«Cuando diriges a niños lo más importante es respetar su inteligencia»
Nacido en Bagdad, en 1990, en la antesala de la Primera Guerra del Golfo, Hasan Hadi se ha inspirado en recuerdos de su propia infancia para rodar ‘La tarta del presidente’, su debut en el largometraje.
‘La tarta del presidente’ le valió la Cámara de Oro en Cannes, prestigioso galardón que premia a autores noveles, y llega ahora a los cines tras haber sido proyectada con éxito en Zinemaldia.
En el filme, Hasan Hadi centra su mirada en Lamia, una niña de 7 años que es elegida en su aula para encargarse de elaborar un pastel de cumpleaños para Sadam Hussein, costumbre que debieron de afrontar muchos niños iraquíes durante aquellos años. Sin embargo, la falta de recursos de su familia y las restricciones de un país en plena guerra dificultan un encargo sobre el que se articula esta peculiar road movie por los escombros de un país en plena fase de demolición.
Esta película se fraguó en una residencia que usted obtuvo en el Sundance Lab. ¿Cómo vivió aquella experiencia?
Fue muy positiva, porque se produjo en un ambiente muy inspirador. En Sundance estás rodeado de artistas, de gente creativa que te anima a arriesgarte con tus ideas. De hecho, fue allí donde conocí a quienes me produjeron la película. Les facilité una primera versión del guion y me apoyaron para que siguiera adelante con él. Fue así como surgió ‘La tarta del presidente’.
«Los niños tienen una mirada pura, ven las cosas como son y eso me daba la capacidad de contar esta historia sin juzgar»
La película recoge recuerdos de su propia infancia. ¿Cómo fue ese confrontarse con su memoria?
Está inspirada en mis recuerdos, pero también en la experiencia de otras personas. De hecho, toda la odisea que vive la niña protagonista de la película fue un poco la que vivió un compañero mío de colegio al que le tocó en suerte ser el encargado de hacer un pastel de cumpleaños para nuestro presidente, un encargo que no pudo cumplir y que tuvo consecuencias desagradables para él y para su familia. Eso me hizo desarrollar un sentimiento de culpa y preguntarme qué habría sido de mi vida si en vez de a mi compañero me hubiera tocado a mí. Fueron estas reflexiones las que me llevaron a desarrollar este proyecto imprimiéndole un tono de comedia oscura donde los niños parecen más maduros y responsables que los adultos mientras que estos, en sus comportamientos, resultan pueriles.
¿Fueron esos recuerdos los que le llevaron a narrar esta historia desde una mirada infantil o también estaba interesado en mostrar las derivas de un régimen totalitario desde el candor y la inocencia?
Al haber crecido en un ambiente tan fuertemente politizado y con unas estructuras de poder tan rígidas, quería reflejar aquella realidad sin sesgos y desde una mirada carente de prejuicios. Fue por eso que opté por narrar esta historia desde la óptica de una niña. Los niños tienen una mirada pura, ven las cosas como son y eso me daba la capacidad de contar esta historia sin juzgar. Por otro lado, al haber crecido en el contexto de la Primera Guerra del Golfo, tengo muy claro que las peores víctimas de una guerra son siempre las mujeres y las niñas, porque están condenadas a sobrevivir sin apoyos. Me acuerdo de cómo mi madre y mi abuela se echaron la familia a la espalda y lucharon por salir adelante. Eso me llevó a pensar en que la protagonista debería ser una niña y no un niño.

Y, sin embargo, en Lamia, la niña protagonista, se intuye que hay mucho de usted mismo, del niño que fue.
Hay rasgos míos sí, pero una película no deja de ser una representación, con lo cual no puedo decir que ‘La tarta del presidente’ sea mi propia historia. Digamos que todos los personajes, no solo Lamia, tienen cosas de mí.
¿Fue muy dificultoso encontrar a los niños protagonistas de la película? ¿Cómo fue dirigirlos para conseguir de ellos tanta verdad como transmiten?
Desde el principio tuvimos claro que no nos interesaba contar con actores profesionales, eso nos obligó a tener la mente y el corazón abiertos frente a lo que pudiéramos encontrar. El casting fue laborioso, vinieron muchísimos críos. De hecho la niña que finalmente elegimos fue de las últimas en presentarse, pero en cuanto la vimos no hubo duda: ella era Lamia. Cuando diriges a niños lo más importante es respetar su inteligencia, pero sin perder esa parte lúdica que atesora para ellos un trabajo como este. Por eso, nos centramos en despertar sus emociones a través de talleres donde les poníamos en contexto y buscábamos provocar en ellos una reacción sin saber cual iba a ser su respuesta frente a determinados estímulos. Para generar esas dinámicas de trabajo lo más importante es lo que te decía antes, dejar de lado los prejuicios, estar abierto a descubrir... Un guion no deja de ser un ente vivo y nuestro deber es insuflarle aire, hacer que respire. Esa es la magia del cine, en eso consiste el milagro de hacer una película.
«Un guion no deja de ser un ente vivo y nuestro deber es insuflarle aire, hacer que respire. Esa es la magia del cine»
En este sentido, ¿se ha sentido inspirado por el trabajo de otros cineastas?
Por supuesto. Antes de debutar como director, he sido espectador. En lo referente al trabajo con niños, por ejemplo, hay una película que me marcó mucho y fue ‘Cría cuervos’. En esa película se evoca la represión y el totalitarismo de la dictadura de una manera poética a través de los ojos de una niña. Fue muy inspiradora.
Al final, y su película es un buen ejemplo de ello, no hay nada como hablar de una realidad muy local para hacer una obra de alcance universal, ¿no?
Totalmente. El público es lo suficientemente inteligente como para detectar si una película es auténtica o, por el contrario, se trata de una representación artificial. El artificio no tiene un valor universal pero la autenticidad sí. Como dice Scorsese: ‘ser personal es la mejor manera de ser universal’. Si tú ofreces lo mejor de ti mismo, esa es la mejor manera de romper cualquier tipo de barrera cultural.
¿Cómo vivió el éxito de su película en Cannes y su recorrido posterior por pantallas de todo el mundo?
¡Imagínate! Nunca antes el cine iraquí había sido honrado de esa manera internacionalmente. Yo creo que talento siempre hemos tenido, lo que no teníamos era recursos y, en este sentido, me gusta pensar que el éxito de mi película en otros países puede hacer llegar al cine iraquí los medios necesarios para que otros directores puedan contar sus historias.