Asociado a la soledad de las habitaciones de motel, Leonard Cohen creó una arquitectura musical cuyos pilares se asentaron en libretas habitadas por renglones torcidos, palabras borradas apresuradamente y versos inconclusos que retomaba la noche siguiente.
Una obra poética que coqueteó con la novela, poesía y un repertorio que hurgaba en el alma humana a través de textos en los que se citaban la religión, la política, la sexualidad, la depresión y las relaciones amorosas.
Encadenados de emociones descritas mediante su personal modo de entender el folk y una voz grave que parecía invocar las sombras y demonios de Baudelaire, Rimbaud o Verlaine.
A finales de los sesenta inició su etapa como cantautor, el comienzo de una leyenda espoleada por ‘Songs of Leonard Cohen’ (1967) y ‘Songs From a Room’ (1969). En el 71 el autor canadiense enriqueció su repertorio de su etapa ‘canciones’ con el tercer disco, ‘Songs of Love and Hate’.
Para llevar a cabo este proyecto referencial dentro de su carrera, Cohen contó con nuevamente el productor y pianista Bob Johnston, todo un referente gracias a sus trabajos con artistas de la talla de Johnny Cash, Simon and Garfunkel y Bob Dylan.
El resultado de esta comunión creativa se tradujo en 44 minutos desglosados en ocho canciones de acabado impecable y en cuya plasmación tomaron parte Charlie Daniels, el reconocido director y arreglista Paul Buckmaster, Ron Cornelius y Elkin ‘Bubba’ Fowler, entre otros.
De avalanchas y otras sombras
‘Songs of Love and Hate’ arranca implacable, con uno de sus mayores éxitos, ‘Avalanche’. Entre cuerdas y misterio, la voz del cantautor recita «entré en una avalancha que cubrió mi alma, cuando no soy el jorobado que ahora ves, duermo bajo las doradas colinas, tú que deseas conquistar el dolor, debes aprender, aprender a servirme bien».
Los críticos tildaron su voz de ‘débil y lastimosa’ y, a sus canciones, ‘autoindulgentes’. Su biógrafa Sylvie Simmons coincide con estos extremos en su libro ‘I'm Your Man’ cuando dice que «tenían razón. No hubo victorias. Las medallas eran una farsa».
En esta etapa Cohen vive sumido en una angustia profunda y paralizante al verse en una cabaña de Tennessee, junto a Suzanne Elrod –su entonces pareja, que está escribiendo una novela pornográfica que nunca se publicó–, y obligado por la discográfica a lanzar un tercer álbum.
La grabación del disco ‘Songs of Love and Hate’ fue atípica. En 1991, en una entrevista con la revista ‘Throat Culture’, Cohen dijo que su dificultad estribó en que «absolutamente todo estaba comenzando a desmoronarse» a su alrededor, desde «espíritu, intenciones y voluntad» que se sumaban a «una larga depresión».
La grabación arrancó en los Columbia Studio A de Nashville el 22 de setiembre de 1970, un día después de haber cumplido 36 años y cuatro días después de la muerte de Jimi Hendrix, con quien Cohen había estado hacía menos de un mes en el concierto que se celebró en la Isla de Wight, y acabaría el 26 de ese mismo mes, ocho días antes del fallecimiento de Janis Joplin, a quien el poeta dedicó varias composiciones. De esta forma se sucedieron temas tan icónicos como ‘Famous Blue Raincoat’.
En su conjunto, el disco sorprende porque sus canciones son hijas de diferentes obras publicadas con anterioridad (‘Avalanche’, por ejemplo, apareció como poema en su libro ‘Parásitos del paraíso’, de 1966) pero entre ellas se establece un diálogo que otorga un hilo conductor a un disco en el que asomaron sus demonios internos, siempre constantes. El recuerdo del padre muerto, el precipicio de las drogas, nombres de mujeres que se solapaban en la memoria y un desdén que le hacía despreciar el mundo que no recordaba haber amado. De la canción ‘Dress Rehearsal Rag’ llegó a decir: «No escribí esa canción, la sufrí».

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