Un gesto vale más que mil palabras
Cincuenta años acumula el escocés Peter Roberts ejerciendo como profesional del mimo desde Donostia. Aquel joven viajero que cayó por tierras vascas se convirtió en embajador de la vieja disciplina del gesto, la mirada y la postura, en silencio. Abuelo y sin intención de jubilarse, presenta en los últimos años un trabajo de concienciación sobre el alcoholismo entre jóvenes.

Se supone que antes de la palabra hablada y a la vez que con gruñidos, la humanidad se comunicó por miradas, gestos o posturas. Esas imitaciones que hoy se llaman mímesis debieron servir para socializar la convivencia y evolucionaron a juego y espectáculo.
Milenios antes de Cristo, en Egipto y el Antiguo Oriente existieron el mimo y la farsa. Y como una sustancial parte del acerbo cultural occidental viene de Atenas y cercanías, “mimos” significaría, en viejo griego, imitador o actuante.
Aquellas simulaciones se combinaban con el habla, la canción o la expresión física.
Después vendrían la farsa romana y la pantomima como tal, separando la voz del gesto. Juglares y bufones ambulantes, o la italiana Commedia dell'Arte, mantendrían su supervivencia a través del tiempo. En el siglo XIX surgió en el Estado francés un influyente mimo moderno de cara blanqueada, popularizado por Jean-Gaspard Deburau y su personaje Pierrot, continuado por su hijo Jean-Charles, y ya en el siglo XX, por Étienne Decroux o Marcel Marceau, entre otros.
De más allá del Atlántico y a través del cinematógrafo llegarían Buster Keaton o Charles Chaplin. Y entre otras influencias foráneas están el antiguo teatro japonés Kabuki o la Ópera Nacional China.
VAMOS A CONTAR MENTIRAS
A esas tradiciones se fue sumando sin saberlo el chaval Peter Roberts, nacido en 1952 en Watford, cerca de Londres, de familia escocesa emigrante que regresó luego a Edimburgo. Profuso en rememorar detalles y fechas, Peter recuerda momentos teatrales muy personales cuando de niño su muy seria madre le reñía, él la imitaba y se ganaba un tortazo. Entonces se encerraba “durante horas” ante el espejo del baño, remedándola en plan cómico, todo un aprendizaje mímico.
En la escuela le fascinaba ver actuar a un alumno mayor. Y rememora algún episodio más peculiar, como cuando a los nueve años vio en la parada del bus a un chaval con un cómic en el que 1961 se leía igual de arriba a abajo. Entendió entonces lo complejo del oficio de linotipista de su padre en el periódico “The Scotsman”: podía leer los plomos de los moldes al revés y cree que esas habilidades le dejaron huella. Participó en sesiones de teatro juvenil y fue descubriendo que el escenario podía transformar la realidad.

A caballo entre Escocia e Inglaterra, el salto mayor fue su estancia familiar en Lagos, Nigeria, donde vivió exóticas experiencias como la de un chamán “bailando” con un gorila. Pero, al relatarlas, de regreso a casa, la gente le tildaba de embustero y empezó a entender que «la mentira y la verdad no se diferencian, según quién y cómo la cuenta. De hecho, el teatro es contar mentiras o verdades exageradas».
ESCOCÉS ERRANTE
Muy móvil fue siempre la existencia de Roberts, que a finales de los sesenta estuvo a punto de enrolarse en la RAF, el Ejército británico del Aire, para operador especial de radio. Pero en su vida se cruzó otra aventura muy diferente: su prima norteamericana Jenny, que se asfixiaba en la urbe escocesa, planeaba escaparse en auto stop hasta el sur andaluz.
Desechó Peter sus fantasías de espía militar y se echó la mochila a la espalda, vestido con una falda escocesa que creía le ayudaría a parar vehículos amigos. La pareja llegó hasta Andalucía, donde Roberts vivió durante meses en un apartamento de soldados yanquis destinados en la base gaditana de Rota. Saltó a Grecia y sus islas, donde residió en un pequeño pueblo, fabricando bisutería. De vuelta a Escocia, y entre ocupaciones varias, cambió el oficio de joyero a “hoyero”, haciendo agujeros en el campo para una compañía sismográfica.
Con aquel sueldo ahorró para visitar Donostia, ciudad que alguien le había recomendado. En 1975, la bella Easo debía de ser ya cara porque a Peter se le agotó el dinero y tuvo que buscarse la vida dando clases en el Colegio Inglés. Enseñaba lengua y arte, este último con el libro “Expresión práctica”, en el que los niños debían colorear las herramientas de dos mecánicos.

