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Roto


Todo empieza con un pequeño detalle. Una televisión que se queda sin apagar, unas llaves que no se encuentran pero que aparecen en el lugar más insospechado, por ejemplo el cajón del botiquín, una combinación de ropa de dudoso gusto. Risas, no pasa nada, pero a dónde vas con esas pintas…

Más tarde es ese fuego de la cocina que se queda encendido con la cazuela encima, esa tarjeta de crédito olvidada en el cajero, ese salir de casa para llegar a una cita dos horas antes de lo previsto. Y las risas se evaporan, la mosca detrás de la oreja, afloran las sospechas de quien ya ha visto esta película antes, hace unos años, con otra generación. ¿El maldito ADN? Dicen que todo se hereda, menos la hermosura.

La visita al ambulatorio, la cita con el especialista a varios meses vista, las pruebas, preguntas sencillas que no encuentran respuesta. «¿Quién te acompaña? ¿Dónde estamos? ¿Qué día es hoy? ¿Treinta menos tres?». Y suena en voz alta la palabra maldita, que no sorprende pero que golpea. Una ola para la que pensabas que estabas preparado, pero que cuando llega te pasa por encima, te voltea como si fueras un pelele.

Y de repente, un día, te topas con la versión que Zea Mays hizo del "Corazón de Tango" de Doctor Deseo. Y escuchas cantar a Aiora eso de «Vamos a engañarnos, y dime mi cielo que esto va a durar siempre». Y ves a Ramón Barea abrazar a Camen Machi, y de repente te rompes, como hacía años que no te rompías. Te rompes hasta quedarte vacío, y ese hueco lo llena la pena. Pena por lo que fue y ya nunca más será. Tantos libros por leer, tantos sudokus por completar. Pena porque sabes lo que viene. Y el miedo. A no estar a la altura. A ser el siguiente, dentro de unos años.

Y la luz, con nombre de mujer. La que le cuida en casa. La que le acompaña a la calle y de compras. La que le da tanto cariño en los talleres del hogar del jubilado. La que explica las opciones existentes y hace de guía en ese laberinto burocrático de papeles y firmas. Cuidemos los cuidados y a quienes cuidan.