Paz Errázuriz o fotografiar los márgenes de la sociedad
Fotografiar se convierte en un acto político en el caso de la fotógrafa Paz Errázuriz, chilena de ascendencia vasca. En la Bienal de Guatemala exhibe por primera vez los rostros de las mujeres indígenas que vencieron en el juicio Sepur Zarco, lo que conllevó la condena de dos ex militares.

Paz Errázuriz (Santiago, 1944) lleva décadas dando voz a los sin voz a través de su cámara, poniendo cara a realidades desconocidas que la sociedad aparta y deja en sus márgenes. Boxeadores, travestis estigmatizados, enfermos confinados en centros siquiátricos, cuerpos desnudos esculpidos por la vejez, prostitutas, transexuales, personas sin techo, comunidades indígenas, trabajadores de circo... han sido captados por su objetivo.
Con 77 años cumplidos, Errázuriz sigue en activo. La Bienal de Guatemala acoge hasta el 6 de junio parte de la obra realizada en sus más de cuarenta años de producción. Por una parte, se pueden ver tres series emblemáticas, ‘La Manzana de Adán’ (1982-1990), ‘Nómadas del Mar’ (1991-1995) y ‘El Infarto del Alma’ (1992-1994).
Asimismo, la Bienal es testigo del trabajo llevado a cabo en Guatemala en 2019, cuando cruzó la frontera chilena por primera vez para trabajar. Se trata de dos proyectos, ‘Sepur Zarco’ y ‘Trans Guatemala’.
El primero refleja los rostros de aquellas mujeres indígenas que durante la guerra civil que se alargó durante más de tres décadas sufrieron violaciones sistemáticas y esclavitud a manos del personal militar en una pequeña comunidad cercana al puesto avanzado de Sepur Zarco.
Cambiaron la historia. Desde 2011 hasta 2016, 15 mujeres sobrevivientes lucharon para obtener justicia en el tribunal supremo de Guatemala. Este caso sin precedentes concluyó con la condena de dos ex militares por delitos de lesa humanidad y la concesión de 18 medidas de reparación para las sobrevivientes y su comunidad. «Recibí la invitación de la comisaria Alexia Tala para presentar un trabajo nuevo que se realizaría en Guatemala. Es entonces cuando surgió la posibilidad de trabajar con el grupo de mujeres maya-quiché de Sepur Zarco, un grupo emblemático e históricamente notable por representar por primera vez el triunfo de estas mujeres en el juicio contra los militares en tiempos de la guerra civil que devastó al país», cuenta a NAIZ.
La pandemia ha impedido que Errázuriz viaje a tierras guatemaltecas. «Desgraciadamente, no he podido asistir a la inauguración de la Bienal ni tampoco ver el montaje más que virtualmente. Me gustaría destacar el trabajo de Alexia Tala, que ha podido organizar esta difícil tarea de modo virtual», señala la fotógrafa.
Tala destaca el deseo de Errázuriz de dignificar a la mujer. «Especialmente en la nueva serie ‘Sepur Zarco’, la importancia de su obra va más allá de la fotografía como acto de documentación de los rostros de mujeres indígenas, que los mantuvieron ocultos a la prensa y la televisión. Lo poderoso acá es la dignificación de la mujer mediante ellos. El efecto es confrontador, ya que despierta en nosotros preguntas profundas: la desigualdad que el mundo capitalista ha sometido al planeta y las injusticias a los que el margen fuera de la sociedad se ve expuesto invisiblemente, todos estos, conceptos crudamente relativos al Sur Global».
Al hablar del proyecto, Errázuriz señala que lo ha desarrollado en el contexto de cultura de raza. La fotógrafa se confiesa «honrada» de haber podido hacer el trabajo. «Para mí fue muy importante y también muy emocionante poder realizar este trabajo con estas mujeres heroínas y tan bellamente delicadas».
Y reconoce su temor inicial a que la aceptaran y la permitiesen fotografiarlas. «Fueron momentos muy intensos. Mi temor principal era la comunicación, ya que no conozco su lengua. Poder explicarles en español –mientras una persona traducía al quiché– me daba la oportunidad de observar los gestos en sus caras. De esa manera quería percibir algún grado de complicidad en ellas».
Cuenta que aceptaron su propuesta «cuando les pude explicar detenidamente mis intenciones y la proyección que tendría este trabajo al ser mostrado en una exposición en su país».

