2016/10/02

Erreportajea
el concord de thoreau
Tras las huellas del padre de la ecología

El traqueteo del tren se sigue escuchando desde la laguna de Walden y los pescadores aún consiguen truchas. Más de 3.000 al año, dicen un par de ellos en este día soleado. El filósofo y escritor norteamericano Henry David Thoreau parece que sigue allí. A 200 años de su nacimiento, merece la pena seguirle el rastro.

Diego Cobo
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Henry David Thoreau (Concord, Massachusetts, 12 de julio de 1817 - 6 de mayo de 1862) habitó en la orilla de la laguna de Walden, de esta «fuente perenne en medio de los bosques de pino y roble, sin otro afluente que las nubes y la evaporación», como describió esta charca en el libro del mismo nombre. “Walden”, su obra maestra, nació aquí, de un retiro que duró dos años. Thoreau es uno de los escritores y filósofos más célebres de Estados Unidos, padre de la desobediencia civil, del ecologismo y de la ironía, todo girando sobre una vivencia espiritual que marcó su existencia. Pero también –y sobre todo– es quizás la persona que más ha contribuido a expandir el nombre de este pueblo ubicado en el noreste de los EEUU. «He viajado mucho en Concord», escribió con ironía en Walden. Así que sus palabras son la mejor guía para conocer este lugar histórico.

El escritor levantó una cabaña en 1845 a las espaldas de la laguna, siguiendo la carretera 126 y a dos kilómetros del centro de Concord. Hoy apenas se ven unos pilares, pero este lugar sigue influido por sus escritos y una placa recuerda por qué experimentó esta estancia: «Fui a los bosques porque deseaba vivir deliberadamente, quería vivir profundamente y extraer toda la esencia de la vida y dejar a un lado todo lo que no fuese vida, para no descubrir en el momento de mi muerte, que no había vivido».

Inspiración de inconformistas y ecologistas. Tras caminar por una orilla arenosa se llega a los cimientos de la pequeña casa desde la que Thoreau se dedicó a experimentar la soledad y la naturaleza. Las ráfagas de hojas, el viento y el silencio acompañan a una visita donde los adeptos a este singular habitante de los bosques posiblemente sentirán como que no es la primera vez que están aquí. Esos restos están a unos cientos de metros de la entrada al entorno donde en cualquier momento del año sus seguidores dejan bolígrafos y tallan piedras para que el mensaje no se deshaga en la nieve. «La vida está en nosotros como el agua en el río», dice uno de ellos.

Una réplica de la cabaña, junto a la carretera y a una tienda de recuerdos, con una estatua a tamaño real de Thoreau, nos permiten acercarnos a un escritor que heredó y alimentó el movimiento filosófico que en esta parte del mundo se llamó trascendentalismo. La reconstrucción trata de emular con exactitud la morada que el filósofo tan bien describió, una y otra vez, en su obra más universal.

La huella de Thoreau hoy se extiende más allá de la laguna que ha inspirado a inconformistas y ecologistas de todo el mundo. Hay calles que toman su nombre, y escuelas, bibliotecas, asociaciones, su casa natal o Walden Wood Project, ubicado en mitad de un bosque cercano y que cuida y estudia el legado del escritor. «Antes venían muchos estudiantes para hacer sus tesis doctorales, pero ahora hay Internet y viene menos gente», explica Jeffrey S. Cramer, administrador de una colección de 8.000 volúmenes del escritor y su círculo literario. Retratos, primeras ediciones y objetos mantienen vivo el legado de Thoreau, quien también escribió poemas, ensayos y un inmenso diario de 7.000 páginas que comienza así: «–¿Qué estás haciendo ahora?–, preguntó. –¿Llevas un diario? Así que hoy escribo mi primera entrada». La pregunta, de octubre de 1837, se la hizo también escritor y filósofo Ralph Waldo Emerson (Boston, Massachusetts, 25 de mayo de 1803 – Concord, Massachusetts, 27 de abril de 1882).

La casa de Emerson se encuentra de regreso al centro de Concord y parece que los años se detuvieron en esta mansión pálida que representa la sabiduría de una filosofía de la que el propio escritor fue impulsor. Su amplio jardín, custodiado por un cercado de madera blanca a la orilla de la calle Cambridge Turnpike, rodea a una vivienda que conserva en su interior la disposición original de los tiempos de Emerson, maestro de Thoreau y autor del rompedor ensayo “Naturaleza”. Entre estas cuatro paredes que Emerson compró en 1835 por 3.500 dólares está la que fue una de las mayores bibliotecas que tuvo Nueva Inglaterra, y hoy sus los libros siguen forrando las paredes de muchas de las estancias. No es extraño que, en la gira de Emerson por Europa en 1847, el propio Thoreau se hiciera cargo de la familia de su maestro y del jardín: tenía acceso al océano de conocimiento que fue absorbiendo. Cada rincón de la casa nos transporta a la literatura. A unos pasos de aquí, siguiendo Lexington Road, se llega a Orchard House, con su aire lúgubre y misterioso: el color oscuro y los árboles que la envuelven aportan una imagen oscura, fantasmagórica; algo que rápidamente se supera al saber que en su interior Louisa May Alcott escribió “Mujercitas” en 1868. Su aspecto es prácticamente el mismo que en tiempos de la familia Alcott y la mayoría de la disposición sigue igual, por lo que deambular en su interior es leer una novela basada en esta ciudad y en esta casa.

Nathaniel Hawthorne, autor del clásico “La letra escarlata”, también estuvo aquí. The Wayside es la casa que compró su familia y que ahora, a golpe de martillo, reparan ante la llegada del invierno.

