Beñat Zaldua • Fotografías: Siddharth Kara
COBALTO, LOS LÍMITES DE LA TRANSICIÓN ENERGÉTICA

Allí donde acaba el futuro

La transición energética y la apuesta por el vehículo eléctrico, en particular, han disparado la demanda de cobalto, una materia prima imprescindible para las baterías eléctricas. Las mayores reservas están en el Congo, donde se extrae en condiciones dantescas, dentro de un sistema corrupto que permite incorporar a la cadena de suministro global cobalto extraído mediante mano de obra infantil y trabajo forzado. Tras varios viajes al país, el investigador Siddharth Kara ha radiografiado esta industria en el libro ‘‘Cobalto rojo’’.

Se puede conocer el estado de la economía mundial con solo sentarse a mitad de camino entre Likasi y Kolwezi y observar cuántos camiones llenos de cátodos de cobre y concentrado de cobalto pasan». Un empresario explicó así a Siddharth Kara, investigador y activista contra la esclavitud moderna, cómo tomar el pulso al mundo observando una simple carretera del Congo. Lo explica en el libro “Cobalto Rojo”, un robusto trabajo lleno de testimonios demoledores de primera mano sobre la industria de este mineral -crítico para la transición energética- cuya extracción no tiene nada de verde ni de sostenible.

Siguiendo la carretera que une Lubumbashi y Kolwezi, en las regiones mineras sudorientales del Alto Katanga y Lualaba, Kara pone en solfa la salida propuesta por el capitalismo a la crisis ecosocial, cuestionando la posibilidad de mantener el actual sistema de producción y consumo cambiando, simplemente, la energía fósil por renovable. Para seguirle en el viaje vamos a necesitar un poco de contexto, otro poco de historia, algo de perspicacia y cierta dosis de humanidad. Nos van a ayudar los testimonios de Franck, Gloire, Josué y Priscille, protagonistas involuntarios de una triste historia de trabajo infantil, trabajo forzado y esclavitud moderna.

CONTEXTO ELÉCTRICO

El escenario general lo ofrece el smartphone que llevas en el bolsillo o en el que quizá estés leyendo estas líneas. O más bien, su batería, que no has tenido que cargar desde ayer pese a haberlo consultado cada cinco o diez minutos. Cada vez duran más, ¿cierto? El contexto lo pone también, y sobre todo, una transición energética basada en la electrificación, en sentido amplio, y en la apuesta por el coche eléctrico, más concretamente.

Uno de sus principales handicaps, además del precio, es la autonomía; la capacidad de hacer kilómetros sin tener que parar a recargar. Hace ya algunos años que la solución más empleada, por la combinación de alta densidad energética y óptima estabilidad térmica que ofrece, son las baterías de iones de litio con cátodos de cobalto. Esto ha disparado en los últimos años la demanda de estas dos materias primas, porque la batería de un coche requiere hasta diez kilos de cobalto refinado -en pos de la justa atribución de responsabilidades, un automóvil necesita mil veces más cobalto que un smartphone-. En cifras, el Banco Mundial prevé que la demanda de esta materia prima aumente un 500% entre 2018 y 2050.

 

La heterogenita (el mineral del que se extrae el cobalto) se lava, se carga en sacos y se lleva a los puestos de venta, donde tienen un precio fijado. En todo el proceso se emplea mano de obra infantil.
EN EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS

El 72% del cobalto extraído en 2021 provino del Congo, uno de los países más pobres del mundo y, quizá, el más desdichado de ellos. Visitar la historia del país es adentrarse en el horror, allí donde Joseph Conrad encontró el corazón de las tinieblas -el libro que inspiró ‘‘Apocalipse Now’’- y donde el irlandés Roger Casement, cónsul británico en el país, clamó al cielo por las «accionas vergonzosas e infames llevadas a cabo por el hombre para aprovecharse de sus semejantes».

