«Me gusta pensar las obras musicales que interpreto a través de las lentes de otras artes»
La violista navarra debutó a los 14 años en Oviedo. Desde entonces, ha desarrollado una intensa carrera que la ha llevado por todo el mundo. Además de como concertista, trabaja como pedagoga, investigadora, estrenando obras contemporáneas y poniendo en marcha su propio festival en Iruñea.

La polifacética violista navarra Isabel Villanueva debuta esta tarde en el Ciclo de Música de Cámara de la Quincena Musical para mostrar las posibilidades solistas de su instrumento. Ha seleccionado para ello un variado programa que incluye obras de Liszt, Hahn, Granados, Martinu y Clarke. Será a las 19:30 en el claustro del Museo San Telmo.
En su recital en Quincena va a presentar un programa titulado “Bohèmes”. ¿En qué va a consistir?
“Bohèmes” es el título de mi primer disco, que salió en 2017 y que grabé junto François Dumont, que me acompañará también hoy en la Quincena Musical. Para mí este fue un trabajo muy especial porque en él quise plasmar la que creo que es mi personalidad como artista, y que tiene mucho en común con ese ambiente de la bohemia parisina de principios del siglo XX. Me hubiera encantado vivir la conexión entre las diferentes artes y la emergencia del estilo francés que se dio en el seno de ese movimiento. El concierto, por lo tanto, estará dedicado a obras que aparecen en el CD de compositores extranjeros que estuvieron en contacto con aquel ambiente. Pero también, en la segunda mitad, a otras obras emblemáticas que tienen algún tipo de relación con la época bohemia, como la de Rebecca Clarke, que, aunque era inglesa, compuso en un lenguaje que a veces se puede confundir con el estilo impresionista de Debussy o Ravel.
¿Por qué se siente tan identificada con los bohemios?
Siempre me han atraído la pintura, la poesía, la danza, especialmente cuando me las encontraba conectadas con la música. También me gusta pensar las obras musicales que interpreto a través de las lentes de otras artes; me refiero a estudiar, por ejemplo, una partitura desde la perspectiva del movimiento, o del color, o de las sensaciones poéticas. Eso estaba muy naturalizado en aquella época, había reuniones de artistas en las que no había fronteras entre disciplinas ni entre clases sociales. Más tarde, la música clásica ha desarrollado dinámicas muy conservadoras, y me hubiera encantado vivir aquella libertad.
Comenzará el recital con dos obras románticas de Liszt y Hahn.
Sí, se trata de dos obras muy líricas, prácticamente de cualidad vocal, aunque estén escritas para la viola. De hecho, la de Liszt en su origen fue una romanza que no llegó a editarse y que, en los últimos años de su vida, Liszt recuperó del olvido y adaptó para la viola. De ahí su nombre, “Romance oubliée” (Romanza olvidada). La pieza de Hahn, que fue famoso como compositor de canciones, es también muy lírica. Fue compuesta en París en aquella época, y mezcla el gusto francés con sus orígenes venezolanos. Tiene además un punto de barroquismo que hacen de ella una música exquisita.
Tras defender obras de Granados y Martinu, finalizará con la obra de una compositora que pocas personas conocerán: Rebecca Clarke.
Las mujeres han estado, durante la historia, sumergidas en un punto ciego. Pero ahora, con esta revolución que se está produciendo, es necesario sacarlas a la luz en las artes y en todos los demás ámbitos. Terminar con esta obra de Clarke tiene todo el sentido por la temática del programa y, además, porque el estar compuesta por una mujer le trajo dificultades. Rebecca Clarke fue violista, alumna del Royal College de Londres, y cuando compuso esta “Sonata para viola” en 1919, la presentó a un concurso en Estados Unidos bajo un alias, como suele ser habitual en los concursos de composición. Resulta que la obra ganó uno de los premios del concurso, pero cuando se supo que la había compuesto una mujer se armó todo un escándalo y a punto estuvieron de cancelarle el premio. Finalmente se lo dieron, y ese fue el punto de inflexión para en la carrera de Clarke, ya que su nombre comenzó a ser cada vez más conocido desde entonces. Esta, en cualquier caso, es una de las sonatas para viola más importantes del repertorio de nuestro instrumento. Lo tiene todo: impresionismo, virtuosismo, ritmo, contrastes, algunos toques de jazz y un carácter muy visual. Estoy segura de que será todo un descubrimiento para el público.
Todavía siguen siendo pocas las ocasiones de escuchar un concierto para viola en las programaciones sinfónicas o un recital en el que sea la principal protagonista. ¿Sigue siendo difícil luchar contra el predominio de otros instrumentos?
Más que un hándicap, tocar la viola es un reto. Yo era perfectamente consciente de que la viola no era un violín, un piano o un chelo, pero desde los 12 años tenía claro que quería dar conciertos y recitales. En aquel entonces no conocía la complejidad que supondría conseguirlo, y lo cierto es que detrás de toda mi trayectoria hay muchísima perseverancia, pasión por perseguir el sueño de que la viola merece ser conocida y programarse. Eso conlleva también un trabajo de sensibilización, de hacer entender al público y a los programadores que el repertorio de la viola no es comparable al del violín y el violonchelo, como tampoco lo son su personalidad ni las cualidades expresivas de cada instrumento. A diferencia de los violines, cada viola es un mundo en sí misma, con su propia forma de tocarse y en simbiosis total con el músico que la usa. Yo he comprobado muchas veces que el público, una vez descubre el instrumento, se enamora de la viola, porque tiene un timbre especial muy cercano a la voz humana.
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