El arte de pasear en Concord. El Minute Man National Historical Park es un amplio campo de colores ocres. Los árboles ya se han sacudido las hojas, así que la solitaria estatua de Daniel Chester French, un soldado americano, ayuda a recordar lo que significa este lugar en la historia de Concord: días antes al 19 de abril 1775, las tropas inglesas, que estaban en Boston, marcharon hacia Concord ya que los llamados minute man –soldados– habían escondido material militar ante la noticia de la llegada de las tropas británicas.

En el North Bridge, que atraviesa un pequeño río donde chapotean cisnes, se disparó el primer disparo de la Guerra de Independencia. Nadie sabe quién, pero en Concord aún se dice que aquel disparo «se escuchó en todo el mundo». Siguiendo un camino sinuoso se llega a un centro de interpretación donde un documental y un gran mapa hacen hincapié en esa ruta que los ingleses comenzaron hasta el lugar de la batalla: hoy esa ruta tiene nueve kilómetros y es un paseo en el que uno se cruza con ciclistas, historiadores, atletas, vecinos o viajeros.

Thoreau, uno de los más entusiastas caminantes de los que tenemos noticia, escribió en su ensayo “Caminar” que su región «ofrece gran número de paseos espléndidos; y aunque durante muchos años he caminado prácticamente cada día, y a veces durante varios días, aún no los he agotado». Con esta pauta en la cabeza y la Guerra de la Independencia bajo los pies, enfilé el Battle Road Trail desde este mismo lugar, su inicio, hasta el centro de visitantes de Lexington.

La ruta comienza en este viejo campo de batalla y cruza el centro de Concord, pero rápidamente se introduce en los bosques para continuar bajo arces rojos y robles que cierran el camino, granjas, lagunas y edificios históricos que nos hablan de aquel suceso que desencadenó la independencia de Estados Unidos. La primera parada la realizamos inmediatamente después de salir del parque en The Old Manse, que construyó el abuelo de Emerson cinco años antes de la batalla y que sirvió, años después, como centro de reunión de los trascendentalistas; un hombre que también participó en el congreso de 1774 donde 300 personas se rebelaron contra la colonia británica celebrado en The Wright Tavern. Construida en 1747, esta casa rojiza en el centro de Concord constituye el edificio histórico más importante de Concord.

Apenas nos detenemos para leer la placa que anuncia los hitos de este templo de la rebeldía y continuamos el camino. Un kilómetro más adelante comienza el sendero que, poco a poco, va atravesando hitos de la marcha de los soldados ingleses y aparece, sombría, la Hartwell Tavern, joya arquitectónica de la época. Otra de esas construcciones interesantes del Battle Road Trail es la casa, elevada en una suave colina, que perteneció al capitán William Smith y que el sol destaca. El camino continúa hasta Lexington y está lleno de piedras grabadas que recuerdan qué sucedió en esos lugares: alguna rebelión, alguna captura, como la del capitán Paul Revere, un militar que al saber de la próxima llegada de los ingleses, comenzó a gritar: «¡Vienen los ingleses, vienen los ingleses!».

Un pasado glorioso. Después de un par de días recorriendo Concord y sus alrededores, su historia y la literatura, la librería Barrow Bookstore resulta un lugar apacible para resumir este viaje: una pequeña librería de segunda mano donde las joyas se apretujan en el suelo, las estanterías y el mostrador, cubiertas de polvo. Y la librera, entusiasmada, ofreciendo obras ya descatalogadas al viajero que viene persiguiendo un mito. A los clásicos libros que dejó el siglo XIX en Nueva Inglaterra –“Moby Dick”, “La Letra Escarlata”, “Mujercitas”, “Hojas de Hierba”– la biblioteca del centro Walden Wood Project tiene los mejores libros del trascendentalismo, desde los diarios de Thoreau y Emerson hasta volúmenes de William Ellery Channing o George Ripley.

Pero la historia comienza mucho más atrás: en estas tierras ya había indios cuando Europa era ajena al continente americano. El Museo de Concord se enorgullece con un mensaje que lanza a los visitantes al afirmar que «es un símbolo del mantenimiento de la vida rural». No es extraño el lema, ya que los primeros asentamientos en este lugar tienen un origen remoto: miles de años antes de que los primeros puritanos se establecieran en las colonias, los indios algonkians ya vivían aquí. No es raro que Thoreau se refiriese a ese pasado. Un día que salió con su hermano a buscar reliquias indias y halló la punta de una flecha, se metió en la piel de los nativos. El 29 de octubre de 1837 hizo esta anotación en su diario: «Cuántas veces han estado en este mismo punto, en esta misma hora, cuando el sol, poniéndose sobre los bosques, doraba con sus últimos rayos las aguas del Musketaquid, y ellos hacían recuento de los éxitos del día y de las expectativas del día siguiente, o se reunían con el espíritu de sus padres hace mucho exiliados en la tierra de las sombras».

Entre las salas de este edificio se encuentra una dedicada a Thoreau y otra a Emerson con objetos personales, pero también se hace una exhaustiva travesía por las diferentes etapas que atravesó Concord, desde el establecimiento de los primeros humanos hasta nuestros días. De esta curiosa pareja, con la admiración mutua como principio, se cuentan algunas de las anécdotas más divertidas de Nueva Inglaterra.

A Concord llegamos a través de la literatura, pero acabamos la visita en el cementerio Sleepy Hollow, donde descansan todos los grandes protagonistas de la historia, unos cerca de otros... y Emerson, a escasos metros de Thoreau. La tumba no tiene nada especial, pero la del segundo desentona por su sencillez, en sintonía con su vida. Apenas una humilde piedra –salpicada de lápices y papeles de admiradores– honra la sencillez de su vida. Por ella trepa la nieve en invierno hasta cubrirla: «Henry», se lee en letras talladas. Sin saberlo, sus pasos habían sido la mejor guía de un viaje premeditado.