Xabier Bañuelos

Goblin Valley, el jardín de los gnomos gigantes

Parece ideado por un vástago de Lewis Carroll con Pamela Lyndon Travers, porque solo del cruce entre ‘Alicia en el País de las maravillas’ y ‘Mary Poppins’ puede concebirse un paisaje semejante. Y es que la geología supera a la ficción creando lugares extraños donde los enanos somos nosotros.

The Three sisters.
The Three sisters.

La pareja se besa fundida literalmente en un abrazo a la vista del mundo sin sentir el más mínimo rubor. Es un beso casi eterno que durará hasta que lo diluyan los vientos y las aguas, un beso apasionado fuera del tiempo, incitado por una naturaleza caprichosa que juega a saltarse las normas. Al principio, resulta fresco tal descaro en el mormón y siempre conservador estado de Utah, pero pronto se convierte en una visión turbadora cuando recordamos las palabras del Génesis, capítulo 19 versículo 26: «Entonces la mujer de Lot miró atrás, a espaldas de él, y se volvió estatua de sal». En medio de este desierto nunca hubo Sodoma ni Gomorra a las que mirar, la pareja se contemplaba entre sí y sus labios fueron el pecado que la convirtió en piedra.

Esta puede ser una de tantas historias que nuestra imaginación guste de inventar en medio de un paisaje quimérico como el de Goblin Valley. Pero no es necesario ponerse grave. Muy al contrario, todo en él resulta más simpático que dramático e invita a navegar entre sueños amables que nos envuelven en la inocencia y la aventura ingenua de un cuento infantil. Porque en medio de la dureza del desierto de San Rafael, en el condado de Wayne, hundido entre estratos sedimentarios, surge de la nada un mundo irreal donde sumergirse sin la escafandra de la rutina y los convencionalismos. La geología ha querido aquí crear los decorados de una película de fantasía donde recrear ilusiones en una pantalla en tres dimensiones.

Fábula geológica

La extensa piel de los Estados Unidos es un constante descubrir de rincones sorprendentes, de una variedad que roza el delirio y no pocas veces la extravagancia. Pero es muy común no percatarnos de su existencia ante la contundencia incontestable de los grandes parques nacionales. Goblin Valley es uno de estos rincones, un parque estatal a la sombra de Arches, Canyonlands, Capitol Reef y el Grand Staircase-Escalante National Monument. Es fácil pasarlo de largo, gran error, porque, cuando llegamos, comprobamos que brilla con luz propia.

El parque es pequeño, de apenas 5’2 km2 de extensión, pero despertará inmediatamente nuestros sentidos demostrando que la geología puede ser divertida, muy divertida. El nombre “Goblin” le viene de las curiosas formaciones que llenan el espacio. Son cientos de pináculos de formas suaves y perfiles redondeados que surgen del suelo sugiriendo todo tipo de interpretaciones con sus variadas formas. No son muy altas, entre 50 cm y tres o cuatro metros, por lo que la incorregible inventiva popular vio en ellos una legión de… goblins. Es el nombre anglosajón de un personaje bastante extendido en el folklore europeo, un tipo de duende verde y grotesco, con rasgos demoníacos y poderes sobrenaturales que puede ser un malvado eriking, o un bondadoso hobgoblin, dependiendo de su carácter.

Sin duda, es un pequeño paraíso para los fanáticos de “Dungeons & Dragons”. Tampoco faltará quien rebuscará hasta encontrar al maloso villano verde de “Spider-man” y, por supuesto, al díscolo Griphook de Harry Potter para comprobar si, finalmente, se quedó con la espada de Godric Griffinfor cuando esta desapareció sin que Voldemort pudiera hacerse con ella. Aunque en realidad, como ya hemos dicho, Goblin Valley es demasiado encantador como para pensar en maldades. Cuando Arthur Chefflin regresó a él en 1949 tras haberlo descubierto en 1920, lo bautizó como Mushroom Valley. Tras días hartándose a hacer fotos, las dio a conocer popularizando el lugar que no dejó de atraer visitantes. Tal afluencia recomendaba su protección, propuesta en 1954 y hecha efectiva en 1964. Es por aquel entonces cuando las setas se trasmutaron en duendes. Nosotros, como Cheffin, preferimos los hongos a los trasgos aunque sea una visión más edulcorada.

