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Un extraño episodio

Sobre los aturdidores efectos de vivir en un festival de cine, y sobre los peligros de confundir la Sala 1 de Burgos con la Sala 2 de Nueva York.

Víctor Esquirol

Lo advertí ayer y el día antes… y hoy mismo confirmo que vivir en un festival de cine es andar perdido en una borrachera. En un frenesí en el que apenas queda tiempo para dormir y no desfallecer… y desde luego, ni un segundo para frenar, respirar, reflexionar y darse cuenta de dónde se está, realmente. Como la Sección Oficial dio una pequeña tregua ayer, aproveché para salir de mi zona de confort en Zinemaldia (ese triángulo compuesto por el Kursaal, el Teatro Principal y los Cines Príncipe), y plantarme primero en Tabakalera, y luego en los Trueba.

Me esperaba un doble-programa-doble en la sección Zabaltegi, ese estimulante contenedor donde Víctor Iriarte, su principal responsable, nos recuerda que puede pasar de todo. Y en efecto. Tras la primera sesión, compuesta por el cortometraje ‘Autoficción’, de Laida Lertxundi y el largo ‘Fauna’, de Nicolás Pereda (y que transcurre sin mayores percances, aparte de los fantásticos enredos proyectados en la pantalla), toca mover el campamento base al siguiente puerto de montaña.

Una vez llegado a las cercanías de los cines Trueba, descubro que todavía no han abierto las puertas, de modo que quedan unos momentos para digerir lo que vengo de ver, lo cual se traduce en algo tan peregrino como decir que acabo de descubrir (tarde, lo sé) una versión mexicana de Hong Sangsoo. Como el maestro coreano, este joven director latinoamericano disfruta camuflando la sofisticación de su aparato cinematográfico detrás de unas apariencias tan simples como el lenguaje empleado. Su cámara revierte la apriorística falta de posibilidades a la que teóricamente le condena el estaticismo, para lucirse con paneos, con zooms, con rascadas foco y, sobre todo, con un milimétrico control de los elementos dentro del frame.

Y como nosotros tampoco queremos ser menos, también creemos que lo tenemos todo bajo control. Pero no. Un personaje se encuentra con otro que está pasando las páginas de un libro, y a la que el primero le pregunta al segundo sobre lo que está leyendo, entonces se activa la magia del cine, y nos transportamos a una ficción literaria que pasa a ser realidad. ¿Y lo de antes? Digamos que pasa a mejor vida; a ser poco más que un recuerdo que, evidentemente, se va disipando. Y a todo esto, ¿dónde estábamos?

En los Trueba, sí. Su encargada, por fin, nos deja entrar. Es importante saber que estos cines están compuestos no por una, sino por dos salas. O sea, que quien tiene una entrada para la Sala 1, tiene que dirigirse a la Sala 1, y no a la 2. Y por el contrario, quien tiene una entrada para la Sala 2, tiene que dirigirse a la Sala 2, y no a la 1. Parece fácil, pero cuidado, porque esto es un festival de cine. Faltan quince minutos para que empiece la proyección de ‘Un efecto óptico’, nuevo trabajo de Juan Cavestany, y claro, ya empiezan a palparse los nervios.

A mí me toca levantarme, dos veces, porque el espectador que el sistema informático ha puesto a mi lado (a una butaca de distancia de seguridad, esto sí) no las tiene todas. «Perdón, es que no sé… no, no… creo que…», esto parece una película de Carlo Padial. El chico, que se comporta como si llevara la mascarilla a la altura de los ojos, comprueba una y otra vez la fila y el asiento que le asigna su entrada, pero no acaba de comprender. Como si hubiera algo que se le escapara. Pero no es el único afectado por este extraño efecto. Miro a la izquierda y a la derecha, y solo veo a gente confundida. Esto: esto es, exactamente, un festival de cine.

Pero tantas idas y venidas; tanto sentarse y tanto levantarse se tiene que acabar cuando se apagan las luces y se enciende el proyector. Se acabó la tontería, o no. La pantalla y el dolby surround nos recuerdan, una vez más, esos mandamientos que tan rápido se nos olvidan: ¿cómo demonios sentirse seguro ante una pandemia mundial? Pero la gente sigue sin calmarse… y entra en pánico cuando por fin empieza la sesión. Espera, aquí no está Pepón Nieto, ni Carmen Machi. En ‘Un efecto óptico’ salen Pepón Nieto y Carmen Machi, ¿no? El chico de al lado vuelve a levantarse, y con su deserción se produce un hilarante efecto dominó. Se mueve otra persona, y otra, y otra pareja, y todos desfilan, discreta pero apresuradamente hacia la salida.

Están en la Sala 1, y a lo mejor tendrían que haber entrado en la 2. Tal vez ‘Un efecto óptico’ se está pasando en la Sala 2 y, oh tragedia, ellos, todos ellos están en la 1. Ahora, el balbuceo se ha convertido en un clamor popular: «¡Perdón! ¡Es que no sé… no, no… creo que…!», pero se oye también el rumor de la encargada de la sala, quien calma los ánimos. A los pocos segundos, las sombras, todas ellas, vuelven a su respectivo punto de partida. Falsa alarma, todo en orden: antes de ‘Un efecto óptico’ venía el corto ‘Ya no duermo’, de Marina Palacio. Nadie lo sabía (yo tampoco, lo admito), porque ya se sabe, esto es un festival, Zinemaldia, Zabaltegi-Tabakalera, donde puede pasar de todo… y donde por lo visto, no se puede estar al quite de todo.

Y ahí están Pepón Nieto y Carmen Machi. Respiramos. Pero espera, están en Burgos. ¿‘Un efecto óptico‘ no era aquella de Pepón Nieto y Carmen Machi en Nueva York?