Ambos conocieron el Estado Libre del Congo, una «gran y atroz mentira en acción», según escribió Conrad a Casement. Ese fue el nombre que el rey belga Leopoldo II dio a la colonia privada que instauró en el Congo entre 1885 y 1908. Para entonces, europeos y árabes llevaban ya cuatro siglos robando esclavos, desde que el portugués Diogo Cao llegase a la desembocadura del gran río Congo en 1482. Se calcula que una cuarta parte de los 12,5 millones de esclavos embarcados a EEUU partieron de la bahía de Loango.

Cuando Leopoldo II instauró su colonia privada, el comercio de esclavos estaba ya prohibido, pero la fortuna estaba lejos de sonreír al país. Primero fue el marfil, aunque la caza furtiva de elefantes en todo el continente hizo caer rápidamente su precio. Después, a John Boyd Dunlop se le ocurrió que el recién estrenado automóvil rodaría mejor con neumáticos de caucho llenos de aire que con ruedas de madera. Y se desató la fiebre que convirtió al Congo en la colonia más rentable de África.

La Force Publique de aquel coto privado secuestraba a esposas e hijos de hombres a los que exigía una cuota de savia de caucho por quincena. Si no cumplían, cortaban la mano, la nariz o la oreja de sus familiares. «Los belgas son peores que las siete plagas de Egipto», escribió Conrad a Casement. Murieron entre 5 y 10 millones de congoleños, según diferentes estimaciones, antes de que Leopoldo II se viese «obligado» a vender sus posesiones al Estado del que era rey, a cambio de una jugosa cuantía de dinero.

La explotación del aceite de palma (a partir de 1900), el cobre, el estaño, el zinc, la plata y el níquel para la industrialización (desde 1910), los diamantes y el oro, el uranio para la era nuclear (a partir de 1945), el tantalio y el wolframio para los microprocesadores (2000) y el cobalto para las baterías recargables (2012), desgrana Kara, escriben la crónica del expolio de un país cuyo único atisbo de esperanza llegó con la descolonización. «Ya no somos vuestros simios», le dijo Patrice Lubumba al rey Balduino el día de la independencia. La CIA y Bélgica, con la ayuda de la ONU, en uno de sus más vergonzosos episodios, lo mataron en 1961. Disolvieron su cuerpo en ácido sulfúrico y solo dejaron un diente.

Dos niños mineros y uno de los túneles, escenario habitual de derrumbes y colapsos.

Le siguió el reinado totalitario de Joseph Mobutu y la dinastía de los Kabila, Laurent (padre) y Joseph (hijo), que abrió las puertas a las empresas chinas que hoy dominan la mayoría de minas de cobalto. Felix Tshisekedi, más proclive a entenderse con los occidentales, gobierna el país desde 2019.

LA CEREMONIA DE LA CONFUSIÓN

Tenemos el contexto y la historia. Nos falta el sistema, basado en una ceremonia de la confusión, no demasiado elaborada, que permite incorporar a las cadenas de suministro global cobalto procedente de mano de obra infantil y trabajo forzado. En primer lugar, cabe explicar que suele distinguirse entre la minería industrial, desarrollada con maquinaria pesada por grandes empresas mineras -son sobre todo chinas, pero también hay gigantes multinacionales como Glencore-, y la minería artesanal, a cargo de decenas de miles de personas que con pico y pala se acercan a un yacimiento con el objetivo de ganar entre uno y dos dólares al día. La primera se supone que se desarrolla de forma regulada, sostenible y trazable; en la segunda reina el caos, la violencia y la pura supervivencia.

En segundo lugar, conviene explicar que, en contra quizá de la primera intuición, la minería artesanal es bastante más eficiente que la industrial y obtiene cobalto de mejor ley. «La minería industrial es como hacer cirugía con una pala; la minería artesanal es como hacerla con un bisturí», explica Kara.