Una disciplina tan “nefasta” que Peter decidió enriquecerla con “arte de verdad” en el que se incluía el teatro. Como no había presupuesto, ahorró atrezo haciendo mimo, la chavalería interactuó en sus representaciones y Vicky, psicóloga del centro, lo encontró estupendo. «Con el estímulo de aquel cumplido», decidió apostar por la pantomima y también por la psicóloga. De un amor ha cosechado una larga vida en común, con un hijo y dos nietas. Del otro, todo un personal recorrido artístico. «Algo doblemente perdurable que, de momento, acumula medio siglo», subraya.
EL ARTE DEL SILENCIO
Rastreando en la historia del mimo vasco, Igón Lerchundi (1934-2019) sería su pionero más destacado. No está claro su lugar de nacimiento en la Euskal Herria peninsular, y su familia republicana huyó a Biarritz en la Guerra del 36. Vivió en París, donde se formó con Decroux o Marceau. Acabó siendo un destacado creador, especializado en mimo y danza, y se asentó en Buenos Aires desde donde, junto a Roberto Escobar, organizó la Compañía Argentina de Mimos y la Escuela de Mimo Teatro, núcleos mayores de la pantomima suramericana.
Peter Roberts se convertiría años después en pionero del género al lado sur de la muga vasca. Asumió con entusiasmo la interrogante de si se puede comunicar sin palabras y abrazó el lenguaje universal de la comunicación más allá del gesto. «Encontré mi camino, convencido de que un gesto puede cruzar cualquier frontera y emocionar a cualquier persona, sin necesidad de traducción».
Su arranque en el género contó con el arrope del grupo Barro, que realizaba actuaciones callejeras en Alde Zaharra de Donostia, en la campaña contra la central nuclear de Lemoiz. Unas actividades en las que el nórdico ya actuaba y enseñaba en clave de gesto silencioso. Además de las experiencias sensoriales que almacenó desde chaval, reconoce que estaba muy influido por el cine mudo y Chaplin.
Aprovechando el alojamiento en casas de sus cuñados en Madrid, buceó en la mímica recibiendo enseñanzas del especialista belga Frederick Van Melle. Allí comprobó que lo más importante era «aprender lo que era mi mimo, no el suyo, cómo hacer las clases, cómo hacerlo del modo más didáctico. Y el aprendizaje de verdad fue cuando yo di cursos».
«MARRATXO»
Poca influencia había dejado el precursor Lerchundi y la pantomima vasca era escasa en los años ochenta. «No sé bien si fui un pionero pero, cuando empecé, aquí no había mimos». ¿Cómo ha evolucionado la escena desde aquellos movimientos de hace medio siglo? Roberts recuerda sus contactos y colaboraciones a través del tiempo con diferentes agrupaciones teatrales: la cooperativa Cuatro y el grupo Markeliñe, en Bizkaia, Tok y Legaleón Teatro en Irun o el artista bilbotarra Gotzon Mujika. Por entonces, Imanol Gereka, de Getaria, fue varias veces campeón estatal de mimo. Y en Bilbo existió durante años la popular Lucía Moreno, “La mimo de la Gran Vía”, fallecida en 2022.

