Igor Fernández
PSICOLOGÍA

Cuéntame un cuento

(Getty)

Nos encanta que nos cuenten cuentos. Las historias bien contadas, esas que nos permiten transitar por las motivaciones de un personaje, los obstáculos para lograr sus objetivos y las sensaciones que todo ese trayecto le genera, nos hacen vibrar casi como si nos pasaran a nosotros, a nosotras. A partir de las historias que nos cuentan -dentro y fuera de la ficción-, aprendemos algo del mundo, de las relaciones o de lo que nos pasa por dentro; gracias a ellas nos acordamos de los aspectos relevantes para la vida y las usamos también para hacérselos llegar a los siguientes. Las historias han sido, son y serán un vehículo esencial de información inherente a cómo opera nuestra mente y nuestra sociedad.

Y, por esa razón, los relatos también nos tienen a nosotros mismos, a nosotras mismas como público fervoroso. Así como los relatos crean un discurso de opinión de las cosas que suceden en el mundo, también los relatos de nuestra propia historia (lo que recordamos y, en particular, lo que nos repetimos) se pueden convertir en un discurso estable sobre lo que sucede en nuestro mundo, en el individual. En ese discurso, nuestro ‘personaje’ actúa de determinadas maneras de entre una variedad enorme de posibilidades debido a lo que le ha sucedido, lo cual, como en la mayoría de las historias, le predispone a un ‘destino’, a un desenlace. Y es que el posible aburrimiento o incluso malestar que puede generarnos sentir que la rutina nos ha colocado finalmente donde no queríamos estar, es producto, en parte, de haber dejado de contarnos historias, o de contarnos siempre la misma.

Corremos el riesgo de perder la imaginación a medida que los años pasan y las supuestas obligaciones uniformizan nuestros anhelos y, cuando perdemos la imaginación, perdemos en parte la libertad de crear nuestro futuro fuera de nuestras inercias, provocadas por nuestras heridas, nuestros legados o nuestras expectativas. Lo bueno de las historias es que siempre están ahí, para posibilitarnos ir a un nuevo destino y también para confrontarnos, para incomodarnos lo suficiente como para movernos a un nuevo lugar. «¿Quién sería yo si dedicara más tiempo a esta faceta de mí que había relegado a un deseo frustrado?», «¿Cómo cambiaría mi relación con tal persona si me atreviera a decir lo que decidí que no merecía la pena decir? ¿O si al menos revisara mi decisión», «¿Sigo teniendo miedo a lo que tenía miedo cuando escribí aquel relato sobre mi incapacidad?»,«¿Quiero que mi vida esté ya escrita?», «¿Qué no quiero dejar de hacer si mañana todo cambia?»…

Según el modelo transteórico del cambio de Prochaska y Diclemente, una de las fases hacia el cambio definitivo de una conducta o actitud es la de “contemplación”, en la que no hemos tomado acción aún pero ya no podemos mirar hacia otro lado y empezamos a imaginarnos en otro lugar. Ese es el momento de coger ese ‘bolígrafo’ y empezar a escribir.