«Prohibir las redes sociales a los adolescentes les infantiliza»
Garmendia dirige EU Kids Online (Menores en red) desde 2009 y forma parte del equipo desde sus inicios, en 2006. Es doctora en Ciencias Políticas y Sociología y Profesora Titular de Universidad en la Facultad de Educación, Filosofía y Antropología de la Euskal Herriko Unibertsitatea.

De forma un tanto sorpresiva, el presidente español, Pedro Sánchez, ha anunciado la prohibición de las redes sociales a menores de 16 años, al hilo de lo que se ha hecho en Australia. ¿Le parece una medida oportuna?
Pienso que la medida intenta simplificar, buscar una solución simple para un problema muy complicado. Basándose en la supuesta falta de seguridad de las redes sociales, lo que hace es sacar a los menores de 16 años de ese espacio. ¿Eso va a hacer más seguro el espacio digital? No se les ha preguntado a los menores de 16 años y se están vulnerando sus derechos. La Convención de los Derechos del Niño regula su derecho a ser escuchados, a participar. Y el comentario 25 regula también sus derechos digitales. Quizá se han obviado un montón de cosas. Con demasiada frecuencia se compara el uso de las leyes con el alcohol. No es igual. El alcohol siempre es pernicioso, pero las redes no siempre lo son. Las redes aportan también oportunidades para aprender cosas nuevas, conocer, estar conectados con sus iguales… Esa necesidad de estar conectados en los adolescentes ha estado siempre. Yo, cuando fui adolescente, monopolizaba también el teléfono de mi casa.
Pero hablar por teléfono no expone a los mismos riesgos. Está el bullying, por ejemplo.
Desgraciadamente, lo que hemos descubierto en los últimos trabajos, tanto los nuestros como los que ha realizado UNICEF, es que el ciberbullying es mucho más infrecuente que el bullying escolar. De repente, parece que todos los males residen en las redes sociales. Pienso que hay que matizar un poco.
Sin embargo, me concederá que para la problemática del mundo real existen leyes y se puede hacer que se cumplan. Y a las redes sociales, esa suerte de mundo paralelo, nadie parece capaz de regularlas. Sus dueños se resisten sistemáticamente a cualquier legislación que interfiera a sus intereses.
Sin duda, esto es así. Al fin y al cabo, generalmente no están en el país. Una clave muy importante para que las redes sociales sean más seguras reside en las empresas, en las propias plataformas. Y es obvio que no hay voluntad de hacerlas seguras. Ponerle el cascabel al gato es difícil. De ahí que hubiera sido mejor una acción conjunta de la Comisión Europea, porque esta entidad tiene muchas políticas sobre esta materia. Una medida consensuada entre todos probablemente tenga más efecto. La sola amenaza de que menores de 27 países no van a entrar en las redes sociales puede ejercer mucha mayor presión sobre la industria que la acción de un país por su cuenta. Porque lo que se nos ha evidenciado es que esta industria no se autorregula. Como clientes podemos lograr que estos espacios sean más seguros, que se moderen más los contenidos. Y pese a ello, los contenidos cada vez se regulan menos.
«La sola amenaza de que menores de 27 países no van a entrar en las redes sociales puede ejercer mucha mayor presión sobre la industria que la acción de un país por su cuenta»
¿Cómo mejorar la situación entonces?
Si, por ejemplo, los menores pudieran acceder de una forma controlada, sabiendo qué edad tienen, se les pueden ofrecer contenidos adecuados a su edad. Es posible hacer las cosas mejor.
Desde luego, la medida se lanzó en Dubai y tiene un punto repentina, de sorpresiva. Pero Sánchez no prometió solo una prohibición, también mencionó una regulación de las responsabilidades.
La posibilidad de esta ley viene del informe que hizo el Comité de Expertos. Era una de las recomendaciones que se hacían en ese estudio. No viene de la nada. Lo que pasa es que se ha plantado en un momento como muy... ¿extraño?
Muy oportunista. Si una característica achacan al actual presidente español es el oportunismo.
Sánchez plantea muchas cosas a la vez. Esto de los menores en las redes sociales venía de las recomendaciones del Comité de Expertos, pero el tema de la trazabilidad del odio no aparecía para nada. No sé qué efectos tendrá. Pero volviendo a los menores, que es mi tema, me preocupan los modos en los que los menores van a saltarse la prohibición. Porque lo van a hacer, se la van a saltar. En Australia, padres e hijos, en un porcentaje muy alto, cercano al 40%, están buscando juntos el modo de esquivar esta ley. Y existen plataformas más peligrosas, menos controladas, que las que habitualmente se usan. De otra parte, ¿cuál es el método que se va a usar para verificar la edad del menor? No nos lo ha aclarado todavía. El escaneo facial, por ejemplo, es muy problemático.