En el libro, Franck y su hijo Gloire, de 14 años, le explican cómo funciona el sistema. Gloire empezó a excavar junto a su padre de forma ilegal en una explotación de Tenke Fungurume Mining (TFM) a los once años, cuando su familia ya no pudo pagar los seis dólares mensuales de la escuela. «Vamos a la explotación por la noche. Pagamos a los guardias y nos dejan excavar en los pozos (…). Llenamos los sacos con estas piedras. Son muy pesadas, así que las colocamos en una bicicleta para transportarlas». Kara pregunta a continuación qué hacen con la heterogenita -el mineral del que se extrae el cobalto-. «La vendemos a los puestos de venta de Fungurume». «¿Qué hacen con ella?», repregunta el investigador. Franck y Gloire responden: «Se la llevan a TFM».

Kara describe en el libro una miríada de puestos de compra desparramados a lo largo de la carretera, donde los mineros artesanales venden el fruto de su trabajo a precios fijados por los compradores -a veces soldados, otras veces milicias, y muchas veces comerciantes chinos-, que a su vez revenden ese material a las grandes empresas con explotaciones mineras industriales. La mayoría de esa materia prima sale rápidamente del Congo, porque en el país clave para desarrollar baterías eléctricas no hay suficiente capacidad eléctrica para refinar el cobalto.

El investigador, además, no encuentra sobre el terreno ni rastro de las iniciativas de trazabilidad con las que las grandes empresas tecnológicas tratan de asegurar que su cobalto está extraído en condiciones humana y medioambientalmente sostenibles. No hay un solo productor de baterías que trabaje con material proveniente del Congo, asegura, que pueda garantizar que su cobalto esté libre de la mano de obra infantil y el trabajo forzado.

EL HORROR A CIELO ABIERTO, EL INFIERNO BAJO UN TÚNEL

Una noche de agosto de 2018, Franck y Gloire acudieron a la explotación de TFM como cada día, a un pozo a cielo abierto que los mineros artesanales llevaban semanas excavando. De repente, una pared se desmoronó y seis mineros quedaron sepultados, entre ellos Gloire. Lo lograron rescatar, pero al precio de una pierna triturada para siempre. Pasó de sustento de su familia a carga. «Ahora llevo a mi otro hijo a cavar conmigo», explica Franck. «¿Te da miedo que tú o él podáis resultar heridos como Gloire?», pregunta Kara. «Sí, claro, pero si no cavamos, no comemos».

Los de Franck y Gloire solo son dos de los numerosos testimonios que el investigador recoge en el libro, fruto de varias estancias en el país africano. Casos de trabajo infantil, trabajo forzado, explotación sexual de mineras y sistemas de servidumbre por deudas -esclavitud, al fin y al cabo-, junto a las enfermedades producidas por la contaminación y sus consecuencias medioambientales, jalonan el desgarrador relato de Kara, en el que se dan por diarias e incontables las muertes en los túneles de lugares como Kasulo. Se trata de un distópico barrio de Kolwezi situado encima de uno de los principales yacimientos de cobalto, del que salen algunos de los testimonios más estremecedores. «Trabajamos en nuestras tumbas», explica Josué.

Minas de cobre y cobalto a cielo abierto son parte del paisaje habitual en las provincias de Alto Katanga y Lualaba.

Lo peor de todo, asegura Kara, es que es un sufrimiento evitable, pero a nadie en toda la cadena de suministro le interesa mejorar las condiciones de un eslabón clave para lograr una transición energética a precios asequibles. Es que el coche eléctrico es todavía demasiado caro para sustituir al motor de combustión interna, se sigue diciendo. La ironía más hiriente, quizá, es que esta vez el Congo se desangra en nombre de una buena causa: la lucha contra el cambio climático.

Pero si el futuro pasa por el cobalto, el futuro muere en el Congo, donde una minera artesanal llamada Priscille explica en el libro que gana 0,80 dólares por cada saco de 50 kilos que logra llenar. Perdió a su marido por una enfermedad respiratoria vinculada al trabajo en la mina. Habían intentado tener hijos, pero Priscille abortó dos veces: «Doy gracias a Dios por haberse llevado a mis bebés. Aquí es mejor no haber nacido».