Soledad Galiana

Irlanda, entre la oportunidad y el desafío del Brexit

Dublín ratificó el lunes el acuerdo entre Gran Bretaña y la UE. Aunque imperfecto a los ojos del Gobierno irlandés, ha sido recibido con alivio ante la debacle que podría ser para Irlanda un Brexit sin acuerdo Y, particularmente, por el impacto que supondría para el proceso de paz.

Un camión pasa hacia la República de Irlanda entre Dundalk y Newry. (Paul FAITH/AFP)
Un camión pasa hacia la República de Irlanda entre Dundalk y Newry. (Paul FAITH/AFP)

Lo positivo del acuerdo de comercio entre Gran Bretaña y la Unión Europea es que refuerza el contenido del protocolo para el norte de Irlanda que el Gobierno británico firmo el pasado año.

Este garantiza la permanencia del norte de Irlanda en el mercado único, evitando la recreación de la frontera aduanera entre el norte y sur de Irlanda que supondría una violación de los términos del Acuerdo de Viernes Santo firmado en 1998 y, con ello, un obstáculo insalvable para el proceso de paz irlandés.

El protocolo garantiza la permanencia del norte de Irlanda dentro del mercado único europeo, con las mismas reglas aduaneras que el resto de la UE, independientemente del estatus y acuerdo entre Gran Bretaña y las instituciones europeas, y mientras el transito de bienes entre los estados miembros y el norte de Irlanda no se vería afectado por tarifas aduaneras, si existirían para algunos productos y servicios entre el norte de Irlanda y Gran Bretaña.

La insatisfacción unionista. El Acuerdo entre la UE y Gran Bretaña ha sido recibido con satisfacción por todos los sectores económicos y sociales, incluyendo las federaciones de comerciantes y agricultores, ya que evita la fricción aduanera con el Reino Unido al menos por los próximos cinco años, lo cual les proporciona la posibilidad de adaptarse y solucionar problemas administrativos que puedan surgir en esta nueva estructura económica.

A nivel político, el acuerdo ha sido acogido con cierto escepticismo, sobre todo desde los partidos unionistas que se ven abocados a la realidad de una frontera aduanera en el mar de Irlanda que creará una realidad económica que les aleja de Gran Bretaña y les acerca a la República irlandesa precisamente en el año que ellos celebran el centenario de la creación de «Irlanda del Norte» mientras que el resto de la isla conmemora la partición de la isla.

Para los unionistas, este acuerdo y el mantenimiento del protocolo para el norte de Irlanda, es una amenaza para su permanencia en el Reino Unido. Para los centristas del Partido de la Alianza y el SDLP, no llega lo suficientemente lejos para garantizar la estabilidad económica norirlandesa.

Y aquí se descubre una realidad histórica que se ha decidido ignorar durante décadas tanto en Irlanda como en Gran Bretaña: para el DUP –que nunca firmó el Acuerdo de Viernes Santo– el proceso de paz es mas una obligación que un deseo.

Ya lo demostraron durante la campaña del referéndum del Brexit, cuando apoyaron la salida de la UE a pesar de que sabían las implicaciones que el establecimiento de la frontera entre el norte y sur de Irlanda tendría para el proceso de paz.

Y siguieron mostrándolo durante las negociaciones de la anterior primera ministra británica, Theresa May, con la UE. En tres ocasiones los unionistas, de cuyos votos dependía el Gobierno de May en el Parlamento británico, bloquearon los acuerdos iniciales que May alcanzó con la UE –que incluían un protocolo especial para el norte de Irlanda que garantizaba el cumplimiento del Acuerdo de Viernes Santo y la inexistencia de frontera aduanera en la isla de Irlanda– y que le costaron a May la jefatura del Gobierno y del partido conservador.

Una prueba más del apoyo del DUP a Boris Johnson y su promesa de que sacaría al Reino Unido de la UE sin acuerdo, aunque significara la destrucción del proceso de paz. Si Johnson ya les traicionó en 2019, esa traición se ha repetido en diciembre del 2020.

En 2019, Johnson se vio forzado a alcanzar un preacuerdo por la presión del Parlamento británico, que le forzó a descartar una salida de la UE sin acuerdo; en 2020 la derrota de Donald Trump en las elecciones presidenciales estadounidenses ha privado a Johnson de un aliado a nivel internacional.

