Joseba Sarrionandia, en La Habana. (Jose GOITIA)
Joseba Sarrionandia, en La Habana. (Jose Goitia)
Ariane Kamio

Joseba Sarrionandia regresa a Euskal Herria tras casi cuatro décadas de exilio

Joseba Sarrionandia está en Euskal Herria. Tras 36 años de exilio, el escritor de Iurreta ha regresado a su lugar de origen. Retorna con una prolífica obra que forma parte del imaginario colectivo vasco. Sarri ha vuelto físicamente, porque en realidad nunca se fue.

Es una noticia de alcance, a la que no le queda largo el adjetivo histórica, para la cultura y también para la política vascas. Joseba Sarrionandia Uribelarrea, Sarri, está en Durango después de casi 36 años de ausencia física, que no real. Y es que en este tiempo su creación literaria ha sido incesante y aclamada, lo que ha apuntalado y ampliado la referencialidad que le dieron su huida de Martutene y la canción que le dedicó Kortatu.

Fue el día de San Fermín de 1985. Los muros que acogen las celdas de la cárcel de Martutene son, hoy día, testigos de un cambio de rumbo que se está gestando en lo que se refiere a la política penitenciaria estatal. El alejamiento que sufre todavía el Colectivo de Presos Políticos Vascos se va atenuando –que no agotando– según pasan los días en el calendario. Hoy Martutene puede ser un síntoma de alivio para los allí trasladados desde lejanas prisiones del Estado español. Martutene, aquel 7 de julio de 1985, también respiró por los poros de sus paredes una pulsión que se vivió en clave positiva. Joseba Sarrionandia e Iñaki Pikabea lograron llevar a efecto la huida.

Sarrionandia, ya entonces escritor, tomó rumbo al mundo, un destino donde la realidad y la literatura han ido de la mano en un camino que se ha prolongado durante más de tres décadas. Pero toda carrera tiene su fin, o una continuidad distorsionada, ya que el camino de Sarri vuelve a tener una nueva parada, ansiada: Euskal Herria. Según ha difundido el portal ‘Anboto’ y había constatado ya NAIZ de fuentes cercanas al escritor, Joseba Sarrionandia ha regresado a casa, a su Iurreta-Durango natal.

El deseo de Sarrionandia de retornar a Euskal Herria desde Cuba, donde había fijado su residencia, era conocido. Sobre todo por motivos familiares, por lo que el retorno se ha producido de modo discreto. Su objetivo principal es visitar a su madre, tras el fallecimiento de su padre en 2016, tras 31 años sin verse («me dejó una gran deuda con él por todo ese tiempo»). Vuelve a su país como lo han hecho, en la medida de sus posibilidades y en un goteo incesante, decenas y decenas de exiliados políticos vascos desde el compromiso tomado en Biarritz en 2013.


Cerca pero lejos

Su mundo personal es tan mundo como el que da cobijo a todo ser viviente en este planeta. Y sea cual sea ese bicho viviente que habita en las letras vascas, también ha tenido –y sigue teniendo– un hábitat natural en la literatura de Joseba Sarrionandia.

Repasémosla. En estas décadas de exilio Joseba Sarrionandia ha dejado trabajos que no necesitan presentación porque han empapado a varias generaciones vascas. A ‘Izuen gordelekuetan barrena’ o ‘Ni ez naiz hemengoa’, previos a la huida y el exilio, se suman luego ‘Gartzelako poemak’, ‘Lagun izoztua’, ‘Kolosala izango da’, ‘Hitzen ondoeza’, ‘Hau da ene ondasun guztia’ o ‘Moroak gara behelaino artean?’, ensayo por el que obtuvo el Premio Euskadi de Literatura en la época del Gobierno de Patxi López, y que no estuvo exento de polémica. Sus últimos trabajos en este género llevan por título ‘Lapur banden etika ala politika’, ‘Bizitzea ez al da oso arriskutsua?’, ‘Airea ez da debalde’ y ‘Gauzak direna balira’, una serie de obras político-filosófico-literarias en forma de dietario nocturno escritos desde la capital habanera.

