Nadia Comaneci y aquel 10 símbolo de la perfección
La gimnasta rumana obtuvo con solamente 14 años el máximo de las votaciones del jurado durante la primera prueba de los Juegos Olímpicos de Montreal, hace medio siglo. Nadie nunca había llegado a tanto. Un mito deportivo y un símbolo (envenenado) de su país bajo la dictadura de Ceausescu.

A Nadia Comaneci aquel 10 le ha cambiado la vida. Aquel número, símbolo de la perfección, ha ido marcando su vida deportiva mucho más que todos sus diferentes éxitos.
Si las Olimpiadas son la quintaesencia del deporte, la élite dentro de la élite, llegar a la nota máxima en una disciplina tiene un significado aún más profundo. Y eso es lo que ocurrió en aquel histórico 18 de julio de 1976, ahora hace medio siglo, durante los Juegos de Montreal. Una edición cuyo culmen fue, de hecho, la prueba espectacular de la gimnasta rumana.
Gimnasia, deporte sobre todo del Este
La gimnasia es realmente un deporte cruel, donde todo está muy condicionado, empezando por el físico de las participantes. Cada centímetro del cuerpo, cada gramo de los atletas, es parte de un dibujo universal. Los movimientos tienen que ser lo más cercanos posible a la perfección, establecida por unos jueces y aplicada en votaciones teóricamente imparciales.
Una perfección muy idealizada, casi platónica, que tiene que conjugar varios aspectos de la prueba de cada gimnasta. Debe ser técnicamente perfecta, armónica, plenamente proporcionada con el tiempo y el espacio. No se puede caer, no se puede fallar, ni en la entrada ni en la salida del ejercicio, aunque se trate de una casi imposible carrera con pirueta, como en el caso del salto de potro. En el fondo una especie de ballet, pero deportivo.
En 1976 Nadia Comaneci tenía apenas 14 años, pesaba 30 kilos y medía 1 metro y 53 centímetros. Nadie la conocía, salvo sus entrenadores y su entorno, que sabían perfectamente su tendencia al perfeccionismo, a hacer siempre un ejercicio extra en los entrenamientos para mejorar más. Era rumana, de una ciudad perdida en el mapa llamada Onești, un lugar entre muchos de un Estado que por aquel entonces estaba en la plenitud del ‘Conducator’ Nicolae Ceausescu.
Rumania se ubica perfectamente en la zona de influencia de la Unión Soviética, incluido el nivel deportivo. Unas disciplinas se desarrollaban más que otras según las directrices que llegaban de la Gran Madre Rusia. Entre ellas estaba la gimnasia, donde en la edición de los Juegos de Múnich 1972 había arrasado una chica bielorrusa (todavía soviética, cómo no), ganadora de tres medallas de oro: Olga Korbut.
Esta chica había inventado un movimiento muy peculiar en la prueba de las barras asimétricas, inédito: un salto mortal después de haberse puesto de pie en la barra más alta, volando hacia la más baja. Algo tan atrevido y arriesgado que la federación internacional lo prohibiría.
Le quitó así la posibilidad de tener un ‘movimiento propio’, una especie de marca, como ha ocurrido realmente en toda la historia de la gimnasia, donde algunos saltos o técnicas específicas llevan el nombre del primer ser humano que lo propuso retando al espacio y al tiempo: ‘el Kovacs’, por ejemplo, ‘el Tsukahara’, o, en épocas recientes, ‘el Cassina’. Movimientos inéditos, espectaculares y, por lo visto, menos peligrosos que un Korbut (siempre que se sepan hacer).
El caso es que en 1976 Olga estaba entre las favoritas, pero la historia la iba a hacer Comaneci.
26 segundos para la historia
Las pruebas empezaron en la mañana del 18 de julio de 1976, con los concursos individuales entre los que destacaba el All Around, es decir la combinación global de todas las especialidades de la gimnasia: barras asimétricas, barra de equilibrio, suelo y salto de potro.
Nadia, con su número 73, el body blanco con rayas laterales negras, el flequillo, empezó con las barras asimétricas, allí en el Montreal Forum, escenario de la gimnasia. No era siquiera la final, solo las pruebas de clasificación, la primera ronda, y teóricamente no hacía falta una demostración de fuerza por parte de nadie.
Sin embargo Comaneci era una chica perfeccionista, como queda dicho, forjada en horas y horas de entrenamiento en que la primera que no quería acabar era ella, mas obsesiva aún que los ‘ogros’ que se ocupaban de ella. Como Bela Károlyi, su maestro, y otras gimnastas como su compatriota Teodora Ungureanu.
Resultó que esta chica de solo 14 años era más perfeccionista y obsesiva aún que los ‘ogros’ que la entrenaban
Barras asimétricas, una especie de calentamiento para alguien que aspiraba seguramente al podio. La entrada, enseguida, agarrándose a la barra inferior haciendo una txiribuelta, y luego empezando a ‘bailar’, de hecho durante 26 segundos en que la rumana pareció volar, subiendo y bajando, más que ligera, como si no tuviera ni huesos, como si fuera de goma o algo así.
No hacía falta una exhibición, pero Nadia la hizo, aterrizando con un último pequeño saltito. Gracias a aquel ejercicio se clasificaría para la final, junto con otras grandes favoritas, las soviéticas y las alemanas del este, toda una potencia en la gimnasia.
Faltaba la nota de los jueces para dar el aval definitivo a la prueba de Nadia, y cuando la votación apareció en el videomarcador, nadie podía creer lo que estaba viendo. Las tres casillas de la pantalla habían dado un extraño 1.00. ¿Uno sobre diez? ¿Había sido tan desastroso el ejercicio de la chica rumana?
El marcador solo tenía tres dígitos, ni siquiera se había contemplado la posibilidad de llegar al 10, así que el ejercicio apareció puntuado con un 1.00
Todo lo contrario. El problema era que el marcador estaba programado para dar notas de tres dígitos: o sea, de un número más dos decimales, tipo 9.50. Y es que nadie en la historia del deporte había logrado un 10 de 10. Nadie había logrado la perfección, ni siquiera la estratosférica Olga Korbut que proponía acrobacias arriesgadísimas. Hasta que llegó Nadia Comaneci, cuya prueba había sido evaluada con el máximo de las notas, un ejercicio enciclopédico.
¿Una casualidad? ¿La suerte de la debutante? Nada de eso, porque la rumana a lo largo de los Juegos de Montreal obtuvo otros seis 10 y cinco medallas: tres de oro (en All Around, barras asimétricas y viga de equilibrio), una de plata y una de bronce.

