Antonín Panenka, directo a la eternidad desde los once metros
Los mitos lo son porque están tejidos con la misma materia con la que se fabrican los sueños. Eso les permite trascender el momento histórico y perpetuar su leyenda más allá del tiempo. No obstante, toda leyenda tiene una fecha de origen y la del penalti de Panenka cumple ahora medio siglo.

Decía Federico Fellini que más allá de los cuatro Oscars, de la Palma de Oro en Cannes y de todos los premios y reconocimientos internacionales que había logrado con sus películas, aquello de lo que más orgulloso se sentía era de haber dado nombre a un adjetivo como ‘felliniano’ o ‘fellinesco’, que no se le ocurría una gloria mayor. Algo parecido le sucede a Antonín Panenka (Praga, 1948), quien patentó una de las suertes futbolísticas más imitadas desde hace 50 años, el lanzamiento suave y preciso de un penalti mediante el golpeo del balón por su cara inferior, haciendo que éste entre manso por el centro de la portería trazando una parábola.
«Cuando yo inventé esa manera de ejecutar el penalti, buscando sorprender al guardameta, no se me pasó por la cabeza que ese tipo de lanzamiento fuera a alcanzar la repercusión que ha tenido, ni que sirviera para que mi apellido pasase a la posteridad. El mayor logro que he conquistado a lo largo de mi vida como futbolista es que, medio siglo después de aquello, el ‘penalti a lo Panenka’ siga estando en boca de todos lo aficionados al fútbol». Tanto es así que su apellido ha terminado por dar nombre incluso a una revista consagrada a la información deportiva, ‘Panenka’, una publicación que ha cumplido quince años y que el pasado lunes celebró en Madrid su gala anual con el propio Panenka como invitado de excepción, a quien entregaron el Premio de Honor de la revista, una oportunidad que GARA aprovechó para hablar con el legendario exfutbolista checo.
Para poner en contexto el mito del ‘penalti a lo Panenka’ hemos de retrotraernos al 20 de junio de 1976, fecha en la que se disputó la final de la quinta edición de la Eurocopa de Naciones entre las selecciones de la República Federal Alemana y Checoslovaquia. La primera, una presencia recurrente en este tipo de lances que encadenaba dos finales consecutivas, la de la Eurocopa de 1972 y la del Mundial de 1974. De ambas había salido victoriosa, pura fiabilidad germana. Aquel equipo era un engranaje preciso que, dirigido por Helmut Schön, contaba con la firmeza de Sepp Maier bajo palos, el liderazgo de Franz Beckenbauer como cerebro organizador y los goles de Gerd ‘Torpedo’ Müller perforando porterías rivales.
«Nadie esperaba nada»
Frente a semejante maquinaria, la selección checoslovaca comparecía en aquella final «como un auténtico outsider», tal y como recuerda Antonín Panenka: «Había mucha tensión en el campo, obviamente, porque se trataba de una final, pero nuestra selección tenía la ventaja de que nadie esperaba nada de nosotros, eso nos hizo jugar con mucha menos presión y más optimismo del que tenían los alemanes».
Los checoslovacos se adelantaron con un 2-0 en aquella final disputada en el pequeño Marakaná de Belgrado. Švehlík en el minuto 8 y Dobiaš en el 25 pusieron en ventaja a su selección antes de que el infalible Müller redujera distancias en el 28. El marcador se mantuvo inalterable durante una hora pero, al filo del 90, cuando parecía que la selección checoslovaca se encaminaba a lograr el mayor hito de su historia futbolística, Bernd Hölzenbein logró el gol del empate que mandaba el partido a la prórroga.
Todo un mazazo que bien pudo haber hundido el ánimo de los checoslovacos de no ser por ese irreductible optimismo al que se refería Panenka. Tras media hora de tiempo añadido sin goles, todo iba a decidirse, por primera vez en la historia de este tipo de torneos, desde los once metros, distancia que media entre el punto de penalti y la portería, y fue ahí donde Antonín Panenka ejecutó el lanzamiento que forjó su leyenda.
Sus compañeros habían acertado los cuatro primeros lanzamientos antes de que Uli Hoeneß marrase el suyo. Checoslovaquia mandaba en la tanda 4-3 y Panenka era el encargado de patear el quinto. Si marcaba, su equipo se proclamaría, por primera vez en su historia, campeón de Europa: «Para tener éxito en este tipo de lanzamientos es necesario que se produzcan en un escenario de máxima tensión. Yo tenía a mi favor que nadie había lanzado nunca un penalti de aquella manera, por lo que ningún portero podía llegar a intuirlo. Eso, unido al optimismo y a la confianza que sentía en aquellos momentos me llevaron a pensar: ‘Es ahora o nunca, tengo que hacerlo’. Y lo hice».
«No fue improvisado»
Al margen de un escenario de máxima tensión hacen falta dos condicionantes para tener éxito con un penalti lanzado de manera tan heterodoxa: que el portero rival se venza hacia un lado y una sangre fría extrema por parte del ejecutante. Ambos factores se dieron en Belgrado: «No fue un lanzamiento improvisado, llevaba dos años tirando los penaltis así, mis compañeros lo sabían, mi entrenador lo sabía y muchos aficionados checoslovacos lo sabían. Por suerte, en el resto de Europa no seguían la liga checoslovaca y no me tenían controlado. He de decir que únicamente hubo una vez en que fallé un ‘penalti a lo Panenka’. Curiosamente fue poco antes de aquella final, durante un partido que mi equipo, el Bohemians, jugó en un pequeño pueblo de Chequia. Fue un día que había llovido mucho y delante de la portería rival había un gran charco. Yo creo que a aquel portero no le apetecía tirarse y acabar cubierto de barro, así que se mantuvo inmóvil en el centro de la portería y atajó mi lanzamiento sin esfuerzo. Pero aquello no me hizo perder la fe y cuando durante la final, contra los alemanes, tuve oportunidad de repetirlo, lo hice».
Por mucho que, para su compañeros, no constituyera una sorpresa que Antonín Panenka resolviera lanzar el penalti decisivo de aquella final ‘a su manera’, la exagerada confianza que el delantero mostraba en sí mismo puso a más de uno al borde del infarto: «En aquella Eurocopa mi compañero de habitación fue Ivo Viktor, que era nuestro portero. Después de haber fallado Hoeneß y sabiendo que yo iba a tirar el quinto penalti, vino hacia mí y me dijo: ‘Como se te ocurra lanzarlo a tu manera te juro que esta noche duermes en el pasillo’. Y la verdad es que cumplió su amenaza, porque a pesar de que marqué y de que ganamos el título, cuando llegamos al hotel se negó a abrirme la puerta de la habitación hasta las 7 de la mañana» rememora entre risas Antonín Panenka, mucho más que un simple futbolista. Un verdadero mito que, hace ahora 50 años, entró directo a la eternidad desde los once metros.

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