2015/11/01

Paisaje popular
IÑIGO GARCÍA ODIAGA
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Si hay una imagen que caracteriza la arquitectura popular, esa es la de la teja curva romana. La facilidad para encontrar la materia prima que la construye, su excelente comportamiento y la baja tecnología requerida para su fabricación popularizaron su uso a nivel mundial. Arcilla y un horno para cocer las piezas es todo lo que se necesita para producirlas en serie.

Para su buen funcionamiento, obliga a inclinar los tejados, lo que implica una especie de código genético, de norma en la que solo cabe la repetición de un mismo tema.

Con ese elemento ligero y siguiendo esas leyes constructivas que impone, se han cubierto cientos de edificios de todas las épocas, construyendo, mediante esa repetición constante, una imagen homogénea de los tejados de nuestros cascos urbanos.

Valiéndose de esa estampa impregnada en el imaginario colectivo, la firma japonesa de arquitectura Kengo Kuma & Associates ha diseñado unas nuevas galerías museísticas destinadas al arte popular. La materialidad del proyecto establece, mediante la teja representativa de la arquitectura popular, una relación directa con el uso al que sirve. El proyecto, visto en la distancia, parece rememorar un pequeño pueblo que trepa por la ladera, construido a base de cubiertas a dos aguas que se van superponiendo y que aparecen revestidas con miles de tejas curvas. De este modo, el edificio construye una especie de escenario, un paisaje popular a medio camino entre lo pintoresco y lo contemporáneo.

Este pequeño museo se encuentra dentro de una antigua plantación de té, cerca de la ciudad costera de Hangzhou, que fue reconvertida en la Academia de las Artes de China.

Para ayudar a integrar el edificio de 5.000 metros cuadrados en ese terreno, en ligera pendiente, el proyecto fragmenta el inmueble en unidades separadas, construyendo el conjunto más por la adición aleatoria de piezas que por una unidad volumétrica rotunda, de forma que esa idea de sumatorio de casas, de pequeño núcleo urbano, se ve muy reforzada.

Cada una de esas unidades está diseñada para parecerse a una pequeña casa con su propio techo a dos aguas y es, en definitiva, la unidad del material y el lenguaje inclinado de sus cubiertas lo que dota de cierta unidad al conjunto.

Esa formulación escalonada permite al edificio acompañar la pendiente natural del terreno, sin que ninguna parte quede enterrada, por lo que todas las salas mantienen un contacto directo con el paisaje y el entorno rural que rodea al edificio.

El proyecto de Kengo Kuma no se queda únicamente en una reinterpretación formal de lo que supone la construcción con teja, sino que, desde una lectura contemporánea, propone una nueva solución constructiva para la fachada. Mallas trenzadas con alambre de acero inoxidable se encadenan a través de las fachadas acristaladas del museo, dejando los volúmenes de las salas como si hubiesen sido apresadas por una red de pesca.

En esa malla tupida se insertan una serie de tejas acuñadas en los huecos, formando una serie de patrones con su repetición en estructura de diamante. Esta piel calada provoca que la luz del sol no pueda incidir directamente en el interior del museo, protegiendo de esta manera las piezas allí expuestas. La oficina de Kuma ya había utilizado una técnica similar para resolver la fachada del Museo Zhi Xinjin, pero en esta ocasión las baldosas planas allí utilizadas han sido sustituidas por tejas curvas, lo que dota al conjunto del edificio de una mayor unidad material.

Asimismo, todas las tejas empleadas en la construcción del edificio, tanto para la pantalla exterior como para los planos de la cubierta, son antiguas, provenientes del derribo de casas y construcciones de la región. Este uso de materia reciclada, además de lanzar un mensaje medioambiental en un país como China, carga al nuevo edificio de un pasado, de una vivencia ya adquirida y, en cierto modo, le construye una identidad, como si llevase años instalado en ese mismo lugar.

El interior de las nuevas galerías está bañado por esa luz tamizada que se cuela entre las tejas colgadas en la fachada y únicamente los suelos y las rampas, revestidas todas ellas con madera local, destacan mínimamente. Así, el interior es como un estuche, una caja vacía y neutra, capaz de albergar sin disputar protagonismo a las piezas que se expondrán en sus galerías.

Tanto los espacios interiores, gracias a las rampas zigzagueantes, como las cubiertas escalonadas se adaptan a la topografía natural del terreno, demostrando una vez más que la arquitectura contemporánea busca de forma desesperada el equilibrio entre construcción y naturaleza.