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«Bruselas, tenemos un problema»

Dabid Lazkanoiturburu (Gorka RUBIO/ARGAZKI PRESS)

Anadie se le oculta que la política internacional recela de cambios que, como el que propone Catalunya, suponen una modificación sustancial del statu quo. Y pocas instituciones son tan conservadoras y reacias a ello como la UE, una organización que sustenta su precaria unión en un difícil y poco, por no decir nada, operativo equilibrio entre Estados.

Resulta, por tanto, normal, en el sentido diplomático, que tanto Merkel como Obama y Cameron accedieran al angustiado ruego del Gobierno español y se alinearan con una campaña, la unionista, que, consciente de la imposibilidad de vender la «marca España», se ha concentrado en amenazar a los catalanes con la excomunión no ya solo de Europa sino de la llamada «comunidad internacional».

Solo desde esa debilidad estructural del unionismo se entiende que la diplomacia española en la Comisión Europea se sacara de la manga una «mano negra» para hacer decir lo que nunca dijo a su presidente, Jean-Claude Juncker.

Pero además de por su conservadurismo, la UE destaca a su vez por su pragmatismo. Y a lo largo de su corta y densa historia, no son pocos los casos en los que ha sorteado los marcos legales e incluso los grandes principios en aras a la resolución de los problemas (unificación-anexión alemana, independencia de Kosovo...).

Habida cuenta de que la resolución de los problemas es el primer y último objetivo de la política, un primer y rápido análisis de los resultados electorales constata que España tiene uno, y muy gordo, en Catalunya. El independentismo sigue sumando la mayoría de escaños pese a soportar una sucesión de campañas electorales a cual más sucia.

Pero ese mismo análisis apunta a que también Catalunya tiene un problema, agravado precisamente por la cerrazón española. Quizás viene siendo hora de que la UE haga valer su papel mediador y de que se implique a fondo. Más allá de declaraciones diplomáticas al uso y de comunicados traidoramente traducidos.