2017/08/13

Erreportajea
EL TERCER SEXO
Muxes: flores de Guiechachi

En el Istmo de Tehuantepec, al sur de México, en pleno corazón de la cultura zapoteca, se encuentran las muxes, consideradas un tercer género dentro de la sociedad azteca.

Nuria López Torres
Muxes16

Estrella luce una larga y espesa melena ondulada de color negro azabache, a la que intenta dominar con un peine de púas gruesas en el patio de su casa, entre gallinas, hamacas, telares, y el ir y venir de sus familiares. Se prepara para ir a la escuela de primaria, donde a media mañana debe impartir clase de baile a los más pequeños del centro. Al cabo de un largo rato de lucha con su cabello todavía húmedo, decide recogérselo en un gran moño que le permita trabajar más cómoda. Estrella es una de las muchas muxes que viven en la ciudad de Juchitán de Zaragoza, en el estado de Oaxaca. Existe un dicho en Juchitán sobre cómo San Vicente Ferrer, patrón de la ciudad, fue dejando una muxe en cada pueblo del Istmo de Tehuantepec, pero que, cuando llegó a Juchitán, se le rompió el saco y allí se le cayeron todas.

Las muxes, consideradas como un tercer género en esta zona del país, están bastante integradas en la organización genérica de la comunidad, y en algunos casos desarrollan funciones socialmente reconocidas, tanto en la estructura socio-cultural como dentro del núcleo familiar. En esta parte del estado de Oaxaca existe una actitud relativamente permisiva ante la homosexualidad, el afeminamiento, y el travestismo en comparación con el resto del territorio nacional. Se cree que esta tolerancia tiene que ver con que, desde tiempos ancestrales, las comunidades zapotecas admitían la existencia de un tercer género y parece que, a pesar de siglos de colonización y cristianización, algo de aquella tolerancia quedó en el ADN cultural de las comunidades del Istmo. Sobre el origen de la palabra muxe existen varias versiones, si bien la más extendida es la que asegura que es la derivación zapoteca de la palabra castellana «mujer».

Un hijo cuidador. Algunas madres zapotecas, cuando detectan un cierto afeminamiento en uno de sus hijos varones, pueden llegar a propiciar la educación en roles tradicionalmente femeninos tales como la venta de productos en el mercado, las tareas domésticas o el aprendizaje de las técnicas de bordado. Un hijo muxe, en muchos casos, supone un apoyo económico y afectivo para la mujer. Son educados para ser buenos trabajadores y cuidadores de sus progenitores en la vejez.

Una muxe nunca se irá para formar una familia propia, porque está muy mal visto que se vaya a vivir con su pareja sentimental. De alguna forma, la sociedad del Istmo tolera a las muxes a cambio de que ofrezcan seguridad y protección a sus progenitores.

Si bien es la madre la que apoya más fácilmente al hijo muxe, generalmente es la figura paterna la que suele oponer más resistencia a la aceptación de este. La cultura mexicana es, en general, extremadamente machista y católica, por lo que la homosexualidad de un hijo varón cuesta bastante de aceptar.

«Desde que estaba chiquito, mis papás ya sintieron que no era varón, y mi papá dijo ‘anda este chamaco no es hombre, va a ser muxe’», comenta Fernanda de 34 años. «Mi papá me compraba cosas de varón pero yo ni las miraba, yo solo jugaba con las cosas de mis hermanas», prosigue Fernanda. Ella cuida de su anciana madre de 78 años, y viven de su trabajo como trabajadora doméstica en la casa de una familia de clase alta en Juchitán. «Un día le dije a mi mamá que estaba aburrida de tejer y que quería agarrar otro aire, ya no quería estar en la casa, y salí a buscar trabajo. Mi mamá me contestó: ‘Pero a cantina no quiero que vayas porque vas a tomar todos los días. No vas a traer tu dinero y ¿con qué vamos a vivir?’».