Los pináculos, abundantes y de matices muy diversos, se coronan por protuberancias en equilibrio comprometido, y forman huecos, y arcos, componiendo un jardín de champiñones pétreos para gnomos gigantes que se esconden, sin ser vistos, bajo sus sombrillas. Pero este espejismo de irrealidad tiene su explicación científica. Técnicamente, este tipo de pináculos se denominan hoodoos, chimeneas de hadas o señoritas con tocado. Se trata de columnas naturales que han sufrido una erosión diferencial al estar la base compuesta por rocas más frágiles que las de las cumbreras. Hace unos 170 millones de años hubo aquí un mar interior. La erosión del debris (escombros) de las tierras más altas fue depositando en él capas alternas de arenisca, limolita y esquisto distribuidas por las mareas. Con la desaparición del mar, la erosión comenzó en el antiguo lecho afectando de manera desigual a la roca más dura y a la más débil, creando columnas con formas redondeadas que para unos son goblins y para otros mushrooms.

Tres en uno más cinco

Aunque el valley del nombre vaya en singular, en realidad son tres los valles. Son consecutivos de norte a sur y todos repletos de pináculos. Bajo el parking y el mirador, está el primero. Alargado y llano, sus incontables hoodoos son rechonchos y de formas retorcidas, burlonas, a veces sátiras y a veces de una suavidad rayana en la candidez. En el segundo las columnas se estilizan y se alargan adquiriendo una talla mayor y más seria, creciendo según van alineándose en torno a las paredes del cañón. El tercero, el más grande, tiene unos contornos más irregulares y está formado por varios pequeños cañones en torno a un eje central. Los hoodoos aquí son también variados pero quizás lo más atractivo sea que, al estar más alejado, es también más solitario.

Además de los tres valles, el parque nos ofrece una red de cinco senderos que complementan a la perfección el recorrido. El más sencillo es el conocido como Curtis Bench. Son 5 km que nos van a ofrecer unas vistas espectaculares sobre las cercanas montañas Henry, cuyas cumbres nevadas llegan a superar los 3.000 msnm y en cuyas laderas aún resisten tres centenares de bisontes americanos. Parte desde la zona de acampada, como el siguiente de los itinerarios, el Entrada Canyon. Tampoco es muy largo, son 5 km, y llega hasta los valles siguiendo el drenaje natural del agua que se acumula en periodos de lluvias. Es un recorrido entre surcos y meandros excavados por el líquido elemento que nos descubre curiosas figuras labradas en la arenisca.

Los dos siguientes recorridos son un poco más complicados. El primero de ellos, Carmel Canyon, aún ofrece pocas dificultades. Son 3 kilómetros de circuito circular que parte del aparcamiento. Discurre por la parte superior y lo más interesante es que permite ver el valle desde perspectivas diversas y acceder al mirador sobre el original butte bautizado como Molly’s Castle, una colina-isla de laderas verticales y cumbre llana coronada por incipientes goblins. Desde el camino se ve la formación de The Three Sisters y en días claros pueden incluso avistarse al este las lejanas montañas La Sal, ya en Colorado junto su frontera con Utah.

El segundo requiere algo más de esfuerzo. Es una extensión del anterior de algo más de 5 km y el objetivo es alcanzar Goblin’s Lair, la Guarida del duende. Al llegar, parece una caverna que entra en la pared del barranco, pero no lo es. En realidad, se trata de un cañón, un slot canyon. Es una formación geológica muy abundante en estas geografías que se caracteriza por su extrema estrechez, de ahí su nombre genérico que significa algo así como “cañón ranura”. Su apariencia de cueva viene porque un desprendimiento selló una de sus entradas. Como todos los slot canyon, la erosión forma intrincados pasos y figuras siseantes que juegan con las luces y las sombras que descienden desde rendijas situadas algunas a más de 30 m de altura. Y no nos podemos ir sin acercarnos a las ya mencionadas The Three Sisters, a apenas a 225 metros del aparcamiento, la tríada de hoodoos que compone la imagen más icónica de Goblin Valley.