Brutalidad imperial y despojo colonial
La agresión militar contra Venezuela y el secuestro de su presidente el pasado 3 de enero supusieron otro salto cualitativo en la política de Estados Unidos de asedio y derribo contra el país caribeño, mostrando descarnadamente la brutalidad imperial del gobierno de Trump.
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En este momento, es importante poner el foco central de análisis en la política imperialista y en su objetivo de despojo colonial y no desviarse hacia otros debates (traiciones, conspiraciones…) sobre los que no se dispone de suficiente información y que son más propios de especulaciones de taberna que del rigor analítico.
El momento
¿Por qué ahora? Hay que situar el ataque y secuestro del 3 de enero dentro de una secuencia larga de más de una década que tiene como objetivo el derrocamiento del gobierno venezolano. En cierta medida replica otras experiencias históricas en las que tras años de políticas de asfixia se generan las condiciones para la caída de un régimen (el caso del Irak de Saddam Hussein es paradigmático).
No hay que olvidar que tras la muerte de Chávez en 2013 y en época de Obama, Washington da un salto cualitativo en su política contra Venezuela y promueve un plan para destruir la economía venezolana, declarándole la guerra económica a través de un bloqueo (comercial, financiero) similar al que sufre Cuba, como ya señaló hace años Pasqualina Curcio.
Un plan que en gran medida tuvo éxito y que provocó un éxodo masivo de millones de personas hacia diferentes países del continente, además de destruir sustancialmente las bases materiales del país. En los últimos meses la estrategia se radicalizó con el despliegue naval y militar más grande de las últimas décadas en el Caribe y el bloqueo y secuestro de barcos con crudo venezolano.
Por tanto, se daban las condiciones objetivas (destrucción de las bases materiales) y subjetivas (cansancio y agotamiento de amplias franjas de la población por las carencias de la cotidianidad) para una agresión de este calibre.
El ataque
Un tema sumamente complejo de evaluar en términos político-militares es el operativo militar del día D (tanto en su preparación sobre el terreno como en su implementación) ya que da pie a muchas interpretaciones y abona la guerra psicológica. De cualquier manera, en primera instancia es fundamental no menospreciar la capacidad de la principal potencia militar del planeta, tanto en su vertiente material como en términos de inteligencia militar. Su superioridad frente a la de un país del Sur es abrumadora y es determinante en la real politik.
Paralelamente, Venezuela ha evidenciado su debilidad en este terreno, no solo en lo material (donde la diferencia es abismal) sino, sobre todo, en materia de contrainteligencia, al no haber detectado la infiltración de la CIA desde hace tiempo.
A esto hay que agregar la variable de la «traición», imponderable en este momento, pero sin duda un factor ineludible en la ecuación. Respecto a esto último, hay que recordar la jugosa recompensa de 50 millones de dólares ofrecida por el Departamento de Estado por «información conducente al arresto» de Nicolás Maduro.
Objetivo estratégico
Sin embargo, el éxito de la operación hay que relativizarlo, ya que no podemos olvidar que el objetivo estratégico de Washington es el cambio de régimen y la imposición de un nuevo régimen servil a los intereses económicos y geopolíticos de EEUU en el continente, eufemísticamente categorizados como «doctrina de Seguridad Nacional».
Un nuevo régimen que garantice no solo el acceso a la mayor reserva petrolera del mundo sino también a una serie de minerales estratégicos abundantes en el país (oro, diamantes, bauxita, cobre, níquel, titanio, coltán…) y muy codiciados en la actual fase de disputa global por el liderazgo económico y tecnológico. A esto hay que agregarle también las cada vez más demandas ‘tierras raras’.

La Casa Blanca no ha logrado por ahora su objetivo estratégico y esto se debe a la combinación de diversos factores. Por un lado, el imperialismo convive con la paradoja de haber provocado una migración masiva que ha expulsado del país a un porcentaje sustancial de la base social de la oposición de derechas.
Paralelamente, la fragmentación al interior de la oposición es una constante de los últimos años. En contraposición, el movimiento bolivariano sigue manteniendo una estructura política fuerte, amplia y unida, tanto en los puestos de liderazgo como en las bases.
La sintonía discursiva, pocas horas después de la agresión y del secuestro, de la vicepresidenta (Delcy Rodríguez), el ministro de Defensa (Vladimir Padrino) y el ministro del Interior (Diosdado Cabello), fue fundamental para transmitir una imagen de unidad en ese momento crítico.
