Aktualitateko erredaktorea / Redactor de actualidad

Pakistán y Afganistán entran en una guerra asimétrica e incierta

De aliados en 2021 a enemigos declarados. Pakistán ataca Kabul mientras talibanes contraatacan bases cerca de Islamabad usando arsenal de EEUU. Los TTP, la disputa colonial y las deportaciones de un millón de afganos avivan la escalada. Islamabad domina el aire; Kabul, la guerrilla asimétrica.

Un miembro del personal de seguridad talibán tras los combates transfronterizos nocturnos entre Pakistán y Afganistán.
Un miembro del personal de seguridad talibán tras los combates transfronterizos nocturnos entre Pakistán y Afganistán. (AFP)

Pakistán y Afganistán, aliados antes del regreso de los talibanes al poder en 2021, se han precipitado en cuestión de días a una guerra abierta que combina viejas disputas fronterizas, rivalidades ideológicas y el auge de la insurgencia regional. El cruce de bombardeos ha enterrado el último intento de tregua firmado en octubre de 2025 y ha convertido la Línea Durand en un nuevo frente de guerra.

En la madrugada de este viernes, Pakistán ha lanzado ataques aéreos sobre Kabul y otras ciudades afganas en el marco de la operación ‘Ghazab lil Haq’ (Ira de la Verdad), que Islamabad presenta como una campaña contra objetivos militares talibanes y supuestos campamentos insurgentes. Los primeros misiles han impactado en torno a la 1.50 hora local, seguidos de fuego antiaéreo afgano, mientras el ministro de Defensa paquistaní, Khawaja Asif, proclamaba públicamente que «la paciencia se ha acabado» y declaraba el estado de «guerra abierta» con el vecino.

Kabul ha respondido con una ofensiva sin precedentes, alejándose de la imagen de guerrilla rural para ejecutar ataques coordinados contra instalaciones militares paquistaníes a lo largo de la frontera. El Emirato talibán afirma haber golpeado campamentos cerca de Islamabad y bases en Noushera, Jamrud y Abbottabad, presentando la operación como una represalia directa a los bombardeos paquistaníes de días atrás. En estos asaltos, los talibanes han desplegado comandos de élite equipados con visores nocturnos y armamento pesado procedente del arsenal que paradójicamente EEUU dejó atrás en 2021, un salto cualitativo que les ha permitido superar defensas fronterizas que antes consideraban inaccesibles.

El cruce de acusaciones sobre víctimas y daños es ya un objeto de disputa central de la batalla. Islamabad sostiene que sus ataques han matado a más de un centenar de combatientes talibanes y destruido decenas de posiciones enemigas, mientras minimiza sus propias bajas. Kabul, en cambio, asegura que la mayoría de víctimas de los bombardeos paquistaníes son civiles, incluidos mujeres y niños, y sostiene que sus fuerzas han causado decenas de muertos en el lado paquistaní, capturando bases y puestos a lo largo de la Línea Durand. Ninguna de estas cifras ha podido ser verificada de forma independiente, pero ambas narrativas alimentan un clima de venganza a ambos lados de la frontera.

Pasos atrás

La actual escalada entierra definitivamente el acuerdo de seguridad firmado en Doha en octubre de 2025, cuando Qatar y Turquía mediaron una tregua que obligaba a Kabul a actuar contra los grupos armados que operan desde su territorio a cambio de que Pakistán frenara sus ataques transfronterizos. La razón detrás de la ruptura es el Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP), los talibanes paquistaníes, un grupo ideológicamente gemelo del régimen afgano al que Islamabad acusa de utilizar Afganistán como santuario mientras multiplica los atentados en Khyber Pakhtunkhwa y Baluchistán. La negativa de los talibanes afganos a enfrentarse a sus «hermanos» del TTP, por afinidad y por miedo a que se pasen al grupo rival Estado Islámico–Provincia de Jorasán, ha llevado al estamento militar paquistaní a concluir que la vía diplomática estaba agotada.

El conflicto actual no se explica solo por la lucha contra el TTP, sino también por una disputa fronteriza que se arrastra desde la época colonial. Afganistán nunca ha reconocido formalmente la Línea Durand, la frontera de más de 2.600 kilómetros trazada por el Imperio británico en 1893, que dividió en dos el territorio histórico pastún. En los últimos meses, ese rechazo histórico se ha traducido en hechos sobre el terreno: los talibanes han enviado maquinaria pesada para derribar tramos de la valla de seguridad que Pakistán levantó a gran coste, transformando la frontera en una sucesión de trincheras, puestos artillados y choques casi diarios.

A la tensión militar se suma un factor humano determinante: la deportación masiva de refugiados afganos desde Pakistán. Más de un millón de personas que habían encontrado refugio al otro lado de la frontera tras décadas de guerras han sido forzadas a regresar a un Afganistán empobrecido y aislado, en lo que Kabul interpreta como una medida de presión política y castigo colectivo. Las imágenes de familias hacinadas en pasos como Torkham, bajo fuego de artillería ocasional, han alimentado un fuerte sentimiento nacionalista en Afganistán y reforzado el discurso talibán de resistencia frente a la «agresión» paquistaní.

Agresión limitada

Pese a la gravedad de la escalada, la guerra abierta tiene límites estructurales. Afganistán carece de una fuerza aérea moderna y no puede medirse simétricamente al ejército paquistaní, una potencia nuclear con aviación de combate y artillería pesada. Eso empuja a los talibanes a apoyarse en tácticas asimétricas: ataques selectivos, uso de suicidas y drones kamikaze, presión constante sobre los puestos de la frontera. Islamabad, por su parte, dispone de capacidad para castigar desde el aire objetivos en profundidad, pero es poco probable que arriesgue una invasión terrestre a gran escala que podría empantanarse en un escenario en el que potencias históricas han sido derrotadas.

La comunidad internacional observa con alarma cómo el choque entre dos vecinos históricamente interdependientes amenaza con desbordar la región. India ha condenado los bombardeos paquistaníes sobre territorio afgano y los ha presentado como un intento de desviar la atención de los problemas internos de Islamabad. La ONU ha llamado a ambas partes a respetar el derecho internacional y a evitar un deterioro mayor, mientras países como Irán y Rusia instan a resolver las diferencias mediante el diálogo y se ofrecen como mediadores. De momento, sin embargo, la lógica que se impone sobre el terreno no es la de la contención, sino la de una escalada que combina agravios históricos, rivalidades entre facciones y un tablero regional saturado de actores armados.