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Movilizaciones en Serbia

Desde el pasado 8 de diciembre, los serbios salen a la calle a protestar. Como cada sábado, las grandes ciudades del país reflejan la indignación con la deriva autoritaria de Alkesandar Vucic. Son las 18.00 horas. Llueve. Arranca la protesta bautizada como «1Desmillones».

Miguel FERNÁNDEZ|GARA
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«Lo que importa es reconstruir el sistema, tener medios de comunicación y elecciones libres»

La mañana ha sido soleada, pero a medida que se acerca la tarde todo comienza a nublarse. Caen algunas gotas sobre Belgrado a las 18 horas; comienza la protesta «1de5 millones», como cada sábado desde el día 8 de diciembre. Eligen en Belgrado un lugar mítico: la plaza Terazije, donde la ira explotaba contra Slobodan Milosevic. Han pasado 20 años, y puede que Serbia no haya cambiado tanto como parece: corrupción, autoritarismo, estructuras mafiosas controlando el poder entre bastidores.

Los jóvenes, o protestan en la calle o emigran o se convierten en una pieza de esa maquinaria clientelar que es Serbia, sobre todo fuera de las grandes ciudades. Los mayores intentan buscar soluciones que detengan esta sangría humana, esta fuga constante de mentes preparadas que son sus hijos y nietos.

La música suena desde la plataforma apostada en la parte trasera de un camión. Música rock, de crítica social, pero nada de la famosa y frenética música balcánica. Al principio hay poca gente, absorbida por la desmesura de la avenida Terazije, y quien pone el ritmo son los vendedores de souvenirs, a dos euros, y un joven organizador que zarandea la bandera con la ya mítica frase «1de5millones», nombre que adquirió este movimiento después de que el presidente serbio, Aleksandar Vucic, asegurara que no movería un dedo «aunque hubiera cinco millones de personas en las calles». No se aproximan ni al millón, con una participación récord de 50.000 indignados, pero son constantes, la mayor muestra de resistencia en las calles desde la caída de Milosevic.

«El Gobierno siempre habla del número de personas, pero eso no es lo importante: mi mujer no viene porque tiene problemas físicos, pero nos apoya. Lo que importa es reconstruir el sistema, tener medios de comunicación y elecciones libres», explica Marko, un amable y pausado periodista de 52 años.

Robo de votos y control

El primero en retar al tiempo es el actor Branislav Lecic, que ya estaba ahí para oponerse a Milosevic. Ahora, indignado, el desquicio lo provoca Vucic. Iracundo, grita, apunta con virulencia a las personas. Tras 15 minutos explayándose, más música. Sobre las 18.45 arranca el camión, los organizadores juntan a la masa, colocan las pancartas en posiciones visibles y, antes de girar por la vía Nikole Pasica, detienen a la gente para que los periodistas tengan su instantánea, una que no deja mucho hueco.

Los símbolos que portan los manifestantes hacen referencia al robo de votos o al control de la prensa. Hay banderas serbias, aunque no en exceso, y solo se ve una de la Unión Europea que va de la mano de otra serbia. Ni un símbolo del colectivo LGTB-I: parece que los manifestantes no quieren posicionarse en causas sensibles porque quienes protestan son tan diferentes que hasta incluyen a seguidores de la ultraderecha, dirigida en Serbia por Bosko Obradovic.

«Tenemos ideas diferentes, pero lo primero es crear el espacio para transformar el sistema. Luego veremos qué sistema será», dice Mlalen Lazarevi, estudiante de Economía y uno de los organizadores del movimiento «1de5millones».

Algunos manifestantes visten chalecos amarillos, en referencia a las muestras insurrectas en Francia, pero en este caso los asistentes rechazan de forma categórica la violencia que permitió a los franceses rascar derechos a Macron. La diferencia es que el regusto de la violencia desmesurada aún está presente en el paladar de los balcánicos. Así, los manifestantes aseguran que «Vucic está esperando la oportunidad para acusarnos de usar la violencia». Entonces el presidente podría utilizar también ese recurso.