A su vez, las Fuerzas Armadas, mantienen su lealtad al gobierno y al Estado y continúan siendo un actor decisivo para garantizar el actual status quo.
Además, millones de personas han sido entrenadas en las milicias bolivarianas durante las dos últimas décadas, bajo el concepto de la «guerra de todo el pueblo», lo cual les ha convertido en un agente clave en la política de defensa del país.
En consecuencia, un escenario de gobierno «cipayo» o de invasión permanente podría provocar un caos poco funcional a los negocios de las transnacionales gringas. Una cosa es una «agresión quirúrgica» y otra muy distinta un cambio de régimen por la fuerza que exija tropas para garantizar la gobernanza imperial.
Posibles escenarios
Resulta complejo predecir qué ocurrirá a corto y medio plazo porque hay muchas variables en juego y algunas muy volátiles. De cualquier manera, las pretensiones de la actual administración estadounidense son diversas. Por un lado, pretenden lograr un acceso preferencial al crudo venezolano.
Habrá que ver si será directamente por la vía del expolio en alta mar (secuestro de barcos al más puro estilo ‘piratas del siglo XXI’) o negociación-extorsión para lograr un suministro amplio y a «buenos» precios.
Por otro lado, parece que ansían el regreso de sus grandes transnacionales a la Faja Petrolífera del Orinoco, especialmente Exxon Mobil y ConocoPhillips, que decidieron voluntariamente marcharse hace 20 años (Chevron se quedó) debido a la nueva legalidad bolivariana de soberanía petrolera.
A su vez, Washington presionará para garantizarse una parte sustancial de las reservas minerales estratégicas y tierras raras existentes en el país. A todo esto, hay que sumar la agresiva hoja de ruta por recuperar su peso económico en Venezuela, reduciendo el de China y Rusia.
Hay que recalcar que a día de hoy China compra más de 2/3 del crudo venezolano, mientras que EEUU recibe menos del 25%, muy lejos de los años 90 cuando el país caribeño era su principal proveedor, por delante de Arabia Saudí.
En cuanto al gobierno venezolano, a pesar de haber logrado sostenerse se encuentra en una posición muy complicada en todos los frentes. En primer lugar, tiene que mantener la unidad cívico-militar (doctrina oficial del chavismo desde hace un cuarto de siglo), ya que ésta es la garantía de la estabilidad política interna.
En segundo lugar, en el ámbito económico tiene que negociar con EEUU en un contexto muy desfavorable (bloqueo militar y comercial y amenaza de otra agresión militar de mayor calibre). Necesita lograr un acuerdo económico integral (que vaya mucho más allá de lo petrolero) que le permita subsistir y que sea medianamente coherente con un discurso de soberanía y de dignidad nacional.
La maldita geopolítica
La pérdida progresiva de su carácter hegemónico a nivel planetario ha obligado a EEUU a replegarse a su «patio trasero», con una adaptación radical de la doctrina Monroe al siglo XXI: «el continente es mío» y la brutalidad imperial, cuando sea necesaria, garantizará la sumisión de los países de la región.
Como acertadamente denunciaba un grupo de intelectuales progresistas 3 días después de la agresión: América Latina no ha disfrutado mucho del llamado «orden mundial» porque fue tratada siempre como «frontera salvaje» frente al «mundo civilizado»; la diferencia ahora es que ya no se mantienen las formas discursivas porque la ultraderecha defiende públicamente un nuevo orden.
Hay un plan claro para redefinir el mapa continental y derrocar o someter a los gobiernos díscolos. A pesar de su relativa debilidad global, el avance de la agenda ultra de la Casa Blanca es indiscutible, con cada vez más gobiernos de extrema derecha afines (menos de un 25% de los 33 países de América Latina y el Caribe están gobernados por fuerzas progresistas), por lo que las lecturas de algunos sectores de la izquierda que hacen de la necesidad virtud no ayudan mucho a entender el momento presente cargado de distopía.
El hecho de no controlar en este momento los 2 gigantes de la región (Brasil y México) les otorga cierto respiro a los movimientos progresistas, pero la restauración conservadora en su versión ultra es un hecho incontestable. Por lo menos, «por ahora», parafraseando al difunto comandante Chávez.