
En los años 1950, en Vallauris (Occitania, Estado francés), dos republicanos exiliados iniciaron una amistad que se haría inquebrantable y duraría hasta el final de sus vidas. Uno era el genio del arte más famoso del mundo, Pablo Picasso; el otro, un modesto barbero que le cortaba el escaso pelo. A esos dos hombres tan dispares les unirían de por vida la nostalgia del país perdido, la pasión por la tauromaquia y el compromiso político. Todo lo demás les separaba, y la creación de una escultura de una cabra por parte de Picasso con materiales de desecho sería el desencadenante de un sinfín de hilarantes malentendidos.
Este es el punto de partida de ‘El barbero de Picasso’, la comedia escrita por Borja Ortiz de Gondra y dirigida por Chiqui Carabante, que llega al Teatro Arriaga de Bilbo este viernes 14 de noviembre a las 19.30 y el sábado 15 media hora antes, a las 19.00.
Dos actores muy conocidos, Antonio Molero y Pepe Viyuela, protagonizan esta obra que parte de la conocida relación entre Pablo Picasso y su barbero, Eugenio Arias, exiliados en la localidad francesa de Vallauris. Molero da vida al barbero, mientras Viyuela se mete en la piel de Picasso. Completan el reparto Mar Calvo como Jacqueline Picasso y Juan Carlos Talavera como Valdés.
A través de esta barbería, Ortiz de Gondra construye un microcosmos de pasiones, costumbres y desencuentros que remite a una época que ya no existe, salvo en el recuerdo y en la conversación de quienes la añoran. Cruzando las puertas de la
barbería, en el exterior, se encuentra el país de la libertad. Pero un país que nunca será el de este barbero y este pintor. La comedia, hilarante en muchos momentos, sostiene un carácter agudo y emotivo que invita a reflexionar, desde el humor, sobre la identidad, la memoria y el sentido de pertenencia.
En honor a la relación que forjaron entre ambos, Arias nunca quiso cobrarle a Picasso sus cortes de pelo, y este terminó por ir pagándole mediante obras suyas que le regalaba. Así nació una colección increíble: la colección Picasso-Eugenio Arias. Ambos creían en el poder de la cultura para el pueblo y, en prueba de ello, Arias terminó donando esa colección al lugar de la sierra de Madrid del que tuvo que exiliarse en 1939, al final de la Guerra del 36: Buitrago del Lozoya. Allí, el museo Arias es un hermoso testimonio de aquella amistad.
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