
Han pasado cinco años desde la Diada de 2016, cuando un millón y medio de personas llenaron las calles de varias ciudades con la sensación de que Catalunya recorría el último tramo de un proceso histórico. Todo el soberanismo en bloque y las tres principales autoridades del país –la presidenta del Parlament, Carme Forcadell; el president de la Generalitat, Carles Puigdemont, y la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau– se agolpaban bajo una convocatoria que proclamaba: «Tenemos muy cerca la construcción de una República catalana que dé respuesta a las aspiraciones de libertad, justicia social y radicalidad democrática de la mayoría de nuestro pueblo». Así concluía el manifiesto con el cual la Assemblea Nacional Catalana (ANC) y Òmnium Cultural reclamaron un referéndum vinculante y la puesta en marcha de un proceso de discusión que fijase las bases de la futura Constitución catalana.
Cinco años después, y pasado el referéndum y la fallida declaración de independencia, el panorama ofrece otro escenario. Pese al indulto a los líderes del procés el pasado mes de junio, el soberanismo catalán continúa lastrado por la represión y solo una ventana de oportunidad parece que podría cambiar las cosas: la Mesa de diálogo constituida entre los Ejecutivos catalán y español después de la llegada de Pedro Sánchez a la Moncloa. Un instrumento surgido tras las movilizaciones que la plataforma Tsunami Democràtic organizó en 2019 bajo el lema «Spain, Sit and Talk» (España, siéntate y habla) que, lejos de haber compactado al independentismo, únicamente ha servido para ahondar en sus contradicciones.
En este sentido, la represión, pero especialmente la lucha para liderar el movimiento lo ha dividido entre la corriente más posibilista (representada por ERC y Òmnium Cultural) y la partidaria de recuperar la vía unilateral que supuso el 1-O (JxCat y, en menor medida, la CUP, la ANC y otras organizaciones sociales).
Así, pese a que en las últimas elecciones todos ampliaron su representación y republicanos y posconvergentes reeditaron la coalición de Govern, unos y otros continúan discrepando sobre la fórmula para avanzar hacía la independencia. Mientras ERC defiende que su papel en Madrid ha abierto un marco de negociación con el Gobierno del PSOE y Unidas Podemos para debatir sobre la amnistía y la autodeterminación, desde JxCat y otros sectores ven en la Mesa de diálogo una herramienta sin recorrido y apuestan por profundizar en la «confrontación democrática» mediante la desobediencia civil e institucional.
En este ambiente, enrarecido por las disputas y condicionado por la pandemia, se celebra hoy la Diada en Catalunya.
Previas para la discordia
La falta de unidad estratégica presidirá el ambiente de este 11 de septiembre en Catalunya, como se ha podido percibir a raíz de dos polémicas que han salpicado la actualidad política los últimos días.
Por un lado, el cartel que la Generalitat ha editado con motivo del 11 de setiembre, en cuyo centro aparece la figura y una leyenda del músico Pau Casals. Una elección que Esquerra ha defendido aludiendo al sentido humanitario que representa el histórico violoncelista, conocido por su inmensa obra y, sobre todo, por haber exclamado el 24 de octubre de 1971 ante la ONU la famosa frase «I am a catalan», pero que JxCat y otros grupos han recriminado por no contener referencia alguna a la identidad y a la lucha de Catalunya por su soberanía nacional.
La otra polémica, de mucho más calado, es la repentina decisión del Gobierno español de suspender por cinco años el proyecto de ampliación del Aeropuerto de Barcelona-El Prat, al que se había comprometido en la reunión bilateral que mantuvo con la Generalitat el 2 de agosto. Si para ERC este anuncio pone de relieve el «chantaje» que el Estado ejerce para imponer unas obras muy lesivas para la biodiversidad de la zona; para JxCat, la retirada del proyecto viene motivada por la ambivalencia de los republicanos y demuestra, apuntando a la próxima reunión de la Mesa de diálogo, que no se puede confiar en Pedro Sánchez visto el menosprecio que ha dispensado a las instituciones catalanas.
