apenas dejan poso en la memoria colectiva, no son guerras de las que se deriven batallas dialécticas. Un virus, una cosa diminuta sobre la que los científicos todavía discuten si hay que catalogar o no como ser vivo, nos ha derrotado sin paliativos. Apenas hay relatos por los que luchar, por mucho que insistamos en esconder bajo la heroicidad de sanitarias y cuidadoras la incapacidad de dar una respuesta a la altura del reto planteado. No es un femenino genérico: el 77% de los profesionales sanitarios contagiados en el Estado español han sido mujeres que se han cansado de decir que no quieren ser heroínas, que lo que quieren son medios para hacer su trabajo.

No hacer nada no es opción

Frente a la tentación de aspirar al confort pasado se yergue, tozuda, la realidad. No es que las cosas vayan a cambiar, es que ya han cambiado. Las pandemias, desde la de Justiniano a la peste negra, han sido grandes aceleradores de procesos históricos, y no parece que la actual vaya a romper la regla. En términos geopolíticos y en términos tecnológicos.

Y en consecuencia, también en términos económicos. Una de las falacias que ha acompañado las respuestas a la pandemia ha sido el dilema entre la salud y la economía. Nadie elige en alto la segunda, pues si a uno le dan a elegir entre la bolsa y la vida, hay que ser rematadamente estúpido para decir bolsa. ¿Pero cuando se trata de la vida de los demás? Ese falso dilema, en la práctica, ha desembocado en dos fórmulas para unir ambos elementos: unos recuerdan que sin economía no hay vida digna; y otros que sin vida no hay economía que valga. El orden de los factores altera el producto final y marca un orden de prioridades: ¿Qué ponemos en el centro, la economía o la vida?

Si la pandemia no sirve para desplazar la respuesta hacia la vida, ni que sea tímidamente, podemos descartar por la vía rápida que lo ocurrido nos vaya a hacer mejores. 2021 viene marcado por una gran incertidumbre económica; no sabemos cuál va a ser el impacto real de la pandemia a medio plazo, pero podemos anticipar desde ahora mismo que todo recurso al alcance de la mano va a ser poco.

El recurso al endeudamiento para evitar recortes presentes es lógico y pertinente; si algo enseño la crisis de 2008 es que contraer el gasto es altamente contraproducente. Pero el endeudamiento presente se convertirá en recortes futuros si no se amplían los recursos al alcance de las administraciones públicas, algo que requiere cambios en una fiscalidad con mucho margen de mejora y, probablemente, otras herramientas de construcción nacional como un fondo soberano o un banco de inversiones público.

Lo verdaderamente esencial

Todos estos debates deberían darse más pronto que tarde, con el punto de mira fijado en la mejora y el refuerzo de los sectores que la dura realidad de la pandemia ha desvelado como realmente esenciales; los ámbitos sin los cuales no es posible garantizar la vida misma. Probablemente son más y seguro que tienen infinitas ramificaciones, pero estos duros meses deberían haber erigido un consenso en torno a la esencialidad de un sistema de salud público potente, unos servicios sociales y un sistema de cuidados dignos de tal nombre, una educación que aspire a sentar las bases de un futuro mejor y, último pero no menos importante, una investigación científica con recursos materiales y humanos suficientes para poder desarrollarse.

Salud, en sentido amplio

Vayamos por partes. Creíamos que teníamos uno de los mejores sistemas de salud, tanto en la CAV como en Nafarroa, pero hemos conocido nuestros límites, sobre todo en tres aspectos: en la capacidad hospitalaria –estamos muy lejos de la ratio de camas por habitante de países como Alemania–, en la presión a la que está sometida la Atención Primaria –una primera línea en la que faltan recursos materiales y sobre todo humanos, como apunta Edurne Ugarte– y en la toma de decisiones ante emergencias de calado. A estas alturas deberíamos poder ponernos de acuerdo en que la respuesta a la pandemia en Euskal Herria –con una de las ratios de fallecidos por coronavirus más alta de todo el mundo– podía haber sido más rápida y mucho mejor.

