Bilbao BBK Live: las despedidas nunca son divertidas, salvo las de solteros
Los festivales de tres días se han convertido en un lugar de convivencia, desde todo lo perimetrado hasta la sala de prensa donde cada uno cuenta sus hazañas o problemas. Incluso el exterior es lugar de esparcimiento, pero en este caso de botellón y bien «esparcido», pues es el espacio donde no se ha mantenido la máxima de festival sostenible, que ha sido lo más agradable de esta edición. Lo peor, la niebla y el agua del último día con sus barros y lodos.
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Los fríos datos del BBK Live cuentan que el jueves hubo 35.000 personas a pesar de ser, en teoría, el día más complicado por ser de los de labor labor. El viernes 7 se logró el “todo vendido” y el mejor día de la semana, el sábado, se quedó en los 36.000. En total cerca de 110.000 asistentes, cifra que colocan esta décimo segunda edición entre las más numerosas de su historia. Y todo con la competencia legal, pero quizá amoral del Mad Cool, organizado en Madrid por el exsocio de Last Tour Javier Arnaiz, que también colocó otro festival en la capital de España coincidiendo con las fechas del Azkena Rock, el Download, y ambos festivales con parecido carácter al de Gasteiz, primero, y al de Bilbo, después. Rechina aún más que Arnaiz sea miembro de Live Nation, una de las grandes promotoras mundiales y servidora, por tanto, de grupos.
Regresando al BBK Live lo que más nos ha convencido no ha sido tal o tal nombre, sino la apuesta por mantener las campas lo más limpias posible. Ha habido citas que aquello era una pocilga donde los humanos se convertían en semiamaestrados puercos. Este año ha habido trabajadores recogiendo “detalles” durante el horario activo. Y ver a tanta gente y todo limpio, no ha tenido precio. Todo, o casi, que entre la marranería de algunos –empeñados en no utilizar los numerosos recipientes instalados– y los turnos de limpieza, se han colado momentos menos peinados. Ocultar los aseos y reorganizar esta estructura ha evitado olores que otros años resultaban desagradables por variadas zonas del recinto, incluidos escapes de fluidos por desbordamiento. Con todo, ya se sabe que la cultura actual es muy de pito fácil (y pita), por lo que muchas esquinas han continuado siendo un objetivo.
También ha sido una buena idea incorporar diversos fardos de paja para descansar o que hicieran de mesa improvisada. Además, ese rectángulo dorado, en contraste con la hierba o el asfalto, convertía el recinto en una inmensa granja, que evoca y humaniza.
BBK Live siempre ha sonado bien, pero este año el sonido ha sido brillante, impoluto, consiguiendo que hasta determinados paquetes de paja parecieran milhojas de hojaldre.
Ha habido numerosos puestos de entretenimiento diverso, desde maquillaje a karaoke, toro mecánico, photocall para poses con guitarra y foto de recuerdo, futbolín para doce personas o así, una marca de prendas vaqueras cosiendo gratis remaches y con alguna maravillosa tumbona que pudimos catar al grito de «es mía para siempre».
«Eres la persona que mejor me ha pedido los bocadillos, con precisión y sin dudas, que aquí es una dura lucha con cada uno de los clientes y bla bla bla...». Era argentino y atendía al público vendiendo combinados con carne asada argentina. Gran éxito y largas colas. Claro, que conmigo el “sicólogo” ya se tiró cinco minutos de cháchara.
Mencionar que los precios son caros es tanto una bobada como una tontería, así que ni ejemplos, que todo va a seguir igual.
El viernes una densa niebla caló cual invisible humificador. La zona Basoa fue un lugar idóneo para resguardarse de tan inmaterial enemigo. Es zona de música electrónica, arbolada, con mesas de madera y un puesto, entre otros, de helados, cafés y crepes deliciosos. Al estar arrinconada –sabia es la naturaleza– sigue sin ser muy frecuentada, aunque quizá los nublados, la niebla y la lluvia tampoco ayudaran. De un ambiente similar, pero sin txun txun txun, se disfruta a la entrada del recinto: árboles, mesas de madera y puestos de comida. Aunque en esta zona es posible que hace años el Ayuntamiento se pasara en la tala de árboles, algunos muy juntos, cierto.
En general, el recinto es tan singular con sus cinco escenarios y diversos ángulos que a pesar de estar el grupo estrella tocando, encuentras gente a su bola, miles, por todos los lugares. Se charla mogollón, se cena, y tres pitos importa la música. Hay un ummmmm tipo zen que lo inunda todo y que convierte a las personas en “personas”. Pero no a todos.
Aunque para inundación cabrona y maléfica la del sábado. Sobre las ocho de la tarde llegaba a la carpa de prensa el aviso de que se aproximaba una tormenta. Por Kobetas, todo encapotado, pero sin aspecto de caer la de dios. Sobre las doce, caminando tan alegre como caperucita por el bosque dos gotas de agua sobre el brazo del tamaño de una taza. Después cuatro y a correr como un valiente que quiere vivir. Más de una hora de lluvia formó charcos por el escenario, chapapote y adiós al ummmmm tántrico.
Die Antwoord
La noche y el atardecer del sábado dejaba a una excelente banda de veteranos (Brian Wilson pasaba por ahí) reinterpretando el colosal “Pet sounds”. Suerte de escucharlo y vivirlo cincuenta años después.
¡¡¡ (pactado por la comunidad como Chk Chk Chk) es una banda de la capital de California, Sacramento, con un show apoteósico. Musicazos, dance-punk sin tiempo siquiera para que corra el sudor y chico y chica al frente bien compenetrados para materializar un set abrumador.
Ocurrió algo parecido con Two Door Cinema Club, que ofrecieron un global más allá de lo esperado, aunque prometía. Los irlandeses cargaron desde el escenario principal para dejar a todo su radio de acción electrizado. Se vieron pelos como pararrayos. Una vez más los sintetizadores al poder.
Con Primal Scream fue el periodo de lagrimeo tormentero. Fue la lluvia o su inexpresividad cautiva, pero la banda de Bobby Gillespie estuvo como ausente. El escocés sonrió al interpretar “It’s alright, it’s ok”, quizá por lo que caía. Paradoja. Se despidieron con su clásico “Come together” (as one), muy jipi.
Cerca de las dos de la madrugada el boom con Die Antwoord. Rave, hip-hop, coreografías, guion, espectáculo... y notorios visuales. La pitufina Ninja terminó empalagándonos con su voz Heidi llamando a Pedro.