2015/11/08

El paraíso de los inversores
IBAI GANDIAGA PÉREZ DE ALBENIZ
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En un artículo anterior, hablábamos de la preocupación de una parte de la sociedad londinense ante la creación de negocios de lujo en áreas con un bajo poder adquisitivo, es decir, eso que los arquitectos llamamos gentrificación. El análisis de los procesos en una urbe de capitalismo avanzado nos hacía reflexionar sobre las transformaciones de nuestros propios barrios.

Esta semana no iremos muy lejos, ya que seguimos mirando en el espejo inglés, aunque hacia arriba. Renzo Piano Building Workshop, equipo capitaneado por el laureado arquitecto genovés, ha presentado el diseño definitivo para su segundo rascacielos en Londres, encargado por la promotora Sellar Group. Y no ha gustado a todos.

El edificio Paddington Tower será un inmueble de 65 plantas, con 224 metros de altura, que albergará oficinas, comercio y vivienda. El solar del futuro edificio se sitúa cerca de Paddington Station, histórica e icónica estación de tren, en una zona perteneciente al distrito de Westminster. El barrio forma una perfecta imagen mental de lo que el inconsciente colectivo piensa al nombrar Londres: baja densidad, viviendas victorianas y ladrillo caravista.

La compañía detrás del proyecto del rascacielos resume de esta manera las características del barrio: «La única razón para ir, hoy por hoy, a Paddington es tomar un tren o visitar a alguien en el hospital. Es un viaje en el tiempo hasta los años 50, pero aun así se encuentra, asombrosamente, en una buena localización».

Esta condescendencia, y un claro propósito de colocar una mole de hormigón, acero y vidrio en un barrio muy alejado de los barrios de alta densidad de Londres –Canary Wharf y la City–, ha suscitado un movimiento en contra capitaneado por la arquitecto angloitaliana Barbara Weiss bajo el nombre Skyline Campaign.

Weiss es una arquitecta nacida en Milán y emigrada a Nueva York de joven. Esta condición de forastera le permite, tras 40 años de vida en Londres, reconocer claramente un periodo febril de construcción de viviendas en altura que, según ella, amenaza con destruir de modo irreversible el carácter de la ciudad. «Los inversores extranjeros, al llegar a la ciudad, se encuentran con unos distritos sin dinero y una Alcaldía con un déficit de vivienda», la tormenta perfecta, según la arquitecta. «Londres está en el centro de la madre de todos los booms inmobiliarios y justo ahora que hemos salido de la peor recesión que se alcanza a recordar, se tira a la basura toda prudencia y nos embarcamos en una locura edificatoria que transformará radicalmente la ciudad», señaló en la BBC.

Muchas voces están utilizando la expresión Investor’s haven (el paraíso de los inversores). Con más de 36.000 propiedades registradas tan solo en Londres a nombre de corporaciones multinacionales, el propio primer ministro David Cameron tuvo que salir a la palestra para, a modo de excusatio non petita, afirmar que Gran Bretaña no era un lugar «para dinero sucio».

Casualidad o no, el propio edificio The Shard (en inglés, la esquirla), gigantesca mole de vidrio en la zona del Tower Bridge londinense que, con sus 306 metros de altura es el techo de Europa, tuvo que ser impulsado con dinero qatarí en 2008, cuando su construcción se vio paralizada por la crisis bancaria mundial.

El edificio The Shard es diseño del propio Renzo Piano, que repite, junto con la promotora Sellar Group, en el diseño de la torre Paddington. Tal vez sintiéndose acusado por la arquitecta Weiss, Piano justificaba su diseño de este modo: «Llevará a Paddington el mismo tipo de regeneración que ha convertido el barrio de London Bridge en el sitio de moda que es hoy en día». El argumento convenció a los dos inversores de Singapur, que, junto con Sellar Group, financian la aventura.

Recurrir a los promotores privados es necesario para construir ciudad, ya que los gobiernos tienen necesidad de un músculo empresarial que apueste por ella y decida arriesgar su dinero. La protesta en Londres no pasa por una criminalización del promotor (como, por ejemplo, la que se esgrimió en la época de Margaret Thatcher contra los artífices de Canary Wharf), sino contra un gobierno que dilapida un bien intangible –la ciudad– por atraer inversores extranjeros.