Estrella diseña los elaborados bordados de los vestidos tradicionales zapotecos, plagados de flores y elementos naturales que inundan de color cualquier celebración, evento o festividad en el istmo. «A los 5 años, mi mamá ya empezó a ver cómo yo me desenvolvía en cuestiones de la casa. Le lavaba yo los trastes, le lavaba yo la ropa, siempre la quería ayudar, pero mi papá no me dejaba, y entonces lo hacía a escondidas», explica Estrella. «Cuando se iba mi papá, yo me ponía la ropa de mis hermanas y bailaba dentro de la casa, pero cuando regresaba mi papá se acababa el sueño y se rompía el hechizo».

Con un padre alcohólico y una madre agobiada por las deudas, Estrella decidió dejar la escuela de forma prematura y que fueran sus otros hermanos los que aprovecharan el colegio, para ayudar a su madre en el mercado y las tareas domésticas. Estrella es una trabajadora incansable, no tiene un minuto libre en todo el día. Cuando no está dando clases de baile en el colegio, está enseñando en casas particulares para las celebraciones de los 15 años (un rito de paso de niña a mujer muy extendido en Latinoamérica), si no está diseñando y bordando vestidos, o atendiendo las tareas domésticas. Tiene una relación muy estrecha con su madre. Nunca sale sin ella. A cualquier celebración o cumpleaños van juntas. Su sueño sería poder encontrar una pareja con la que tener una relación estable, aunque no fuera de convivencia, pero sí un apoyo sentimental.

Entre tradición y modernidad. La figura de las muxes y la aceptación de la homosexualidad están íntimamente ligadas a la situación de la mujer en la familia y la sociedad juchiteca, así como al papel que desempeñan en ellas. No existe el matriarcado en Juchitán de Zaragoza, como ha afirmado alguna literatura poco rigurosa, pero sí que la mujer tiene una presencia importante en el espacio público. Son las encargadas de procesar la materia prima que los hombres recogen del campo y el mar, para elaborarla y venderla en el mercado.

El mercado y todo lo relacionado con la venta es territorio exclusivo de las mujeres de Juchitán. Esto les permite poseer un cierto poder económico y social; por lo que el peso del universo femenino legitima a las muxes y a su figura dentro de la sociedad juchiteca. Existen diversos estudios antropológicos y sociológicos sobre el caso de las muxes del Istmo de Tehuantepec que confirman la aceptación social de estas y de la homosexualidad en la sociedad zapoteca, pero que también clarifican, al contrario de algunos artículos excesivamente optimistas, que existen contradicciones en este modelo de género y sexualidad, que no está libre de la marginalidad y violencia, algo que cada vez con más frecuencia provoca un choque importante entre la tradición y la rápida modernidad que permeabiliza la sociedad del Istmo.

En los últimos tiempos el concepto de muxe se encuentra sujeto a cambios significativos, dando lugar a la aparición de nuevas muxes emergentes. Una tradicional, por ejemplo, no contemplaba la práctica de cirugías para feminizar su cuerpo; sin embargo, esa tendencia parece que empieza a ganar aceptación entre las más jóvenes.

El concepto de muxe está ligado al respeto a la familia y la sociedad, la orientación sexual, los roles tradicionales femeninos y la sensación de pertenecer a un tercer género, independientemente de si el aspecto exterior es masculino o femenino. Algunas de ellas visten con ropa masculina, aunque a sus guayaberas (blusa masculina que se usa en zonas tropicales) las dotan de hermosos bordados florales y lucen vistosos medallones de oro en las fiestas.

El ser una muxe no está ligado directamente a vestir o no de mujer, a parecer o no una mujer, va más allá de la mera apariencia física. La muxe tiene un rol significativo en la construcción de la sexualidad masculina, ya que no está mal visto que un varón heterosexual se inicie en las relaciones sexuales con una muxe. Según el modelo tradicional, los chicos no tienen acceso a las mujeres, ya que la virginidad es un bien muy preciado que las mujeres intentan preservar para el matrimonio, por lo que las relaciones sexuales de hombres con muxes no se consideran prácticas homosexuales mientras que sea el hombre la parte activa de la relación.