Vucic no es Milosevic

La marcha parece ahora contar con varios miles de personas, sin duda mejor de lo que parecía al principio. Hay jóvenes y personas que rondan los 50 años. Parecen bien formados. Hablan inglés. Marko reclama libertad de prensa, una Serbia más democrática en la que sus hijos no tengan que emigrar.

Pese a todos los males, Vucic no es Milosevic. Ni Vojislav Kostunica. Puede que sea un poco peor Boris Tadic, el exlíder que abrió el grifo de buena parte de esta corriente autoritaria. «En los años 90 teníamos guerra y la situación económica era mucho peor. La gente estaba mucho más enfadada. Aunque Vucic no me guste, aún no es un dictador tan peligroso como Milosevic», reconoce Marko frente al emblemático hotel Moscú.

Un poco más tarde hablará otro actor serbio. Frente al Parlamento, la primera sorpresa de Vucic: un concierto en favor de la legalización de la marihuana. Un sábado, desde las 18.00 a medianoche. Es una casualidad mágica, y tal vez Belgrado y otras ciudades donde discurren marchas comiencen a tener sábados de anarquía consentida. Sí a todo. La protesta camina y el reggae intenta penetrar con su ritmos suaves.

Frente al Parlamento, un indignado insulta a Vucic. Está endemoniado. Su voz se diluye luego entre la música de denuncia mientras la movilización gira a la derecha por Kneza Milosa y luego toma también a la derecha Kraja Milana. Se está rodeando poco a poco el palacio presidencial. Allí se detiene por última vez el camión que abre la protesta. Es el momento del discurso más largo. Silbidos cuando se habla de la primera ministra, Ana Brnabic, aplausos cuando suena el nombre de la periodista Maja Pavlovic, que entonces estaba en huelga de hambre. Suben varias personas famosas, uno de los miembros estudiantiles de «1de5millones» que parece ya todo un político: ese aspecto elegante pero desenfadado, con un gesto inalterable, para lo bueno y lo malo.

Fue en 1991 cuando ante las cámaras un joven estudiante de la Universidad de Belgrado retó a Milosevic. Se hizo famoso, tanto como para llegar a convertirse en alcalde de Belgrado.

Hoy es exalcalde, pero sigue siendo Dragan Dilas, precisamente el desencadenante de la unión de Alianza por Serbia, una suma de partidos de todos los espectros que tiene en común solo su rechazo a Vucic.

«La cisterna, un símbolo»

Esos políticos de esas formaciones comienzan a aparecer poco a poco, sobre todo al final, aprovechando las protestas para abrillantar su aún controvertida imagen pública.

No están todos, y puede que se vayan turnando por semanas para que medios de comunicación y sociedad tengan su dosis de formalismo político. De los altavoces acoplados al camión suena mucho rock, alguna canción comunista como Bella Ciao, la banda sonora de La Guerra de las Galaxias, y una canción que desgasta la palabra «dictador». De repente, uno de los organizadores enciende una bengala roja. Camina hasta la puerta principal del palacio presidencial. El resto de la masa, ya mermada, comienza a seguirlo.

Allí, a las 20.00, bajo una lluvia cada vez más intensa, los organizadores ya están montando los altavoces. En la verja del palacio llega un momento clave: colocan una pancarta y dan importancia a la cisterna del váter que sostiene un manifestante. Es otra vuelta al pasado, explica una joven canija de pelo violeta: «La cisterna es un símbolo de los años 90 que significa 'deja que la mierda baje con el agua'».

La cisterna parece estar llenándose de agua en Serbia, aunque puede que no sea suficiente para arrastrar a Vucic. «El régimen es fuerte y vamos poco a poco. Es la primera vez que el Gobierno nos mira. Aunque diga que no le importamos, Vucic está nervioso», concluye Marko.

Mientras la manifestación de «1de5millones» se apaga, el concierto en favor de la legalización de la marihuana sigue su curso. Roba gente a la protesta. Los asistentes lo lamentan, pero siguen: son seis meses de lucha contra un sistema robusto, pero dicen que no se detendrán, que estarán en la calle hasta que caiga Vucic.

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