Pello Guerra
Redactor de actualidad / Aktualitateko erredaktorea

De una mujer vieja y fea a una joven empoderada, así ha evolucionado la imagen de la bruja

La estampa de la bruja como una mujer vieja y fea ha quedado instalada en el imaginario colectivo desde que se gestó en el siglo XVI y aunque todavía pervive, ha evolucionado en la actualidad hacia una joven rebelde y empoderada, según las investigaciones de la historiadora Irati Zurbano.

Fragmento de un grabado de Jan Ziarnko publicado en el libro de Pierre de Lancre ‘Tableau de l'inconstance des mauvais anges et demons’.
Fragmento de un grabado de Jan Ziarnko publicado en el libro de Pierre de Lancre ‘Tableau de l'inconstance des mauvais anges et demons’. (WIKIPEDIA)

De una mujer vieja y fea a una joven rebelde y empoderada, así ha evolucionado la imagen de la bruja, aunque las nuevas interpretaciones no han impedido la persistencia de los estereotipos que se gestaron en la Edad Moderna, según las investigaciones de Irati Zurbano, historiadora y doctoranda de la UPNA, sobre las que ha ofrecido una charla en el centro universitario.

Zurbano explica que la estampa más clásica de la bruja se gestó en el siglo XVI, durante la gran caza de brujas. Era una época en la que imperaba «un modelo ideal moral» para la mujer vinculado a la virgen María, a la que se representaba como «casta, silenciosa, tranquila, joven y bella».

Por lo tanto, aquellas mujeres que se salían de esa moral imperante eran representadas por los rasgos contrarios, es decir, una mujer vieja y fea, que «envidia la belleza y la juventud», y que se caracteriza por ser «mala, pecadora, no casta, exaltada, mala cristiana y que habla demasiado».

La historiadora Irati Zurbano ha analizado la representación de la figura de la bruja en el arte. (UPNA)

En una época en la que la buena mujer se asociaba a «la buena madre», la llegada de la menopausia hacía que esas mujeres «no fértiles ya no eran deseables y útiles, y su sexo era lujuria». Incluso en un documento de la Cámara de Comptos se llega a señalar que «las más ancianas son las más probadas del demonio», apunta Zurbano.

Por ese motivo, si las mujeres ya representaban un peligro porque «eran débiles ante el diablo por su naturaleza corruptible», las viudas eran «las más peligrosas, porque no tienen hombre y cuentan con conocimiento sexual», indica la historiadora.

Estas ideas se fueron difundiendo en un momento «de gran control social, disciplinamiento y persecución de la disidencia». Rasgos a los que la historiadora añade «la religiosidad exaltada, la lucha contra la herejía y la reafirmación patriarcal, con la familia considerada como un pequeño Estado y con el control sobre el cuerpo femenino».

Toda mujer que se salía de esas normas quedaba vinculada al mal y a las brujas, que «reunían todas las características contrarias a los valores admitidos en la sociedad en lo que respecta a la moral, el aspecto físico y la sexualidad. Es decir, eran mujeres sexualmente activas, infértiles y contrarias a la vida, moralmente corruptas y de aspecto indeseable», desgrana la historiadora.

Representaciones de las brujas realizadas por Hans Baldung Grien y Alberto Durero. (WIKIPEDIA)

Visión negativa de la vejez femenina

Partiendo de esta concepción, las brujas terminaron siendo representadas en el arte en la Edad Moderna como mujeres viejas, feas y con nariz ganchuda, generando un estereotipo que «reforzaba la visión negativa sobre la vejez femenina» y que iba a contar con una gran difusión al coincidir con la invención y desarrollo de la imprenta.

Se considera que el creador de esa estampa de las brujas fue Pieter Brueghel el Viejo, que las representa «montadas sobre bestias, con gesto crispado, los pechos caídos y el cabello al viento». Una imagen que terminaron de implantar autores como Alberto Durero, Hans Baldung Grien o Jacob de Gheyn.

A partir de ese estereotipo, con el paso del tiempo se fueron añadiendo más elementos, aunque sin perder esa esencia, como en el caso de Salvator Rosa, que reproduce «con claroscuros los modelos de la anciana desnuda asociados a la bruja».

‘La bruja’, de Salvator Rosa, sigue el modelo de la anciana desnuda con el pelo suelto y los pechos caídos. (WIKIPEDIA)

En el siglo XVII empezaron a proliferar las representaciones de ancianas en torno a calderos para mostrar el vínculo de las brujas con la elaboración de pócimas y venenos. Y también la estampa de la anciana corruptora de doncellas y mujeres jóvenes, ya que «no se asocia a la mujer mayor a la sabiduría como maestra, sino como un peligro e incluso con la locura».