Del mismo modo en que el mercado es un espacio dominado por la mujer, la cantina es un sitio de mayoría masculina donde las muxes tienen también mucha presencia. Es en este entorno, cuando animados por la desinhibición del alcohol, se inician estos contactos. «Si estoy en una cantina y veo a un chico guapo en otra mesa, pues le ofrezco unas cervezas y luego lo invito a sentarse en mi mesa… A veces competimos entre nosotras a ver quién le ofrece más cervezas al chico», comenta Fernanda riéndose: «Si le gustó más mi amiga, pues ni modo, me quedé sin las cervezas y sin el chico».

Muchas muxes tienen mayates (amantes) casados. Algunas de estas relaciones llegan a durar años o incluso décadas, siendo «aceptada» en algunos casos por las esposas. Ellas saben positivamente que un hombre no dejará la casa para irse con una muxe a formar una nueva familia, cosa que sí pasaría en el caso de que la amante fuera una mujer. «Tengo un novio, pero salimos a escondidas porque él tiene esposa e hijos…. Ya llevamos 18 años, yo tenía 16 cuando empezamos a salir, hasta ahorita, aunque yo…. pues le pongo sus cuernitos de vez en cuando», explica Fernanda con una gran carcajada.

Una «Vela» muxe. Durante el mes de noviembre, en la ciudad de Juchitán de Zaragoza se celebra una vela (fiesta) un tanto especial: “La Vela” de “Las Auténticas Intrépidas Buscadoras del Peligro”. Con este curioso nombre se conoce al grupo de muxes más veteranas y activistas del pueblo. Al cabo de cuarenta años de su fundación, ya abriga a una incipiente tercera generación de muxes. Durante tres días Juchitán se sumerge en la fiesta, que es una combinación de actos festivos con los reivindicativos por los derechos de las personas muxes y contra la homofobia.

Se programan algunos actos que combinan cultura y prevención de enfermedades de transmisión sexual con actos festivos tradicionales y religiosos, donde las muxes lideran la reafirmación de las tradiciones culturales zapotecas.

Las campanas de la iglesia San Vicente Ferrer anuncian la misa y las muxes entran luciendo sus vistosos vestidos tradicionales unas, y otras las floreadas guayaberas de lino. La iglesia está a rebosar de muxes, familiares, amigos y vecinos. La misa la oficia el padre Lucio Santiago, quien subraya que el amor de Dios es universal: «En este espacio se cobija a todos y todas, sí es desde el corazón de Dios, ya que es un día especial que da sentido a la cultura, a la tradición y el amor de Dios es manifestado», asevera el párroco.

Ese día suben al púlpito varias muxes que hacen la lectura de algunos de los pasajes de la Biblia, mientras el resto de los asistentes escuchan atentos. Algunas de las más importantes del grupo de “Las Intrépidas” son personas muy respetadas por la comunidad, por su compromiso con la sociedad juchiteca y su activismo en defensa de las tradiciones.

En la noche propiamente de “La Vela”, se celebra una gran fiesta en un recinto enorme al aire libre, donde se come, se bebe y se baila hasta el amanecer. Sin embargo, el momento estelar es cuando se realiza el desfile de las muxes que han sido reinas de “La Vela” en los años anteriores. Y como guinda al pastel, la coronación de la nueva reina.

Si bien Juchitán de Zaragoza es un referente de convivencia y tolerancia en cuanto a la aceptación de la homosexualidad y de la identidad de género, no se puede obviar que tampoco está exento de algunos episodios violentos contra alguno de los miembros de la comunidad muxe, por lo que no se debe idealizar la situación. Como apunta Felina Santiago, todo un referente en la comunidad muxe y una de las más activas dentro del grupo de “Las Auténticas Intrépidas Buscadoras del Peligro”, en “La Vela” que celebraba el cuarenta aniversario del grupo: «No podemos olvidar todo lo que se ha luchado para llegar a donde estamos. No podemos olvidar a todas nuestras compañeras que ya no están con nosotras y que hoy no pueden disfrutar de lo conseguido, y no podemos olvidar que, a pesar de lo conseguido, todavía queda mucho camino que recorrer».