2015/08/30

Elogio al melón
TERESA MOLERES
44sorburua866

A demás de por sus propiedades refrescantes en verano, el melón resulta muy interesante porque es rico en vitaminas A y E, y un diurético suave, antioxidante y desintoxicante. Una cura de melón –desayuno con melón durante una semana– limpia y previene las manchas de la piel, una opción a probar ahora que estamos en su temporada.

Los melones, originarios de Asia, llegaron a los países ribereños del Mediterráneo siguiendo una ruta de tierras soleadas. Durante su viaje aprendieron a protegerse de enfermedades y depredadores, mientras creaban numerosas variedades con formas y sabores diversos.

El cultivo de este fruto necesita calor y luz. La siembra se realiza de febrero a abril cuando se hace en semillero y a partir de mayo, directamente en la tierra, que ya está caliente. Sin embargo, lo más sencillo es plantar cuando son plántulas en línea separadas a una distancia de 80 cm en una tierra enriquecida con compost. Regar con agua no demasiado fría.

En un mismo pie, los melones llevan flores masculinas y femeninas. Se cortan las flores masculinas para dejar solo las femeninas, que son las únicas que darán frutos. Luego, cuando los frutos tienen el volumen de una nuez, conservar solamente cuatro o seis por pie.

Con los melones casi maduros, hay que retirar algunas hojas para evitarles la sombra y que reciban el máximo de sol. Después, colocarlos encima de una teja o paja para aislarlos del suelo. Hay que recolectarlos cuando están bien maduros, algo que se nota porque las hojas comienzan a enrollarse y el pedúnculo presenta un ensanchamiento circular. Se recolectan a primera hora de la mañana, a continuación guardarlos en un lugar fresco y oscuro durante varios días hasta que alcancen todo su sabor azucarado.

Además de una tierra abrigada y soleada rica en compost, a los melones les gusta la vecindad de cebolla, puerros, acelgas, coles y vainas. Sin embargo, hay que evitarles la proximidad de sus familiares cucurbitáceas, como pepinos, sandías y calabazas. Detestan también la humedad en las hojas, que les provoca enfermedades como el oídium. Tampoco les gustan los suelos muy ácidos, ni su cultivo en el mismo lugar durante muchos años seguidos.