Peter recuerda la gráfica anécdota de que, buscando fuentes bibliográficas, entró en una librería donostiarra y, al pedir algo sobre mimo, el vendedor no le entendió. Le aclaró que quería algo sobre mímica y el dependiente respondió satisfecho que sí tenía obras de Química.
Su andadura escénica arrancó en el campo infantil con obras que compaginaban mimo y palabras y con personajes como Puflo, que pasaba la gorra en el metro. Fue atreviéndose con el euskara en la representación “Marratxo”, el «duende viajero de los colores». La realizaba en comandita con Josu Etxebeste, que pertenecía al mentado grupo Tok.
Personificaban hasta una docena de personajes, como viejo zapatero, dormilón perezoso, músico engreído al que se le olvidan las cosas, la madura y ordenada tía Purpuriña, animales del bosque… Y recita feliz aquellas primeras frases en euskara del duende vestido a rayas: «Ba al dakizu nor naizen ni? Hain beste marrarekin, Marratxo naiz». Un «trabajo fantástico por todo Euskadi».
Su ámbito profesional se abrió al cine, TV o publicidad y en 1979 organizó su propia compañía, El Taller de Mimo. En 1981 nació su hijo Ian y por aquella época recopiló apuntes y experiencias de trabajo para redactar el tratado “Mimo, el arte del silencio”, editado por Ttarttalo en 1983. Una iniciativa que reforzó el lado pedagógico de su actividad, que fue adquiriendo un nivel de colaboración institucional con actuaciones y talleres con el Gobierno de Lakua, el Ministerio español de Educación y Ciencias, British Council Institute, ayuntamientos o escuelas. Peter y su libro se fueron convirtiendo en punto de referencia para gentes de la farándula o profesores de escuela.

EL BOTELLÓN INVISIBLE
En los ochenta incluía ya en sus espectáculos un número sobre alguien encerrado en una botella y, durante una convalecencia por un accidente de tráfico, acabó ideando “Mimo alcohol”. Una experiencia piloto de varios sketches sobre la dependencia de la bebida entre jóvenes.
La propuesta resultó «una forma genial de comunicación» y se convirtió en el proyecto Mimarte, bajo el título de “El botellón invisible”. Desde 2002, Roberts ha realizado 1.175 representaciones en centros educativos de ESO, Bachillerato y Formación Profesional, con la participación de más de 66.000 estudiantes. La iniciativa compartida por jóvenes escolares como prevención del alcohol a través del mimo, el humor y la participación ha acumulado más de 37.000 evaluaciones personales con información documentada de cada participante.
Peter aclara que Mimarte no es una charla ni una clase magistral, sino una experiencia participativa que utiliza el teatro gestual y mimo, el silencio y el lenguaje corporal. Unas herramientas que dice conectan emocionalmente con los jóvenes, superando la desconfianza inicial. Una combinación de humor y magia que mantendría la atención y permitiría abordar un tema complejo sin generar rechazo, con la participación del alumnado que interviene en deferentes dinámicas y se convierte en parte de la acción.
IGNORANCIA PLURALISTA
Según el Plan Nacional estatal sobre Drogas de 2025, la edad media de inicio en el consumo de alcohol en el Estado español es de 13,9 años. Para Peter, esa franja de edad «es el momento en el que la presión de grupo empieza a funcionar, pero el consumo real es aún testimonial». El 74% de la gente encuestada por Mimarte dice que no bebe, un dato que a Roberts le parece real. Pero esa misma masa de estudiantes piensa que el porcentaje de no bebedores se queda en el 52%. Así que en ese casi 25% colgante está lo que él denomina «ignorancia pluralista».

El bulo sería que «todos beben», pero Peter concluye que «nuestros hijos beben menos de lo que creemos. Un adolescente de trece años no suele beber. La mayoría de los adolescentes no bebe, pero la mayoría cree que la mayoría bebe, que todos sus amigos beben». La pequeña mentira colectiva mostraría que la presión del grupo no es real, es imaginada. Esa distorsión sería la verdadera presión de grupo.
Así que el dato real debería ser tenido en cuenta cuando se diseñan campañas de prevención del alcohol que, según Roberts, pueden ser «bienintencionadas pero, a menudo, ineficaces porque no abordan el verdadero motor del consumo adolescente: la presión del grupo». E insiste en que existe gente que no quiere ir a encuentros con alcohol porque no bebe, pero no puede quedarse fuera del grupo y acaba yendo y bebiendo para no sentirse excluida.
DESACTIVAR LA MENTIRA
Se trata de una problemática muy contradictoria porque habitamos una sociedad que vive en una marea diaria de alcohol, la presión de ese hábito incide sobre la infancia y la juventud y es una referencia cultural. La presencia del alcohol parece obligatoria en muchos actos sociales, desde celebraciones familiares y convocatorias oficiales a las fiestas más populares. La importante industria de las marcas alcohólicas patrocina grandes eventos públicos. Peter recuerda que, en una de sus campañas de prevención por Alacant, le regalaron varias botellas de vino.
Así que defiende su trabajo porque cree que a través del humor y la imaginación conecta con la gente joven y al final de cada sesión les invita a reflexionar. «El alcohol no desaparecerá de las noches de los jóvenes, pero al menos podemos desactivar la mentira que lo alimenta. La presión de grupo no es real, es una ficción, y las ficciones, cuando se nombran, se desvanecen. No vamos a prohibir, lo importante es dar información para que la gente decida. Pero no con un slogan o la chapa de siempre, sino de modo que despierte atención y escucha a una edad joven en la que no hay aún hábitos de consumo».