No es casual que ERC abogue por que la Diada ayude a «canalizar» la fuerza del independentismo hacia la reunión con el Ejecutivo español, mientras que los posconvergentes hayan centrado su mensaje en reivindicar el «mandato del 1 de octubre» y, tal como expresó Carles Puigdemont esta misma semana, en «preparar la confrontación con el Estado si queremos una Catalunya reconocida como nación soberana e independiente».
Retomando el pulso
En el campo civil también se dibujan estas estrategias paralelas. La ANC, muy crítica respecto a la dinámica de pactos y concesiones entre el Govern y el Estado, ha convocado la tradicional marcha con el inequívoco lema «11S/1O: Lluitem i guanyem la independencia», convencida que «una manifestación multitudinaria que defienda la vía unilateral a la independencia» puede incomodar y hacer mover las actuales posiciones del Ejecutivo de Pere Aragonès.
Òmnium Cultural, por su parte, defenderá en un acto encabezado por su presidente, Jordi Cuixart, y varias personalidades distinguidas por su papel en defensa de los derechos humanos, la necesidad de una Ley de Amnistía y un referéndum pactado como vía para desbloquear el conflicto.
En este sentido, las dos entidades solo coincidirán al final de la jornada, cuando junto a la Associació de Municipis per la Independència (AMI) cerrarán la marcha de la tarde, que si nada lo impide, ocupará los 1,3 kilómetros del centro de Barcelona que discurren entre la plaza de Urquinaona y la Estación de Francia. Será el momento en el que cada entidad pondrá el acento en su respectiva hoja de ruta sin obviar la voluntad de trabajar unidas para que está Diada ayude a «una nueva etapa de movilización social» y, según coincidieron sus portavoces, «el clamor por la independencia resuene a lo largo del país y llegue a Madrid».
Habrá que ver si, en medio de las últimas polémicas, el soberanismo es capaz de «retomar el pulso de la calle» y si consigue, como en las marchas anteriores a la pandemia, que la Diada congregue de nuevo los «seis dígitos», señal de que el pueblo se mantiene atento y activo en defensa de la libertad.

Entre los «pragmáticos» y los «hiperventilados»: una calle en ebullición
Nunca hasta ahora, las tres opciones del independentismo político –ERC, JxCat y la CUP– habían logrado el 52% de apoyo popular ni habían ocupado 74 de los 135 parlamentarios del hemiciclo catalán. Pero esta hegemonía de facto, que también se expresa en las instituciones locales y algunos colegios profesionales, no ha conllevado la necesaria unidad de acción para intentar «saltar la pared», como sí ocurrió hace cuatro años a propósito del referéndum del 1 de octubre.
Después de que republicanos y posconvergentes acordasen reeditar el Govern de coalición el pasado mayo, invistiendo a Pere Aragonès en el 132 presidente de la Generalitat, cada fuerza mantiene sus posiciones y solo han conseguido sellar lealtad por un período de dos años. Será entonces cuando analizarán si la Mesa de diálogo con el Ejecutivo español da algún fruto o hay que pasar a una nueva fase.
Hasta que esto no ocurra, la vida política catalana asiste a un serial de luchas cainitas en el seno del Govern, pero también entre los denominados «pragmáticos» (en referencia a ERC) y los «hiperventilados» (el sector de JxCat que, encarnado en el expresidente Quim Torra, reclama levantar la declaración de independencia y romper definitivamente amarras con Madrid). De manera que no es de extrañar que ERC y JxCat intenten pasar de puntillas por la Diada y que, como en los viejos tiempos, la izquierda independentista aglutinada en torno de la CUP haya recuperado su habitual manifestación al margen del resto de organizaciones. Y a todo ellos se han añadido los CDR y grupúsculos que, como Donec Perficiam o Crida Patriòtica, han llamado a tomar la calle para denunciar la «traición» que, dicen, han cometido los líderes del procés.
En este sentido, la Diada de este año no invita a demasiado optimismo, pues tampoco ANC y Òmnium recaban el consenso que en el verano de 2017 les permitió aglutinar a los partidos en una agenda común para arrastrarlos hasta el 1-O. Así pues, entre «pragmáticos» e «hiperventilados», el independentismo tendrá que esperar a que los astros vuelvan de nuevo a alinearse para que la mayoría social, certificada en el 52% de apoyo social, sirva para encarrilar otra vez el camino hacia la ruptura.

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