Nestor Lertxundi Beñaran
Un nabarro libre

Ser nabarro no se hereda por apellidos, se afirma por conciencia y memoria

En respuesta al artículo de Jorge Garay Zabala, publicado el 13 de mayo de 2025 en NAIZ, quiero expresar, desde el respeto a la pluralidad de pensamiento, una discrepancia profunda tanto con su visión histórica como con su manera de cuestionar identidades personales por vía genealógica.

Afirmar que «usted no es nabarro porque sus apellidos no lo son» es reducir la identidad a un archivo parroquial o a una lógica de sangre. Ser nabarro, para quienes lo vivimos, no es portar un apellido, sino sostener una memoria, una lengua, un vínculo con la tierra y una voluntad de pertenencia política a un sujeto histórico que fue y sigue siendo negado: el estado vascón de Nabarra.

Y aquí es importante decirlo con claridad: Nabarra es el habitante del valle.

Naba significa valle, y −rra / −arra indica pertenencia. Es decir, nabarro no es solo quien habita un territorio, sino quien forma parte de una comunidad organizada en torno a un valle. Y el valle no es una mera forma geográfica: es una administración jurídico-política tradicional que sirve de asiento a una comunidad vecinal (auzoa). Así se entendía en el derecho pirenaico y así pervive en la memoria de nuestros pueblos.

Nabarra fue más que un reino: fue una forma de organización comunal, de autogobierno desde abajo, basada en valles libres, en el comunal, en el auzolan, y en una cultura profundamente euskaldun. Esa tradición ha sido sistemáticamente cercenada, primero por las coronas de Castilla y Francia, después por sus herederos modernos. Llamar a esto «algo puntual» es desconocer la raíz histórica de lo que hoy llamamos Euskal Herria.

Es cierto que los reyes de Nabarra no escribían en euskara ni eran todos vascones. Pero lo que define a un pueblo no es el idioma de su corte, sino el de su gente. El pueblo, en su mayoría euskaldun, mantuvo viva una cultura oral, una visión del mundo, una organización social que sobrevivió incluso a la pérdida formal de su Estado.

No se trata de hacer de Nabarra «la primera entre siete» (zazpietan lehena) por un orgullo territorial. Se trata de recordar que sin Nabarra como sujeto político, Euskal Herria pierde su espina dorsal. No hablamos de una provincia ni de una parte. Hablamos de un cuerpo vivo, de una raíz que sustenta el árbol.

Yo soy nabarro, por mucho que los españoles me digan que no.

Y nabarros son, en su raíz, todos los apellidos vascos, porque como ya he dicho, Nabarra es el sujeto político de Euskal Herria, la tierra ancestral que incluye Ipúzkoa, el oeste de Nabarra, (Araba, Bizkaia y Burgos).

Yo soy nabarro no porque lo certifiquen mis apellidos ni lo determine un registro, sino porque reconozco en mí la continuidad de una historia que no ha sido derrotada. Porque me sé habitante de un valle que aún late, aunque intenten sepultarlo bajo mapas y discursos ajenos. Porque no reconozco a España ni a Francia como sujetos políticos válidos sobre mi tierra. Porque defiendo la dignidad de los nabarrak, los habitantes del valle, los descendientes de los vascones, los que aún resisten.


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