2015/11/08

Elijo preferir
IGOR FERNÁNDEZ
47psicologia876

No hay día que no comience con una elección; para empezar, si dormir cinco minutos más o no. Como puertas que se abren y cierran, las elecciones cotidianas abren trocha entre la maleza o, como la verja de un jardín, dan directamente al camino pavimentado al otro lado. Cuando optamos, dirigimos los pasos hacia lo que nos interesa y nos motiva, o por lo menos así parece en principio; y, al mismo tiempo, por el mero hecho de hacerlo, descartamos otras opciones posibles. Sé que esto es hablar en general, quizá demasiado, pero hay tantas ocasiones en las que tenemos que elegir, que cuesta escoger un ejemplo y descartar los demás.

La elección, en teoría, es un acto de voluntad, la expresión de nuestro deseo o nuestra decisión y, también en teoría, es la culminación de algún tipo de análisis de pros y contras, de costes y beneficios, aunque la realidad de nuestras elecciones probablemente no sea tan lineal, tan racional y limpia. Para empezar, a la marmita del análisis solemos añadirle otros ingredientes, como las emociones y los sentimientos. Gran parte de nuestras opciones están mediadas por lo que nos hace sentir la opción que imaginamos tomar, pero también las que surgen al imaginarnos una renuncia. En ese caso, el cálculo no tiene que ver con la consabida lista que mencionaba más arriba, sino con el marcador del cuerpo, lo que me dicen las tripas sobre lo que estoy a punto de escoger y de rechazar.

Si bien lo que está en juego en las decisiones importantes es la supervivencia física o sicológica, y en esos casos solemos ser bastante conservadores, el resto de encrucijadas llaman a la aventura. Mi querido Mario Benedetti escribió un bonito poema titulado “No te salves” y que es toda una declaración de intenciones ante este tema. Empezaba con algo así como «No te quedes inmóvil al borde del camino/ No congeles el júbilo / No quieras con desgana / No te salves ahora ni nunca / No te salves […]». Todos querríamos salvarnos llegado el caso. En general, solemos tratar de salvar la nave, aunque haya que tirar cosas valiosas por la borda. Pero entonces pienso en la otra cara, en cómo hacemos las renuncias cuando se trata de preservarnos. En momentos de estrés, a menudo descartamos lo que consideramos accesorio en un tiempo inmediato. Necesito un trabajo y no tengo dinero, pues cojo cualquier trabajo que me lo ofrezca. Una lógica aparentemente impecable, pero en los descartes, tras lo que no escogemos, también se quedan partes de nosotros.

Sin llevar esta reflexión a lo dramático, en el fondo, poca gente aceptaría cualquier trabajo que diera dinero sin importar, por ejemplo, lo turbio que pudiera llegar a ser. Y es que nuestras preferencias a menudo, lejos de un capricho, son una expresión de los límites de lo que estamos dispuestos a aceptar o no como resultado de nuestras elecciones. Como tales, es habitual que, en esos momentos difíciles, las desestimemos por considerarlas matices de la necesidad y, por tanto, subordinadas a ellas, y sin embargo, las preferencias llevan consigo algo más que un deseo accesorio. Ese deseo merece un segundo vistazo con más detenimiento, porque esas sensaciones intuitivas que describimos como “preferencia”, a menudo entrañan mi manera única de entender la vida, el resumen abstracto de lo que me ha ido bien en otras ocasiones y, en cierto modo, son mi marca personal, soy yo.

Ante tanto lío, es evidente que no somos seres puramente reactivos, ni máquinas de procesamiento lógico. ¿Cómo voy a tomar una elección como si no fuera mía?, ¿como si no tuviera relevancia lo que yo quiero ante lo que me viene bien? Supongo que el poema de Benedetti tiene que ver con la importancia de lo que está en juego, más allá del resultado tangible de la elección: probablemente la preservación de quién yo soy. Ese conjunto informe de experiencias, necesidades, afrontamientos, conclusiones vitales que serían imposibles de desgranar y que no pueden encontrar otras palabras más certeras que la expresión última de la definición de uno mismo, de una misma: quiero…

Quizás el baremo que podríamos utilizar para tomar una mejor decisión, una elección más certera a largo plazo, sea la respuesta espontánea al preguntarnos en cuál de las opciones que tengo ante mí yo podré preservar y realzar mi identidad, mis valores, mi dignidad, mi vitalidad, mi deseo. Toda elección implica cerrar una puerta, pero, francamente, algunas pueden quedarse entornadas.