Y la presidencia de Joe Biden, que ya advirtió de que no negociaría acuerdos económicos con Gran Bretaña si no cumplía con los términos del Acuerdo de Viernes Santo, del que Estados Unidos es también firmante, ha empujado a Johnson hacia un acuerdo.

Covid-19 y Brexit unen Irlanda. Ha sido precisamente la pandemia del covid-19 la que ha forzado a los unionistas a afrontar la realidad de que la colaboración entre el norte y sur de Irlanda es una necesidad  práctica, homogeneizando políticas y acciones dirigidas a reducir el impacto del virus en los habitantes de la isla.

Las reuniones entre representantes de los ejecutivos de Belfast y Dublín son constantes y rutinarias. Si bien Belfast no ha llegado a prohibir los vuelos desde Gran Bretaña –una vez más por la oposición del DUP– sí es cierto que los confinamientos en el norte y sur de la isla se han concertado para evitar el avance de un virus que esta afectado al norte de Irlanda más duramente que a la República, y que ambulancias del sur de Irlanda han estado trabajando en el norte para apoyar a los servicios sanitarios.

Ahora será la realidad del Brexit la que transformará a la isla en una unidad económica de facto, bajo las mismas normas comerciales y con una dependencia política a nivel europeo en manos de la República irlandesa.

Hasta ahora, el Gobierno de Dublín ya ha garantizado que los estudiantes norirlandeses podrán seguir participando en el programa Erasmus al incorporarse el norte al programa a través de la República irlandesa, y promete que intercederá para que los norirlandeses puedan mantener la tarjeta médica europea.

El gran desafío económico. Si bien desde el Gobierno de Dublín se ha recibido con alivio el acuerdo de última hora entre la UE y los británicos, la nueva realidad económica que representa plantea grandes desafíos para la República irlandesa.

Irlanda siempre se ha considerado como el granero de Gran Bretaña, una herencia de su pasado colonial que convirtió a la isla, incluso tras la independencia de los 26 condados que forman la República irlandesa, en el principal exportador de productos agrícolas al Reino Unido.

Es por ello que a Dublín le preocupa el impacto que el acuerdo pueda tener en el sector agrícola y, particularmente, en el acceso de sus pesqueros a las aguas del mar de Irlanda.

Así pues, en el mismo día en que el gabinete irlandés aprobaba el acuerdo, también anunciaba un paquete financiero de 100 millones de euros en apoyo del sector agroalimentario para los próximos cinco años, y se discutían medidas para reducir la flota pesquera o cómo regular el acceso a las aguas británicas, a la vez que se exploraban posibilidades de diversificación de la actividad económica en las zonas costeras, que emplea a 175.000 personas en la República irlandesa.

Tanto es así que una de las primeras reuniones del primer ministro irlandés, Michéal Martin, fue con los representantes de las organizaciones pesqueras, que se mostraron satisfechos a la salida de la reunión, aunque advirtiendo de que serían necesarios más encuentros para diseñar un plan para la industria pesquera.

A pesar de los cuatro años que ha durado el proceso de salida de Gran Bretaña de la UE, desde la clase política y económica irlandesa se perciben carencias sobre actuaciones que podrían aliviar el impacto del Brexit.

Ello se ha demostrado con el reciente bloqueo de los puertos y aeropuertos ingleses este diciembre debido a la nueva variante de covid-19 descubierto en el sur de Inglaterra.

Puesto que Gran Bretaña siempre se ha considerado la ruta de salida de mercancías irlandesas hacia el continente, el cierre de la frontera francesa vislumbró el futuro del transporte de mercancías desde Irlanda al resto de Europa y el hecho de que no se había planificado suficiente infraestructura para ello, tal y como denunció la asociación de transportistas.

El desafío ahora es el de establecer la estructura portuaria y garantizar los servicios para un transporte de mercancías alternativo a la ruta británica para evitar situaciones como las colas kilométricas para el acceso al puerto de Dover o al Eurotúnel que se auguran a consecuencia de los controles aduaneros que aparecerán desde el 1 de enero para productos británicos y que afectarán el tránsito de otras mercancías en la red de carreteras británica.

El ministro de Asuntos Exteriores ya ha anunciado negociaciones con el Gobierno británico para explorar cómo será su nueva relación con Gran Bretaña.

Así pues, el Brexit no es el fin, sino el principio de una nueva saga que nadie vislumbra como acabará.