Abusada por la dictadura
No estaba nada mal para una chica de 14 años, que tenía por ello otra bala para ganar más medallas, en Moscú, en 1980, la edición del gran boicot por parte de Estados Unidos. Esa bala no es habitual en un deporte como la gimnasia que tiene claras fechas de caducidad para sus intérpretes, que no pueden llegar a ser ‘mayores’ por cuestiones de desarrollo del cuerpo y de desgaste.
La Nadia Comaneci de 1980 sería ya inevitablemente diferente respecto a la anterior, más grandote, más alta, más adulta, pero siempre arrolladora, a pesar de algunos pequeños fallos. Llegaron otras cuatro medallas, dos oros y dos platas, más otros dos 10 en las notas.
Toda una alfombra roja, en teoría, para su carrera deportiva y para su vida posterior. Pero la realidad es que los problemas se iban a desencadenar por la situación política del país donde vivía y que tenía que asumir. Evidentemente la dictadura de Ceausescu empezó a utilizar a Nadia como instrumento de propaganda,. Y uno de los hijos del ‘Conducator’, Nicu, abusó de ella directamente, según la madre de Comaneci.
Nadia pasó un verdadero infierno, controlada y espiada por la Securitate, la policía secreta, algo que acabaría solamente con el hundimiento de la dictadura, en diciembre de 1989. Algunas semanas antes, gracias a unos buenos contactos, Comaneci consiguió escaparse de Rumania a través de la frontera con Hungría. De allí se marchó a Estados Unidos, a casa de los ‘enemigos históricos’, algo que al principio le costó críticas.
Hoy día Comaneci es ciudadana estadounidense y sigue siendo un mito del deporte olímpico. De cualquier país hubieran surgido sus hazañas, sus éxitos, que han marcado la historia de los Juegos. Su pueblo, Onești, ha declarado 2026 como «año de Nadia», 365 días de fiestas o de celebraciones para homenajear a su hija más grande, a la deportista más importante de toda Rumania.
Comaneci ni siquiera necesitó inventar un movimiento nuevo, como su rival Olga Korbut, ‘solo’ perfeccionar los que ya existían
Nadia es el símbolo de la perfección en un deporte que la busca de forma obsesiva. Ninguna otra gimnasta ha sabido ni podido llegar tan alto, ni la estratosférica Simone Biles, a pesar de las muchas medallas de oro ganadas en los Juegos Olímpicos.
Comaneci ha sido además un ejemplo a imitar, por la capacidad de sacar del casi total anonimato a una disciplina como la gimnasia y elevarla al máximo nivel popular. Sin siquiera inventar algún movimiento nuevo, como hizo su rival Olga Korbut, pero perfeccionando todo el resto.

Ehunka esku, milaka burdin eta kolore kontaezinak Bilboko txosnagunearen muntaketan

Bertsoak, txupina eta besoak zerura: «Bilbo, has daitela jaia!»

¿Guerra sucia o gamberrada macabra? 25 años de la tragedia del Txioka

Gladys Enean eta kantuan oroitu dute Sabino Ormazabal
