2018/02/04

Enrike Zuazua
matemático
Nacionalismo en el txoko

Una cena en el txoko, una tertulia política en la sobremesa... Estas conversaciones poco aportan al debate político, pero, sin embargo, sí tienen la capacidad de despertar las capas más profundas de la memoria.

No sé bien cuál es el origen de los txokos, de las sociedades, como decimos en Eibar, refiriéndonos a las tradicionales sociedades gastronómicas. Pero son una buena idea. Sin duda, aún han de evolucionar de manera sustancial hacia la igualdad de género plena, pero la motivación de partida es excelente: compartir cocina, mesa y tertulia, y así socializar.

No soy socio de ninguno. No lo fueron en mi casa, de manera que no heredé ninguna participación, ni tampoco se ha dado una ocasión clara en mi entorno de entrar a formar parte de uno de ellos. Tal vez haya pasado demasiado poco tiempo en esta tierra, casi siempre a mi pesar, para que la oportunidad se presentara.

Afortunadamente, una de las virtudes de los txokos es que incluso los que no somos socios tenemos la oportunidad de disfrutar de su encanto siempre que vayamos invitados por uno de sus miembros. De ese modo, como muchos, suelo tener la oportunidad de acudir un par de veces al año a una cena de cuadrilla en alguno de ellos. Eso ocurre normalmente coincidiendo con los solsticios de invierno y de verano. Alguna de esas veladas suele ser memorable.

Son ocasiones que invitan a la conversación y, tal vez, a un nivel de apertura mayor del que estamos acostumbrados habitualmente, en lo que es un cierto hermetismo social generalizado en lo referente a lo que realmente nos importa, muy típico en esta tierra.

La última cena dio lugar a una larga conversación entre seria y vacilona, que dado el momento que vivimos viró pronto hacia la política. Decidí en esta ocasión deleitarme escuchando, observando. Lo que allí oí me dio qué pensar. Tal vez, hasta cierto punto, sea bastante representativo de cómo piensa una generación de vascos que todavía se siente joven, aunque evidentemente ya no lo sea.

Fue un placer observar uno a uno a esos entrañables amigos a los que conozco desde hace muchísimo tiempo. Cada uno conserva casi intactos los rasgos distintivos de su personalidad, que ya estaban presentes en su niñez y que, en gran medida, debían venir registrados en su genética, pues cuando los conocí no estaban aún plenamente educados y formados.

Hubo quien apenas dijo nada que pudiera desvelar o hacer intuir el sentido último de su inclinación política. Tal vez tampoco tengan opiniones muy firmes. Posiblemente no sea un tema que les interese y resuelvan la cuestión, sin darle mayor transcendencia, votando cuando toca, con espíritu pragmático, más que por pasión o ideología.

La mayoría sí que se expresó abiertamente, aunque alguno de manera muy escueta, y parecían firmes en sus convicciones. Creo que nada cambiará mucho en sus opiniones hasta la última cena.

Los que han sufrido más dificultades en forma de paro, o empleo precario, por ejemplo, fueron especialmente críticos con la clase política. No es de extrañar. Estos se permitieron pocas digresiones sobre lo que fue el tema central de la conversación, el nacionalismo y su evolución, pues su vida en los últimos años ha estado muy condicionada por el día a día.

Uno de ellos, que apenas ha variado su posición desde la adolescencia, insistió en que el futuro de este país se jugará en el terreno de la lengua. Ya lo dijo cuando todavía éramos adolescentes: «Sin euskara no habrá más opción que la de ser una región próspera de la península ibérica». En esta ocasión insistió en que es eso, ni más ni menos, lo que hemos sido siempre, al menos desde que tenemos uso de razón. Decoró su teoría recordando algunas de esas frases célebres de nuestros intelectuales y escritores de referencia, que han hecho y hacen énfasis en la necesidad del uso de la lengua como único garante de una cultura, indispensable para todo tipo de construcción social y política.