Otras imágenes que también se popularizaron en esa centuria fueron las que mostraban las reuniones colectivas del akelarre y el sabbath, junto a las representaciones de ejecuciones públicas de quema de brujas, en las que se plasma a las mujeres castigadas como «ejemplo de lo que se debe evitar», detalla Zurbano.

Lo sensual y lo grotesco

En los siglos XVIII y XIX, llegó «una mirada dual entre lo sensual y lo grotesco», ya que el advenimiento del siglo de las luces «trajo consigo un cuestionamiento de las ideas previas respecto a la brujería».

Por ejemplo, Francisco de Goya «oscila entre el interés por lo oculto y la crítica a la sinrazón. Hay un acercamiento desde la sátira y el pesimismo, pero también hay una crítica a la Inquisición».

La imagen de las brujas ya había cambiado cuando tocaron este tema Franciso de Goya en ‘Vuelo de brujas’ y Ricardo Falero en ‘Brujas yendo al Sabbath’. (WIKIPEDIA)

Con la llegada del XIX, se produjo un interés por la historia de la brujería y las cazas de brujas que tuvo su reflejo en el arte para representar «a las víctimas de esa sinrazón, más que a brujas». Ese cambio supuso que la bruja «deja de ser una anciana y se las representa como mujeres sexualizadas, se ven cuerpos jóvenes y bellos».

Son las ‘femmes fatales’, cuyos cuerpos son representados «como objetos de deseo y que están cercanos a lo peligroso y lo prohibido», como ocurre en las obras de Ricardo Falero.

Esa visión se modificó todavía más con el posimpresionismo, que ofrecía una representación más colorista y festiva a través de las obras de Paul Gauguin y Paul Ranson.

Paul Ranson realizó esta colorista obra titulada ‘Brujas alrededor del fuego’. (WIKIPEDIA)

Entre las reinterpretaciones y Disney

En el siglo XX iban a coexistir las reinterpretaciones de las vanguardias, que trajeron «una estética diferente» de la mano de Leonora Carrington y Remedios Varo, con la estampa de la bruja que aparece en la película de 1937 ‘Blancanieves‘, de Walt Disney, que es «heredera de las ideas previas» al mostrar a la bruja del filme como una mujer vieja, fea y de nariz ganchuda.

Dentro de esas reinterpreaciones, Zurbano cita al colectivo feminista WITCH (Women's International Terrorist Conspiracy from Hell), que «adopta una estética brujeril y hace activismo con ese tipo de iconografía, apropiándose en clave negativa de esa representación de las brujas» vestidas de negro y con un sombrero picudo.

Con la llegada del siglo XXI, se da «una dualidad y multiplicidad de modelos; un empoderamiento, pero una reproducción de ciertos estereotipos. Sigue la imagen de la bruja vieja, pero también se representa como mujer rebelde, joven y participando en rituales. Es el misticismo, la sexualización y la reivindicación feminista. Oscila entre la autoidentificación y el ideal», explica la historiadora.

Imagen del siglo XVI del ilustrador alemán Christoph Weiditz que representa a mujeres vascas con su tocado. (WIKIMEDIA)

La estética propia de la sorgina

Esa imagen algo renovada cuenta con «una estética propia» en Euskal Herria a través de la sorgina. Como señala Zurbano, «desde lo identitario, se produce una reapropiación de esta imagen, que representa lo ancestral, una mujer que es víctima de la sinrazón y es símbolo de resistencia ante el patriarcado e incluso ante el poder y la cultura dominante».

Como símbolo de identificación de las sorginak, los artistas vascos recurren a la toca, de tal manera que, «con ver un tocado, lo asociamos a la brujería. Va unido a este imaginario de forma intrínseca».

Tras realizar este repaso a cómo han sido representadas las brujas en el arte a lo largo de la historia, Zurbano concluye que esta iconografía «es una de las que ha sufrido un menor cambio a lo largo de los siglos, ya que, pese a las reapropiaciones del presente, la bruja mala y vieja de nariz ganchuda sigue siendo parte fundamental de nuestros imaginarios colectivos».

Y añade que «la reinvención no supone la ruptura completa con los modelos previos. Se ha multiplicado el modelo, pero todos siguen vigentes. Ha habido cambios, pero con ciertas permanencias estéticas».

Fotograma de la película ‘Gaua’, de Paul Urkijo. (FILMAX)