Jone Buruzko
IRUDITAN

Un baño para tapar la radiactividad

(Gianni Ferrari-Cover Getty Images)

Tal día como hoy, un 8 de marzo de 1966, el ministro español de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, se bañaba en la playa de Quitapellejos (Palomares), acompañado del embajador estadounidense, Angier Biddle Duke, para con ese gesto intentar desmentir el temor de los entonces 700 habitantes de ese pueblo de Almería por la radiactividad de una bomba estadounidense perdida en el mar. Todo empezó con un accidente aéreo ocurrido dos meses antes, la colisión de un B-52 y un KC-135 durante una de las operaciones rutinarias de repostaje de la Fuerza Aérea de Estados Unidos (USAF). Entre ambas aeronaves sumaban once tripulantes, sobrevivieron cuatro, pero a bordo también llevaban cuatro bombas termonucleares de 1,1 megatones cada una, que medían 2,44 metros de largo por 0,51 de ancho y pesaban 1.052 kg. Estas bombas, que se desprendieron con el choque, eran incluso más destructivas que las que asolaron Hiroshima y Nagasaki. Dos de ellas quedaron intactas, una en tierra, y la otra sumergida en el Mediterráneo y recuperada un mes después de este baño. Las otras dos cayeron sin paracaídas y, aunque no explotaron, se rompieron en pedazos expandiendo polvo radiactivo de plutonio por Palomares. El lugar se llenó de soldados americanos que luego se fueron, llevándose cerca de 5.000 bidones de residuos de tierra y cultivos afectados por la radiación, pero sin limpiar la totalidad de las tierras contaminadas, mientras los palomareños se sometían a análisis constantes y afrontaban el miedo y el estigma. Hoy se cumplen 60 años de aquel baño, una operación propagandística en pleno régimen franquista, mientras en esa pedanía de Almería, que ha alcanzado los 2.000 habitantes, aún están pidiendo descontaminar esas parcelas de isótopos de plutonio y americios. En esta imagen, Fraga, a la izquierda, se ríe y el embajador sonríe, aunque ese baño ante las cámaras no tenga ninguna gracia.