Fue rápidamente contestado por quien siempre se mostró más crítico con el nacionalismo, declarándose firme internacionalista. Nos recordó lo dicho en la reciente tertulia que compartieron Fernando Savater y Jon Juaristi en el Instituto Cervantes de Madrid, con ocasión de la entrega del Premio Antonio Sancha de los libreros madrileños al primero. Ambos sostuvieron la necesidad de que el concepto de ciudadanía articule la sociedad, dejando de un lado entelequias tales como pueblo o nación, siendo la lengua compartida, en aquel caso la española, la que habrá de determinar los contornos de la comunidad ciudadana.

Me pareció que en el fondo ambos estaban plenamente de acuerdo, habiendo identificado la lengua como elemento clave de la definición de la comunidad de ciudadanos a la que cada uno se siente pertenecer, definiendo lo local en el amplio ámbito de lo global.

Poco a poco emergió la idea de que existen tres aproximaciones al nacionalismo: la económica, la política y la cultural. Hubo consenso en que el nacionalismo cultural es precisamente aquel que se articula en torno a la lengua. La definición que se encontró para el nacionalismo político es que se trata de aquel que despliega su acción en torno a la acumulación de poder y derechos.

El nacionalismo económico, por último, fue identificado como protagonista del reciente debate sobre el Concierto Económico y el Cupo. Esa última variante fue la más discutida pues, como alguno señaló, hoy se aglutinan en torno a la defensa de esas singularidades económicas y fiscales, también quienes no se identifican con ninguna forma de movimiento nacionalista, pretendiendo simplemente vivir aquí, hacerlo mejor y con más recursos. Pero nadie dio con un mejor término para ese concepto. Alguno apuntó a la noción de regionalismo económico, pero pronto fue acallado, con varios gin tonics en alto, pues esa terminología fue considerada peyorativa.

Eso último es algo que me sorprendió, pues desde la Transición el regionalismo ha sido uno de los motores más importantes del desarrollo del Estado y, a pesar de ello, casi nadie quiere identificarse con esa etiqueta.

Llegados a ese punto de cierto agotamiento de la conversación, una vez identificados los tres valles que recogen las aguas visibles en superficie del nacionalismo vasco actual, el tema quedó visto para sentencia hasta la próxima cena, que debería celebrarse la víspera de San Juan.

Me fui a casa sintiéndome afortunado de tener una cuadrilla así, aunque supongo que todas son parecidas. Sin que nadie nunca estableciera ni guión ni reglas hemos conseguido mantenernos juntos durante más de cuatro décadas, acoplando nuestras personalidades individuales para esculpir la común, colectiva.

Pensé que deberíamos hacer un referéndum en la cuadrilla, pues lo que en él surgiera sería posiblemente reflejo del voto imposible del conjunto de la sociedad vasca.

Pensé también que la distancia entre lo que fue nuestra conversación de txoko y la política profesional debe ser tan grande como la existente entre las discusiones de fútbol del bar y la competición en la élite profesional.

Volviendo a casa me acordé de que cincuenta años atrás, en la ikastola, cuando todavía ocupaba unos bajos más propios de un garaje que de una escuela, siempre sentí que las maestras nos trataban con un cariño especial. Ya con una cierta edad entendí que estaba revestido del barniz de la esperanza de que nuestra generación, de entonces niños, podría cambiar el rumbo del país.

Era aún la época en que en el proceso de formación dual de maestra en la ikastola se alternaban períodos de docencia y de cárcel. Y las clases, además de los tradicionales contenidos docentes, estaban llenas de afecto y pasión. Contrariamente a lo que debían pensar quienes de vez en cuando venían a invitarlas a que visitaran la comisaría, lo más revolucionario e insurgente que nunca nos dijeron fue que habláramos en euskara en el patio.

Ciertamente, estas cenas poco aportan al debate político, ya profuso en exceso, pero tienen la capacidad de despertar las capas más profundas de la memoria.