2018/02/04

Lindes
IKER FIDALGO
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La diferencia disciplinar se disipa en cada nuevo paso que asume el desarrollo del arte actual. Si bien los grandes bastiones –escultura y pintura–, a los que más tarde se les uniría la fotografía, son capaces de mantener aún sus territorios propios, es evidente que la irrupción de las vanguardias y, sobre todo, el despliegue del cuerpo en el dadaísmo y el surrealismo añadieron la cuestión performática y el arte de acción a un mundo al que pertenecerán para siempre. Por contra, los sistemas de referencia, es decir desde donde se emite la mirada, influyen en la valoración de lo expuesto proponiendo diversos códigos desde los que interpretar. Por esto, no es difícil encontrar semejanzas entre la pintura, la ilustración o incluso el diseño gráfico. Exposiciones de cartelería antigua que se valoran con criterios compositivos o cuadros que resuelven una campaña publicitaria. De nuevo el sistema del arte tiene la palabra, en su mano está extender su espacio de legitimación, y en la nuestra reivindicar que estos espacios superen lógicas que para nada tienen que ver con la función social de la creación contemporánea.

Rafael Munoa (Donostia, 1930-2012), el que fuera, entre otras muchas facetas, colaborador de la desaparecida “La Codorniz” durante 25 años, realizó en nueve murales en el año 1963, con motivo de la conmemoración de una disputa entre arrantzales de Getaria y Zarautz en 1763. La caza de una ballena y su cría acabó en un conflicto entre pobladores de ambos pueblos desembocando en una batalla legal con un pleito en el Tribunal de Corregimiento. Hasta el 29 de abril, el Untzi Museoa de Donostia acoge el resultado de lo que, al parecer, fue un encargo para Munoa con el objetivo de que fueran mostrados en la calle. A pesar de esto, fueron exhibidos en el frontón de Getaria, posteriormente en 1978 en el de Zarautz y hasta esta ocasión han sido conservados en el consistorio de Getaria. La memoria se reivindica aquí desde dos líneas convergentes: por un lado, un suceso ocurrido que evidencia una forma de vida ligada al mar; y por otro, el legado de un artista cuya labor ayudó a recuperar parte de la historia perdida de Gipuzkoa.

La bilbaína Galería Lumbreras nos permite acercarnos al trabajo “El Jinete Celeste”, de Emilio González Sainz (Torrelavega, 1961), acogiendo su cuarta exposición individual con una selección de óleos y acuarelas de reciente factura. Una naturaleza anhelada, construcciones imposibles y una atmósfera en calma aparecen como líneas principales de la colección que tendremos disponible hasta el 9 de febrero. Con ineludibles referencias surrealistas se nos presenta un mundo propio y reconocible que, con gran acierto, crea una línea de continuidad entre todas sus piezas. Por otro lado, en nuestra visita a la galería podremos asomarnos a una muestra simultánea dentro del programa “Joven llama a Joven” a cargo de Gabriel Coca (Iruñea, 1989). También hasta el 9 de febrero, su apuesta por una abstracción dominada por lo geométrico, en la que la fuerza matérica del propio pigmento se sabe protagonista, nos enseña otra cara del desempeño pictórico. Un montaje en sala que encuentra el equilibrio entre telas de diferentes tamaños acaba por amalgamar el proyecto que el artista navarro ha titulado “Buen viaje”.