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En Beirut, la tragedia cae del cielo

Como durante la guerra de 66 días en otoño de 2024, la periferia sur de Beirut está sumida en un diluvio de bombas. La vida se ha detenido, o casi. Ahora también son los barrios del norte de la ciudad los que tiemblan, a medida que Israel ha multiplicado peligrosamente los bombardeos aéreos.

Habitantes de Bachoura y desplazados contemplan impotentes el bombardeo de su barrio, en el centro de Beirut, el pasado jueves. (Laurent PERPIGNA IBAN)

El silencio es un lujo que los habitantes de Beirut ya no pueden permitirse. A cualquier hora del día o de la noche, está ahí el persistente zumbido de los drones israelíes, revoloteando en el cielo. A veces descienden peligrosamente, introduciendo en los hogares una inquietante música, claramente perceptible incluso con las ventanas cerradas. Pero... ¿Se trata de simples vuelos de vigilancia, de la preparación de un ataque o, simplemente, de un arma insidiosa dentro de la guerra psicológica que el Ejército israelí libra en Líbano? Difícil saberlo. Los libaneses, por lo demás, han aprendido a vivir con la ausencia de respuestas.

Luego, generalmente al caer la noche, llega el rugido de los aviones de combate que desgarran el cielo. ¿Hacia dónde se dirigen? ¿Vuelan hacia el valle de la Bekaa? ¿Se preparan para una nueva incursión sobre la capital? Las respuestas siempre terminan llegando al ritmo de las informaciones que circulan por los canales de WhatsApp y Telegram, que inundan los teléfonos de notificaciones e imágenes de bombardeos.

Así ocurrió durante la noche del 11 al 12 de marzo: la aviación israelí llevó a cabo simultáneamente una decena de ataques sobre Dahieh, la periferia sur de Beirut. Una sucesión de explosiones que se sintieron mucho más allá de la capital y que hicieron un poco más creíble la amenaza del ministro ultraderechista supremacista Bezalel Smotrich. A principios de marzo, este prometía que pronto «Dahieh se parecerá a Jan Yunis», ciudad arrasada durante la campaña genocida en Gaza.

Durante la guerra de 66 días en otoño de 2024, el Ejército israelí había destruido ya, según las autoridades libanesas, 417 edificios en la periferia sur de la capital. Aquella noche, otros cincuenta quedaron pulverizados.

ENTRE LAS RUINAS DE DAHIEH

En el sur de la capital se respira un aire de déjà vu si bien, esta vez, las órdenes de evacuación lanzadas por el portavoz arabófono del Ejército israelí no señalaban únicamente algunos edificios coloreados en rojo en un mapa, sino el conjunto de los distritos que componen la periferia sur. Una advertencia sin límite de tiempo, pero repetida cada día, y que afecta a cerca de 700.000 personas.

Entrar en Dahieh para observar la magnitud de la destrucción se convierte así en una misión peligrosa que, además, no puede hacerse sin el visto bueno de Hizbulah. Accediendo a permitir brevemente la entrada de medios de comunicación en lugares muy concretos, el Partido de Dios controla el terreno.

El ambiente es apocalíptico. Por todas partes, las persianas de los establecimientos están bajadas. Aquí y allá, edificios en ruinas cortan algunas calles. El tráfico, normalmente denso, se reduce a una nube de hombres montados en scooters que recorren sin descanso esta zona.

Hay que dirigirse al barrio de Chiyah -en el extremo norte de la periferia sur- para encontrar algo de vida.

Relativamente poco castigado hasta ahora a pesar de la orden de evacuación, algunos comercios siguen abiertos. La vida parece casi impregnada de normalidad. Sin embargo, es imposible saber más: los vecinos, demasiado desconfiados para hablar, prefieren seguir su camino antes que expresar lo que sienten.

Para entender la vida cotidiana de estos habitantes que, en muchos casos, no tienen adónde ir, hay que entrar en un gran supermercado en el límite de la periferia sur. Reabierto tras dos días de cierre, pero casi vacío, los empleados explican que vienen a trabajar «con un nudo en el estómago» y que pasan la jornada al ritmo de las explosiones cercanas.