Son ya casi inmemorables sus primeras colaboraciones en publicaciones como ‘Zeruko Argia’ o ‘Jakin’, ya que, seguramente, en nuestras mentes prevalece ese colectivo formado por Bernardo Atxaga, Jon Juaristi, Manu Erzilla, Joxemari Iturralde y Ruper Ordorika, rubricado como Pott Banda. Estamos hablando de un jovencísimo escritor que se acercaba al mundo de la literatura inmerso en la vorágine política que cubría la cotidianidad vasca. Siendo veinteañero publicaba su primera obra, ‘Izuen gordelekuetan barrena’, un poemario con grandísima repercusión.

Su militancia en ETA le llevó a habitar, nunca mejor dicho, varias prisiones españolas: Carabanchel, Puerto de Santa María, Herrera de la Mancha... Y Martutene. Desde allí consiguió la libertad Joseba Sarrionandia, aunque dentro de una vida en un cautiverio bajo un régimen llamado exilio que le llevó a pasar los últimos años en Cuba.

Fue en el año 2016 cuando el iurretarra –siempre tímido, siempre introvertido, al menos con la prensa y con su visibilidad pública–, hizo saber al mundo que tanto como sus letras la persona que habita tras ellas reside en Cuba. Fue a raíz de conseguir una plaza como lector en la Universidad de La Habana tras una cátedra lanzada por el Instituto Etxepare. Sarri ya no era un náufrago del mundo, ni un mensaje en un botella cuya procedencia era desconocida. Vívía. Habitaba. Residía. Lo hacía en La Habana. Aunque saber, todo el mundo sabía que jamás dejó de latir por la cultura vasca y el porvenir del pueblo vasco.


En aquella entrevista, concedida entonces a Jose Goitia y publicada en GARA, se mostraba profético sobre un proceso de paz que «será como andar con una pierna. Cuando se acaba una guerra o un conflicto político hay una justicia transicional. Pero el Estado español no quiere ninguna paz, como no quiere ninguna libre decisión de la ciudadanía».

Poco a poco, en los últimos años se ha ido resquebrajando, descubriendo, el misterio que existía en torno a su figura, dejando caer ese mito que –aunque él jamás se reconocería como tal– se ha ido construyendo en torno a su escritura, su pensamiento. En torno a Joseba Sarrionandia.

Ver fotografías actualizadas del escritor iurretarra en aquella entrevista fue casi como redescubrir la fórmula de la Coca-Cola. Es difícil decirlo en una sola frase. Pero el mundo, su mundo, se acercó a las pantallas para realizar aquel descubrimiento, para conocer al Sarri del siglo XXI. La sociedad vasca quería verlo, conocerlo.

Parecía que el autor ya había ‘saldado’ su deuda con aquella aparición fotográfica, pero lo cierto es que son miles, también fuera de las fronteras de Euskal Herria, quienes tienen como referencia su obra. Fue el año pasado cuando el de Iurreta sorprendió a la ciudadanía con una rueda de prensa-presentación-explicación grabada en vídeo sobre su ensayo ‘Gauzak direna balira’. Sarri escribe, Sarri posa, Sarri habla. Pero, por encima de todo, piensa, transmite y llega, haciendo que las distancias físicas sean inapreciables en un espacio político, filosófico y literario que le ha mantenido conectado con Euskal Herria durante todas estas décadas.

Siempre presente

No hay duda de que la extensa y frondosa obra literaria de Joseba Sarrionandia merece un repaso al detalle. Sin embargo, sería también justo enfatizar que el autor vizcaino ha sobrevivido en el imaginario colectivo vasco a raíz de numerosas colaboraciones que ha realizado con artistas vascos. Kortatu lo marcó en las páginas de la historia de la cultura vasca con su bailongo y cantable ‘Sarri, Sarri’. Antológico. Pero no fue el único propulsor musical que puso melodía a sus letras. Mikel Laboa, Ruper Ordorika o incluso grupos más contemporáneos como Gose hicieron de ellas canciones.



Ha sido un mito, un mito que se ha generado sobre diferentes generaciones de un pueblo que ha visto huir y ahora ve regresar a alguien que hasta hace poco no tenía rostro, solo una pluma donde plasmar sus ideas, donde amarrarse a sus raíces, a aquello que todos los días susurra que te sigue esperando. Hoy, para Joseba Sarrionandia no existen hilos que le aten a nada, solo a sí mismo, tal y como escribió en su día en uno de sus tantos poemas.