Pero la pandemia nos ha recordado también que la salud de una comunidad va bastante más allá de los hospitales y los centros de salud. Para empezar, hemos aprendido que la salud humana no puede abstraerse de la salud de nuestro entorno, sea la del resto de seres vivos, sea la del propio medio ambiente. Las posibilidades de que se den nuevas zoonosis son mucho mayores en un mundo en el que el ser humano sigue comiendo terreno a la naturaleza, y la probabilidad de que dichas zoonosis se compliquen se multiplican con el presente modelo de ganadería intensiva –véase lo ocurrido con los visones–.

Como telón de fondo se presenta la emergencia climática, que no va a hacer más que agravar estos problemas y crear otros nuevos. Estrategias “One Health” que aborden conjuntamente la salud humana, animal y ambiental van a ser imprescindibles en los programas de salud.

Por otro lado, el SARS-CoV-2 se ha encargado de poner en su sitio a aquellos que decían que un virus no entiende de fronteras ni clases sociales. Claro que entiende: la incidencia del coronavirus en los barrios pobres ha doblado a la de los barrios ricos, y la brecha de género también se ha dejado notar. Las desigualdades son un factor agravante en cualquier pandemia, y acabar con ellas, en una época en que no hacen sino aumentar, debería ser una prioridad.

Este esfuerzo requiere un replanteamiento profundo del sistema de cuidados y del universo de lo que hemos venido llamando servicios sociales. La pandemia ha dejado bastante claro por dónde habría que empezar: las residencias de mayores, de gestión privada en una gran proporción, se han desvelado como uno de los puntos más vulnerables de nuestras sociedad. Pero hay mucho más que hacer. Félix Arrieta habla de ello en la próxima página.

Del mismo modo, el papel que la educación está llamada a desempeñar en esta lucha contra la desigualdad es capital. Es imprescindible dotarla de recursos, por supuesto, pero los retos que tiene ante sí exigen mucho más. ¿Qué clase de personas queremos educar? ¿Cómo vamos entrelazar el aula con la comunidad en estos tiempos virtuales? ¿Qué escuela necesita Euskal Herria para seguir construyéndose como país y comunidad, al margen del vaivén madrileño y parisino? Nora Salbotx apunta algunas ideas aquí arriba.

Por la ciencia inútil

Por último, la ciencia ha vuelto a ganar enteros como sector imprescindible para sostener una vida digna. Lo ha hecho, además, en un doble sentido. El primero, el más obvio, a través de las diferentes iniciativas para hacer frente al coronavirus, con la vacuna en un lugar privilegiado. Si todo va bien, la del SARS-CoV-2 será una de las pandemias más breves de la historia, gracias a la increíble celeridad con la que se han desarrollado diferentes vacunas para hacerle frente. Varias, además, han sido elaboradas por primera vez con la técnica mRNA, o ARN mensajero, cuyos cimientos, una vez más, reposan en la investigación básica financiada con fondos públicos. Izortze Santin ahonda en ello.

He aquí la lección a anotar: la ciencia básica, la que no tiene aplicación práctica a priori –la que en el esquema actual corre el riesgo de ser catalogada de inútil–, es fundamental para lograr aplicaciones futuras. Euskal Herria tiene un largo camino por recorrer para llegar a niveles homologables de financiación de la investigación científica, y el mundo en general tiene una reflexión pendiente sobre un sistema en el que la ciencia básica es financiada con recursos públicos, pero su aplicación –y por tanto sus beneficios económicos– quedan en manos privadas. Algo no cuadra.

En segundo lugar, no solo es inteligente financiar la investigación científica; también lo es prestar atención a los avisos de la comunidad científica. El peligro de zoonosis potencialmente pandémicas venía siendo advertido desde hace dos décadas, pero preferimos no escuchar. Todo el mundo. Con el cambio climático no van a servir las mismas escusas.

Porque ante la tentación de volver al ahora idealizado confort del pasado, cabe tener presente lo siguiente: el SARS-CoV-2 pasará, pero vendrán otras crisis, en forma de nuevos patógenos, de caída económica, o de desagradable sorpresa climática. Reforzar estos pilares que sostienen la vida son el único modo de hacerles frente con alguna garantía.