EL CENTRO DE LA CIUDAD, BAJO EL FUEGO

La parte norte de la capital, donde han encontrado refugio temporal cientos de miles de habitantes de Dahieh y del sur de Líbano, tampoco se libra. Objetivo de algunos bombardeos en 2024, hoy se encuentra en el ojo del huracán. Y no por casualidad: el Ejército israelí, que aún imagina posible un desarme de Hizbulah y que cuenta para ello con el Ejército libanés, pretende aumentar la presión sobre el Gobierno.

Aún no son las cuatro de la tarde del 12 de marzo cuando una orden de evacuación apunta al barrio de mayoría chií de Bachoura, situado en pleno centro de la capital, a apenas unos cientos de metros del Gran Serrallo, centro neurálgico de la política libanesa. De inmediato se desencadenan escenas de desolación: miles de personas -muchas de ellas mujeres, niños y ancianos- abandonan el barrio a toda prisa, mientras las sirenas de la policía resuenan sin descanso.

Hatem, desplazado de Bint Jbeil, en el sur de Líbano, había encontrado refugio aquí. «Por desgracia, ellos [los israelíes] nunca se detendrán. Tengo la sensación de que estamos condenados a un exilio sin fin».

Junto a su familia, espera a unos 500 metros del edificio señalado. «Mis hijos reconocen el sonido de los aviones israelíes. Por desgracia, forma parte de su vida», asegura.

De pronto, se oye una explosión. «¡Tarziyeh!» -ataque de advertencia, en árabe- repite la multitud en un desconcertante coro. Un disparo ficticio que anuncia otro, real e inminente.

En el cielo, a gran altura, los aviones de combate israelíes giran durante unos diez minutos. Luego llega el aterrador silbido del misil cayendo. Una explosión, seguida de una columna de humo que se eleva desde el suelo. Los gritos de los niños rasgan el aire, cientos de pájaros huyen hacia el cielo.

Minutos después, Hatem decide acercarse con su familia para comprobar si su vivienda ha sido alcanzada.

De pronto, una segunda explosión, aún más potente, sacude la zona. Apenas sobresaltado, trata de tranquilizar a los suyos. «Mejor esperar un poco, creo», murmura. A su alrededor, los padres intentan consolar a unos niños inconsolables.

Inmediatamente, una nueva orden de evacuación comienza a circular por los teléfonos móviles. Esta vez afecta a un edificio situado a unos pocos cientos de metros. Decenas de personas se agolpan sobre el puente del Ring, antigua línea del frente durante la guerra civil libanesa, teléfono en mano. La guerra convertida en un macabro espectáculo que los libaneses viven en tiempo real.

MASACRE EN LA PLAYA

Sin embargo, por muy aterradoras y traumáticas que sean estas escenas, estos bombardeos no son los que más teme la población libanesa. Porque, al margen de estos ataques que buscan principalmente causar daños materiales, el Ejército israelí lleva a cabo ataques selectivos con drones.

Así ha ocurrido en los últimos días: en plena noche en un hotel de lujo de la Corniche; otro en el barrio de Aicha Bakkar, al noroeste de Beirut; y ayer mismo, en el extremo oriental de la ciudad, en el barrio armenio de Burj Hammoud, sin previo aviso.

Hassan, de 37 años y desplazado de Dahieh, lo explica: «Los habitantes del país nos tienen miedo. Israel y Hizbulah nos han convertido a los chiíes en apestados en nuestro propio país. Todo el mundo nos evita por miedo a que les pongamos en peligro».

Sin embargo, la guerra israelí no tiene únicamente objetivos militares. En los últimos días, varios civiles han muerto en ataques indiscriminados. En el paseo marítimo, frente a la playa de Ramlet el-Baida, donde cientos de personas habían encontrado refugio, dos ataques consecutivos de dron costaron la vida a doce personas.

En el suelo, a lo largo de varios metros, aún permanecen las manchas de sangre.

«Aquí solo había civiles. Yo estaba a unos 150 metros de allí, todo el mundo gritaba. Los israelíes quieren hacernos desaparecer a todos, quieren erradicarnos», explica Abbas, de 50 años.

Como él, muchos libaneses temen hoy lo peor. Con 773 muertos -entre ellos 103 niños- y más de 800.000 desplazados, ya están en medio de una tragedia. Y son muy conscientes de esto: ninguna potencia mundial ni ninguna ley internacional parece capaz de frenar al Estado de Israel.