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Trinidad, la ciudad de los mil colores

Aseguran quienes la conocen que la mejor forma de conocer Trinidad es callejear sobre sus adoquines, entre sus fachadas de colores, y dejarse guiar por el instinto y por el ambiente cubano que se respira en cada esquina.

Un coche aparcado frente a las casas coloreadas de Trinidad.

Caminar por sus calles adoquinadas y entre sus casas de color pastel, sentarse al atardecer en las escalinatas cercanas a la Plaza Mayor con un canchánchara en la mano, visitar lo que queda de las grandes plantaciones azucareras en la sierra del Escambray, dejarse impresionar con el Salto de Caburni, relajarse en la playa de Ancón, contemplar una de las arquitecturas mejor conservadas de Cuba, de una de sus ciudades más cautivadoras. Trinidad, a apenas trescientos kilómetros de La Habana, es mucho más que una simple parada obligada en cualquier ruta cubana.

Quien siga el consejo de callejear sin rumbo fijo seguramente se adentrará, casi sin darse cuenta, en su casco histórico, salpicado de pequeñas plazas, iglesias y llamativas casas coloniales pintadas de mil colores pastel, todo ello a ritmo de son cubano. Su centro neurálgico es la Plaza Mayor, que recibe al visitante a la sombra de sus palmas reales. Dicen que es una de las plazas cubanas que mejor ha sabido conservar su autenticidad. Por eso fue declarada Patrimonio de la Humanidad. Y por eso cautiva de forma tan especial.

Además, alrededor de la plaza se ubican los lugares más significativos de la ciudad, entre ellos la Iglesia de la Santísima Trinidad –una catedral del siglo XIX con techo abovedado y altar tallado– y, a su lado, el campanario del antiguo convento de San Francisco de Asís, que despunta hacia el cielo ajeno al ambiente que se respira en las escalinatas de la plaza. Allá se ubica la Casa de la Trova, a donde se acercan quienes quieren disfrutar de la auténtica música tradicional cubana.

También se encuentran en el corazón del casco histórico el Museo de Arquitectura Colonial, conocido como la Casa Azul, que reproduce la época de la producción azucarera, y el Museo Romántico, un antiguo palacio restaurado considerado hoy una joya de la arquitectura trinitaria. Alberga en su interior una sala que intenta evocar el ambiente de las residencias trinitarias de los siglos XVIII y XIX. Una vez allá, no estaría mal subir a la azotea del Museo Histórico Municipal o Palacio Cantero para disfrutar relajadamente de una de las mejores vistas panorámicas de Trinidad. Desde su torre se ve el mar.

Cachánchara al son cubano

Y, llegado el atardecer, eso sí, hay que despedir la jornada desde las escalinatas de la Casa de la Música, con un mojito, un daiquirí o una cachánchara en la mano. Música y ambiente, cubanos y conversaciones. Más de uno preguntará qué es la cachánchara y le responderán que es la bebida estrella del lugar. Elaborada con aguardiente de caña, miel de abejas y zumo de limón, aseguran los cubanos que esta bebida tan especial tonifica el espíritu de quienes lo prueban. Muchos, sin embargo, prefieren no repetir...

Una buena opción para mitigar la resaca provocada por la cachánchara podría ser acercarse al día siguiente a la Playa Ancón, ubicada a tan solo doce kilómetros de Trinidad, donde se puede practicar el buceo. O al Valle de los Ingenios, también declarado Patrimonio de la Humanidad. Esta enorme plantación, que ofrece paisajes impresionantes de la sierra del Escambray, debe su nombre a que durante la época dorada de la industria azucarera acogía numerosos ingenios –fábricas de azúcar–, algunos de ellos reconvertidos hoy en restaurantes. Actualmente, un tren recorre la antigua plantación y recala, entre otras, en la hacienda Manaca Iznaga, con una torre de 45 metros desde donde se divisan grandes extensiones de terreno. Se conoce como la torre de Pisa de Cuba, por su ligera inclinación.

Salto de Caburni, una despedida curiosa

Otra opción para prolongar la visita a Trinidad podría ser recalar en el Parque Natural de la Cascadas del Nicho, una reserva del Parque Natural Topes de Collantes, localizada entre Trinidad y Cienfuegos, que invita a caminar durante dos kilómetros por un sendero salpicado de cascadas, pozas, cuevas y saltos de agua, entre los que destaca el conocido como Salto del Caburní, de 62 metros de altura. Sin duda, una curiosa forma de despedirse de Trinidad.