
Marion Cotillard re-regresa. Primero, porque en ‘La tour de glace’ vuelve a colaborar con Lucile Hadzihalilovic, con quien firmó el debut de la grande del fantástico, la también fantástica ‘Inocencia’ (2004). Y luego, porque Cotillard no había vuelto a la Berlinale desde que estrenó aquí ‘La vida en rosa’, biopic que acabaría por darle el Oscar a Mejor Actriz, siendo la primera en conseguirlo hablando en francés. A la polifacética intérprete, este doble regreso la ha inspirado a reflexionar sobre su trayectoria: «Trato de guardar al máximo de mi propia imagen [pública], por mucho que su retorno sea positivo».
Comparándose al carácter vanidoso de la diva a la que interpreta en la película de Hadzihalilovic, la reina de las nieves del cuento de Hans Christian Andersen, ha añadido: «Nuestro viaje como humanos, y particularmente como actores, es tumultuoso. A veces creemos haber vivido según nuestros principios, pero luego recaemos ante cualquier bache y volvemos a mirarnos con ojos críticos, con dureza. A mí me resulta bastante difícil vivir conmigo misma».
Michel Gondry regala una película a su hija
‘Maya, donne-moi un titre’ es una película pequeña por dondequiera que se piense: dura una hora exactamente, la ha hecho una sola persona. Sin embargo, por el valor del gesto que la engendra (para reconectar con su hija durante la pandemia, un padre pide a su hija títulos locos que luego animará en pequeños sketchs, con ella de protagonista), así como por su total falta de ínfulas o justificaciones, la nueva película de Michel Gondry revaloriza el concepto de ‘cine amable’; es decir, es una película que puede amarse con facilidad.
El cineasta responsable de ‘¡Olvídate de mí!’ o la más reciente ‘El libro de soluciones’ ficha a su ahijado Pierre Niney para que narre las historietas y monta junto con su joven colaboradora un espectáculo de variedades divertido, coloreado sobre cartón y en ocasiones dejando a sus propias manos en cuadro. El resultado nos sienta en la parte trasera de un coche familiar abarrotado, pero vivaracho. Humor surrealista, canciones y mucho chiste interno. Ideal para criaturas.
Las dos joyas de la Competición Oficial
Hélène Cattet y Bruno Forzani son las huevas de la dieta cinéfila desde que deconstruyeron el giallo en ‘Amer’ (una de las favoritas de Tarantino). Luego hicieron lo propio con el western en ‘Dejad que los cadáveres se bronceen’. Siete años después, llegan a la Berlinale habiendo regurgitado las formas del thriller de espías y lujo, también llamado cine de Bond, James Bond.
En ‘Reflet dans un diamant mort’, un antiguo agente taciturno y arruinado (Fabio Testi, mítico en el fantástico italiano de los setenta), evoca su pasado violento en la Riviera mientras teme ser alcanzado de nuevo por su mayor enemiga. Evoca, recuerda o alucina: Cattet y Forzani fracturan su relato en mil pedazos, que colorean y pegan festivamente. Tal es el ánimo de collage atemporal, que su película podría durar veinte minutos o dos horas. Un éxito, vamos.
Otra película ha sobresalido en Sección Oficial, lejos del foco mediático. Dirigida por Léonor Serraille (Cámera D’Or en Cannes 2017), ‘Ari’ cierra la antología iniciada por ‘¡Al abordaje!’ de Guillaume Brac y que Léa Fehner continuó en ‘Matronas’, que comparten haberse creado en talleres del Conservatorio de Arte Dramático en París. De hecho, es el esmero puesto en la escritura de este drama discreto, tanto que puede pasar injustamente desapercibido, el músculo que permite que una idea sin garra y un personaje sin pila (un treintañero inseguro vagabundea por entre los sofás de sus amigos) acaben por emocionarnos como los que más. El humanismo vulnerable de Andranic Manet (‘Corazones rotos’) se encargará del resto. Una dignísima heredera de Kelly Reichardt.

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