PROFESIÓN DE HAMBRE
Cumplirá Peter setenta y cuatro años en noviembre y a la pregunta de cuál es su balance como teatrero responde con su particular sentido del humor. «El otro día estuve en el médico y me prohibió primero la carne y el pescado y después, las alubias y los garbanzos. Le pregunté angustiado qué tenía. Y me contestó que una pensión de mierda...».
Y más en serio: «No me puedo quejar porque he trabajado mucho y lo sigo haciendo en algo que me encanta, así que casi no lo puedo considerar como una obligación laboral». Ahora mismo tiene una ocupada agenda de actuaciones en centros escolares.
Pero, tras su maquillaje funambulero y justo cuando se anuncia en su barrio de Egia el cierre de La Farándula, único espacio escénico autónomo en Donostia, no oculta la realidad. Opina que el mimo es un sector con «muy poca vida, pero es que el teatro en general siempre ha estado en crisis, es la profesión en la que más morimos de hambre todos los meses. Pero se moldea y modifica, y ahí sigue».
VALOR RECOMPENSADO
Su lugar de emigrado adaptado a la realidad cultural vasca es también un interesante testimonio sobre su compromiso con el euskara y la presencia de la lengua en los escenarios. A comienzos de los ochenta se apuntó a uno de los primeros cursos para gente adulta del organismo oficial HABE. Lo terminó y salió feliz agitando lo que creía era un certificado de “EGA”, hasta que le aclararon que era una simple “Froga” de su paso por la institución euskaltzale.
«El euskara ha hecho un camino fantástico con tanta fuerza social. Es, además, una forma de juntar a la gente, de hacer unión en la idea de reforzar lo que es la nación. La mejor manera de hacerlo es la cultural y la forma máxima para crear esa cultura es su idioma».

Se impone la comparación con la situación lingüística de la lengua histórica de su propio país. «El gaélico tiene mucha extensión en Escocia, se habla en las islas, está en las grandes ciudades y en Edimburgo se usa cada vez más. Pero no ha cuajado, no tiene que ver con el proceso del euskara».
Ausente de Escocia durante la mayor parte de su vida, ¿conserva raíces propias con su tierra de origen? «Siempre me he sentido escocés por la llamada ‘ley de sangre’ y por mi educación cultural, al margen del lugar de mi nacimiento. Aparte de nuestro acento al hablar, la realidad histórica es que hemos estado constantemente enfrentados a los ingleses y eso lo vivimos desde pequeños. Es como si desde siempre hubieran estado aprovechándose de nosotros».
Tras los más problemáticos conflictos vasco y catalán, se da la paradoja de que Escocia ha podido ejercer su derecho legal a decidir y, aunque los números no dieron para la propuesta nacionalista, ¿podría alcanzar la independencia? «No sé muy bien qué está pasando, pero se está moviendo mucho el asunto de volver a Europa. Nunca se ha aceptado el Brexit. Pero no se ha llegado a una mayoría numérica en la votación por la independencia. Son ejemplos curiosos de diferentes identidades nacionales y en Euskadi el idioma es una parte muy clara de esa realidad».
El gran teatrero suele usar en sus comunicaciones el dicho “Virtutis gloria mercis” (“la gloria es la recompensa del valor”), lema del clan Robertson, oriundo de Gales, al que pertenece su estirpe. Gloria entonces al valor que este escocés tuvo para sacrificar su parlanchín impulso a contar historias y hacerlo con el silencio gestual de la pantomima.




