Dabid LAZKANOITURBURU

CEAUSESCU EN RUMANÍA, UN RÉGIMEN CUYO FINAL ESTREMECIÓ AL MUNDO

Estos días se cumple el XXX aniversario de los sucesos que acabaron con la autarquía «comunista» de Ceausescu. Las imágenes del líder y su esposa, Elena, fusilados el día de Navidad por ordenar matar a más de 1.000 manifestantes, estremecieron al mundo.

El 25 de diciembre, el fusilamiento tras un juicio militar sumarísimo del autócrata rumano Nicolae Ceausescu y de su compañera, Elena, ponía fin al último régimen autodenominado comunista de Europa central y oriental.

La población rumana no era insensible a las protestas que llevaban sacudiendo todo el año a los países del Pacto de Varsovia –el Muro de Berlín había caído semanas antes– y compartía mayoritariamente el sentir de que era un modelo agotado tanto política como económicamente.

La diferencia, no menor, estribaba en que Ceausescu había mantenido una posición no alineada –o supeditada– a la de la URSS, lo que, pese a que bien se encargaron de ocultarlo, despertó en su momento las simpatías en las cancillerías occidentales respecto a un líder histriónico pero al que algunos veían como una posible pieza para debilitar a Moscú.

Así, Ceausescu nunca se dio por aludido para emular los procesos de desestalinización que, desde la muerte del líder soviético y hasta decenios después, afrontaron, con mayor o menor convicción –o disimulo gatopardista– los países del «socialismo real», incluida la propia URSS.

El líder rumano, por contra, acometió la construcción de grandes obras públicas y un plan de austeridad draconiano con vistas a impulsar una autarquía al mejor estilo de los inicios del franquismo.

Todo ello derivó en un incremento de la pobreza y de la insatisfacción popular que llevó al régimen a convertirse en un Estado policial con la temida Securitate al frente.

De esta manera, Ceausescu, émulo de dinastías como la de los Kim en Corea del Norte, fue incapaz de ver la que le venía encima.

Un pastor protestante

Las manifestaciones comenzaron el 15 de diciembre en solidaridad con un pastor protestante de la minoría húngara, Laszlo Toekes, quien resistía desde el interior de su casa y de su iglesia una orden de expulsión por sus críticas al régimen.

La solidaridad se transformó en manifestaciones y en asaltos a sedes oficiales y del Partido Comunista Rumano, así como en una huelga general en las fábricas.

Timisoara puso los primeros muertos por la represión –el balance de víctimas mortales del levantamiento superó finalmente los 1.100 muertos–, pero resistió.

El ejemplo cundió en buena parte de las ciudades de Rumanía y llegó el 21 de diciembre a la capital, Bucarest, donde Ceausescu convocó en dos días sendas asambleas del partido que se volvieron en su contra.

El líder rumano hizo un último intento de sofocar a sangre y fuego las protestas pero, consciente de que había perdido todo atisbo de autoridad tanto en el partido como en el Gobierno, Ceausescu y su esposa huyeron de la capital en helicóptero. Pero su suerte estaba echada.

La Securitate y miembros de segunda fila del partido que se convirtieron en el Frente de Salvación Nacional (FSN) consumaron un golpe para salvar su futuro y pasaron de verdugos de los manifestantes a presentarse como sus salvadores.

Ceausescu y su esposa fueron rápidamente interceptados y detenidos en Targoviste (100 kilómetros al norte de Bucarest), y sometidos a un juicio militar sumario en el que fueron condenados a muerte por «crímenes contra la Humanidad» por haber ordenado disparar contra los manifestantes.

El 25 de diciembre, día de Navidad, fueron fusilados y la imagen de sus cadáveres inertes en una campa fue recogida por las televisiones de todo el mundo. Como metáfora final de un desastre total.