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Infantino celebra su década al frente de la FIFA abrazado a Trump

Llegó en un momento crítico y supo capear el temporal. Una década más tarde, las promesas de renovación parecen más una oportunidad perdida que una realidad y está por ver hasta dónde llevará el perfil político que ha adoptado últimamente y que no tiene precedente en la historia de la FIFA.

Infantino (FIFA) muestra la tarjeta roja a Trump (EEUU) en el Despacho Oval de la Casa Blanca, aunque ambos mantienen una buena relación. (Mandel NGAN | AFP)

La imagen de Infantino riendo en la cumbre de la Junta de Paz organizada por Trump y explicando el plan para la construcción de campos de fútbol en Gaza hizo recordar sus palabras nada más ser elegido presidente de la FIFA en 2016. «Restituiremos la imagen y el respeto de la FIFA y mucha gente en el mundo nos aplaudirá por lo que haremos en el futuro», dijo entonces. Ahora que se cumplen diez años de aquel momento, no parece que el tiempo le haya dado la razón.

Sus últimas intervenciones públicas han provocado una investigación por parte del COI por falta de neutralidad política y la ONG FairSquare, que investiga violaciones de derechos humanos en el mundo del deporte, denunció a Infantino ante el Comité de Ética de la FIFA por su apoyo a Trump y la concesión del premio de la paz. También ha sido denunciado por diferentes organizaciones ante la Corte Penal Internacional por su complicidad con Israel.

Pero, seamos justos, cuando asumió el mando de la FIFA en 2016 no tenía una tarea fácil por delante. Nueve meses antes, agentes del FBI detenían a varios altos cargos en el marco de la operación que se conoció como 'FIFAgate'. La imagen de la institución quedó muy dañada y provocó un enorme vacío de poder. Hacían falta caras nuevas y el presidente de la UEFA, Michel Platini, parecía tener muchos papeles para ser el nuevo presidente de la FIFA. Nadie pensaba en quien había sido su secretario general los años anteriores, pero la publicación del pago de 2 millones de francos suizos que Blatter hizo a Platini, obligó al francés a retirarse y dejó el camino libre para Gianni Infantino. Y no, a Platini nadie le va a quitar de la cabeza la idea de que aquella filtración fue obra de un complot para sacarlo de la carrera por la presidencia.

Con el francés fuera de juego, Infantino supo moverse rápido y convencer a 115 federaciones de que era el candidato más apropiado para presidir la FIFA. Ayudó, sin duda, la promesa de aumentar la cantidad que la FIFA aportaba cada año a las federaciones nacionales, porque, tal vez no haya chutado un balón en su vida, pero Infantino sabía bien cómo convencer a los directivos del fútbol.

Tejiendo alianzas

La nueva FIFA de Infantino implementó las reformas con las que buscaba una mayor democracia, transparencia y diversidad. La FIFA se presentó como víctima en la causa abierta por el Departamento de Justicia de EEUU como consecuencia del 'FIFAgate' y terminaría recibiendo una indemnización de 200 millones de dólares. No importó que la investigación implicara sobornos en la elección de Rusia y Qatar como sedes del Mundial, Infantino no tardó en confirmar su apoyo a los países elegidos.

La víspera del inicio del Mundial de Rusia, las 203 federaciones con derecho a voto elegían la candidatura de Estados Unidos, México y Canadá como sedes de la edición de 2026. El mismo país que inició la investigación sobre la FIFA después de perder la organización del Mundial a manos de Qatar, era premiado con la edición de 2026. De paso, la FIFA se aseguraba a un aliado que ha resultado fundamental estos últimos años.

Este no es un detalle menor, porque, en la década que lleva al frente del fútbol mundial, el dinero procedente de Estados Unidos y de los países árabes ha impulsado un crecimiento notable de las inversiones en este deporte, responsable también del aumento en el precio de las entradas y de la extensión de fenómenos como la multipropiedad de clubes. Como presidente de la FIFA, Infantino ha abrazado a quien buscaba hacer negocio con el fútbol, contribuyendo a la mercantilización del mismo.

Después de tres años y medio como presidente, se presentó a la reelección sin que hubiera otra candidatura. Elegido por aclamación en junio de 2019, aprovechó para aclarar que hasta entonces había completado el mandato de Blatter e iba a comenzar el primero de los suyos. Esta interpretación le permitiría seguir en el cargo hasta el año 2031, cuando cumplirá quince al frente de la FIFA. dos menos de los que estuvo Blatter y que propiciaron la aprobación de la limitación de mandatos a 12 años.

Con su poder consolidado y pocos indicios de una renovada FIFA, Infantino trasladó su residencia a Doha y se volcó en el Mundial de Qatar. La brillante actuación de Messi y de la selección argentina redondearon un torneo que generó audiencias importantes, reforzó la posición de Infantino y consolidó su alianza con los países árabes.

En 2024 se confirmaba la organización del Mundial 2030 a España, Portugal y Marruecos, con partidos de celebración del centenario de la competición en Uruguay, Paraguay y Argentina. Siguiendo el criterio de rotación de sedes de la FIFA, esa decisión dejaba la organización del Mundial de 2034 únicamente a países de Oceanía y Asia. El único país que presentó su candidatura a tiempo fue Arabia Saudí y diez años antes de su celebración, fue elegida por aclamación como sede del Mundial 2034.

En el último año, Infantino se ha volcado en el próximo Mundial. Ya estrechó su relación con Trump para la celebración del Mundial de Clubes y desde entonces, su presencia en Norteamérica no ha hecho más que aumentar. Igual que hizo para la edición de Qatar, omite cualquier crítica al país organizador y no parece dispuesto a poner límites a un Trump que ya amenaza el éxito del torneo. Por el contrario, Infantino ha intensificado su perfil político, provocando las denuncias por falta de neutralidad.

Llegó en un momento crítico para la FIFA y supo capear el temporal. Una década más tarde, las promesas de renovación parecen más una oportunidad perdida que una realidad y está por ver hasta dónde llevará el perfil político que ha adoptado últimamente y que no tiene precedente en la historia de la FIFA.