Sánchez no lo ha dicho, pero sí que se prevé para noviembre el despliegue de la Cartera Digital. Hasta donde he podido entender, se traduce en una aplicación que se descarga al móvil y que, cuando se tenga que acreditar en internet una edad, una procedencia, la posesión de un título universitario, etc. nos saldrá un QR. Después se usa la app para escanear el QR y ella responde si ese requisito de acceso se cumple o no, pero sin acceder a nuestros datos.
En la Cartera Digital Europea se lleva trabajando tiempo y es un método relativamente seguro, pero en caso de que realmente se imponga y se extienda. Si las empresas optan por el escaneo facial, vamos a tener un problema.
Diversos estudios apuntan a que el abuso del internet o las redes están generando cuadros de depresión, ansiedad, trastornos alimentarios... Y ya dejando de lado la salud, también radicalizaciones y la reaparición de ideologías que parecían erradicadas.
¿Pero las redes sociales son el origen de todo eso? El repunte de los trastornos alimentarios, por ejemplo, comenzó en 2006 y las redes no eran tal y como son ahora. Quizá las redes hayan acentuado estas realidades, pero el problema de las mujeres y las niñas con su cuerpo no es un fenónemo nuevo. Es difícil establecer relaciones causales. Muchas veces se tiende a interpretar una mera asociación como si fuera la causa, pero lo cierto es que no lo sabemos.
Le confieso que yo tampoco confío en que una prohibición vaya a ser el bálsamo de Fierabrás que lo arregle todo. Pero sí que tengo la sensación de que algo, y algo importante, había que hacer.
También comparto el objetivo de que las redes sociales sean espacios más seguros para los menores. De lo que dudo es que la solución sea sacar fuera a los menores de 16. Esto obvia una cuestión importante, que es la alfabetización digital y mediática. Se les excluye a una edad clave en la que hay que enseñarles sentido crítico, a discriminar las fuentes, a no creerse algo solo por haberlo visto o leído por ahí. Aquí entran la escuela y la familia.
Pero sabemos que hay familias que van a fallar en ese acompañamiento. En el informe Redes Sociales y Menores que llegó al Congreso de los Diputados, en el que usted participó, se señala como el perfil especialemente vulnerable a las niñas -por cuestión de género- de un nivel socioeconómico bajo. Es posible inferir que estas familias tienen un nivel cultural más bajo y, consecuentemente, menor preparación y tiempo para inculcar sentido crítico.
Ese sí es un debate enriquecedor y complicado. Sabemos que los padres de niños más vulnerables no disponen del tiempo ni del conocimiento necesarios. La escuela, en tanto que espacio más equitativo, emerge como clave a la hora de que los menores aprendan a manejar herramientas digitales. Sin embargo, esto choca con la corriente que está creciendo en los últimos años que intenta sacar a la tecnología de la escuela. Y todo ello, además, en un momento de cambio, en el que los adolescentes han pasado de forma generalizada a emplear la IA. La política educativa debe ser realista con todo lo que está sucediendo. Vivimos en una sociedad crecientemente digitalizada. Y nuestros adolescentes van a necesitar ser hábiles con esto a la hora de desenvolverse tanto en su vida cotidiana como en el mercado de trabajo después.
«Les sacamos de las redes en una edad en la que hay que enseñar sentido crítico, a discriminar las fuentes, a no creerse algo solo por haberlo visto»
¿Qué vía queda, entonces, para tratar de poner un poco de sentido común a todo? ¿Le toca a Europa generar un entorno diferente, más sano?
Sería una muy buena opción, muy deseable. Solo ante algo así veríamos un repliegue de las grandes compañías y recuperarían el esfuerzo real por moderar los contenidos.
Sí que ordenar la salida de los adolescentes en lugar de poner orden en la jungla es, en sí mismo, un retroceso. Tiene un regusto cobarde.
Y, en mi opinión, además infantiliza a los adolescentes. Recientemente, hemos hecho una investigación sobre uso de la IA y con 15 y 16 años están demostrando ya un nivel asombroso de espíritu crítico. Les hemos privado de las redes sociales sin preguntarles. El gran problema va a ser que ellos no quieren esta medida.

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