El segundo proyecto que se exhibe en la Bienal de Guatemala nos acerca a la comunidad transgénero, a la que ya había dedicado una serie anterior en Chile. «Fue una experiencia muy interesante, sobre todo poder conocer la organización, su postura ante el feminismo y la fuerza del movimiento», dice Errázuriz.
A este respecto, recuerda el libro ‘Señales’, que publicó hace casi dos años junto a Niki Raveau sobre el trabajo que llevaron a cabo sobre el tema transgénero en Chile con niños y adolescentes. «Pudimos compartir con niños transgénero y sus familiares, también personas mayores». Precisamente la niñez y la vejez son las etapas vitales más representadas por la artista en su obra.
Disidencias sexuales
«Desde el travestismo prostibular de los años 80, pasando por la homosexualidad y su tragedia con el sida, hasta el actual contexto de identidades no binarias, mi compromiso con las disidentes sexuales de distintas épocas y contextos ha sido una constante», remarca. La temática también se ha reflejado en su exposición ‘Ropa Americana’ (2018).
Errázuriz es figura destacada de la fotografía en su país. Ha recibido el premio Ansel Adams, otorgado por el instituto Chileno Norteamericano de Cultura (1995) y el Premio a la Trayectoria Artística del Círculo de Críticos de Arte de Chile (2005), y el Orden al Mérito Pablo Neruda (2014), entre otros.
Hoy en día su trabajo cotiza al alza también a nivel internacional, aunque fueron necesarias varias décadas hasta que su trabajo se conociera en Europa. En 2015 recibió el Premio PhotoEspaña a valorar el jurado «su enorme honestidad, libertad y valentía».
Su obra se encuentra en las colecciones Daros, de la Tate Gallery de Londres, el MoMA de NY y en los museos Guggenheim y Nacional de Bellas Artes de Chile.
Es hija de Fernando Errázuriz Lastarria, de origen vasco. «Pero esto se remonta hacia tan atrás que ya adaptados en Sudamérica se produce el natural mestizaje y mis ancestros ya pertenecen a etnias y colonias afortunadamente mezcladas y diferentes», señala.
Autodidacta, comenzó a dedicarse a la fotografía cuando tras el Golpe de 1973 cerraron el colegio en el que trabajaba como profesora. «Me acerqué a la fotografía cuando pude optar libremente a ella. Fue producto de una larga obsesión y de haber pasado por otros estudios y profesiones», recuerda.
Compromiso
La situación política que vivía su país la llevó a las calles, donde comenzó a disparar con su cámara a lo que veía. Fue cofundadora de la Asociación de Fotógrafos Independientes (AFI) en 1981, creada por profesionales comprometidos en documentar la vida y la lucha en las calles de Santiago durante la dictadura militar chilena. «Fue una necesidad debido a al peligro y la represión durante la dictadura militar. Fue una experiencia fundamental. Gracias a la organización nos respaldábamos y nos protegíamos y pasamos a ser ciudadanos con respaldo legal. A su vez, esto consolidó el compromiso político y también nos pudimos unir como profesionales y pensar por primera vez en el poder de la fotografía», explica.
Cabe señalar la acción ‘Viuda’, llevada a cabo junto a CADA, Gonzalo Muñoz y la Agrupación de Mujeres por la Vida. En varias publicaciones fue publicada la foto de una mujer con el rótulo ‘Viuda’ y en algunas de las versiones podía leerse el siguiente texto: «Traemos entonces a comparecer una cara / Anónima, cuya fuerza de identidad es ser / Portadora del drama de seguir habitando / Un territorio donde sus rostros más / Queridos han cesado. / Mirar su gesto extremo y popular. Prestar/ Atención a su viudez y sobrevivencia. / Entender a su pueblo».
La ciudad como museo. El Colectivo de Acciones de Arte (CADA) fue creada en 1979 por Fernando Balcells, Juan Castillo, Diamela Eltit, Lotty Rosenfeld y Raúl Zurita. Sus acciones de arte expresaban el deseo de un cambio sociopolítico y se centraban en el objativo de intervenir el espacio urbano de Santiago con imágenes que cuestionaran las condiciones de vida del Chile dictatorial. Afirma que la experiencia de calle ha sido significativo para todo su trabajo. «Y esto ha vuelto a aparecer en nuestras vidas nuevamente con el estallido social de 2019. La diferencia es que ahora son otros los jóvenes que luchan y hacen el registro», subraya.
Entre sus principales series fotográficas convertidas en libros se encuentran ‘El Infarto del Alma’, libro creado con la escritora Diamela Eltit, y ‘La manzana de Adán’, con la periodista Claudia Donoso. Esta última fue publicada en 1990 y representó un logro importante, algo que no podría haber ocurrido durante el periodo militar.
En el primero, la autora retrata a un conjunto de parejas multigénero en el Hospital Siquiátrico Philippe Pine de Putaendo, mientras que el segundo incluye las fotografías realizadas a prostitutas travestis de la ciudad de Talca.
Trabaja con aquellos que busca y encuentra en los márgenes de la sociedad, pero no por ello los considera marginales, sino gente que simplemente no sale en televisión.
Afirma que todas sus series responden inevitablemente a sus deseos, intereses y obsesiones. «Como mujer estoy subordinada a un espacio determinado que me resulta natural explorar. Es una necesidad de desatar amarras y rearmarlo a mi manera», dice.
Proceso de construcción
No es más que la búsqueda de uno mismo. «Con mis fotografías construyo también mi propia historia, mi mundo, mi vida. Trabajar sobre el otro es trabajar sobre una misma, por eso siento que al apoderarme de esa imagen –que es como un espejo– voy construyendo mi autorretrato. Yo diría que mi búsqueda ha sido siempre sobre la identidad», cuenta.
Y la herramiento elegida ha sido la cámara. «Me permite, me da la autorización para buscar, para encontrar, para aprender, para relacionarme y finalmente para valorarme. La fotografía me ha dado la oportunidad de estar permanentemente en una escuela de vida, una escuela donde no solo aprendo de los demás sino que de mí misma. La eterna búsqueda de la identidad me ha permitido continuar esta exploración que me obliga tener siempre en cuenta a un otro», agrega.
La fotografía documental requiere de tiempo. Tiempo para conocer y convivir. El trabajo de Errázuriz destaca por el trabajo previo y de investigación. Consigue crear lazos de complicidad con las personas objeto de su cámara.
Hasta el punto de reconocer que le cuesta terminar sus proyectos, decir adiós a las personas retratadas. «Ha sido siempre muy largo el tiempo que he permanecido en cada proyecto por lo que me resulta difícil ponerle un cierre. Siento que abandono el lugar y frustro las expectativas de la permanencia, de las relaciones y las amistades. Fui parte de esa familia y ahora la dejo», se lamenta la creadora chilena.

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