2018/02/11

Erreportajea
CRÓNICAS DEL missisippi
En busca de las raíces del blues

Este es un «road trip» en moto desde Chicago a Nueva Orleans. Más de 2.000 kilómetros junto al río Mississippi en los que vamos en busca del nacimiento del blues y del rock and roll entre inmensos campos de algodón, un pasado esclavista y un horizonte sin fronteras. Una mezcla entre el mito americano y la realidad.

Diego Cobo
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El río más musical de América forma escenas legendarias en sus orillas. Entre campos de algodón, mansiones y una cultura que nos devuelve a los días de la esclavitud, este viaje en moto entre Chicago y Nueva Orleans aún mantiene la esencia del pasado, algo que absorbemos mientras la autopista 61 se abre paso de norte a sur con el río Mississippi como compañía.

Envuelta en campos de soja, tabaco, maíz o algodón, la carretera lleva a esa exageración de todo lo que implica Estados Unidos –las lluvias, el calor, la crueldad del pasado, las riquezas naturales–, pero también conduce al corazón de esta ruta: las entrañas del blues.

Aunque el viaje comienza en Chicago, pronto abandonamos la ciudad rumbo a las raíces musicales e históricas del profundo sur, más allá de San Louis, donde los ríos Mississippi y Missouri se cruzan. A partir de aquí el recorrido tomará el aspecto que lleva el viajero en la imaginación, con permiso de unos días en los que nos desviamos a Nashville (Tennesse), una ciudad que amplifica –aún más– la leyenda musical de Estados Unidos.

Nashville es la cuna del country, algo que celebra el Salón de la Fama, donde su inmenso museo hace un recorrido por la historia de un género musical cuyas estrellas –desde Hank Williams a Dolly Parton, pasando por Johnny Cash– grabaron y convivieron; pero la realidad actual se ve en la céntrica calle Broadway, donde decenas de locales con música en directo animan la ciudad desde primeras horas de la mañana entre sombreros y botas cowboy. La música no duerme.

De la capital del country a la del blues. Una tarde de abril de 1953, un chico detuvo su camioneta en los estudios Sun, en Memphis, y grabó dos canciones por cuatro dólares para regalar un disco a su madre. Dos años después, aquel muchacho llamado Elvis Presley firmaba su primer gran contrato con una discográfica, empezando así la leyenda. Los estudios recuerdan la figura del productor Sam Philips, uno de los iconos de la música, y en su interior se grabó la primera canción de rock and roll de la historia: Rocket 88, de Jackie Brenston. Además de Elvis, Johnny Cash, Carl Perkins, Roy Orbison o Jerry Lee Lewis también grabaron en estas salas.

A un escaso kilómetro de los estudios está la calle Beale, capital mundial del blues en las primeras décadas del siglo XX y donde Elvis absorbió los ritmos de la música negra; también un joven B.B. King armó su leyenda aquí durante cientos de conciertos de blues reservados solo para negros. En Memphis, más allá de los conciertos de la calle Beale o el Lorraine Hotel, donde asesinaron a Martin Luther King en 1968, no hay muchos atractivos, aunque antes de abandonar la ciudad es obligatoria una parada en Graceland, la mansión de Elvis Presley. Es una casa de decoración hortera en la que se comprueban los profundos gustos de la leyenda musical tras un recorrido por la casa, los salones y una galería donde cuelgan las condecoraciones. La visita acaba en el jardín zen, donde “El Rey” está enterrado junto a su familia.

A partir de Memphis, el inmenso río Mississippi desciende con pereza, buscando la aún lejana desembocadura por inmensas planicies donde el clima propició los cultivos de algodón que pronto incorporaron la mano de obra esclava. Algunas de esas viejas plantaciones –Oak Alley o The Myrtles– se pueden visitar en el estado de Louisiana, aunque para entonces ya habremos buscado la historia de los lamentos de los que surgió el blues. Hay quien dice que fue en la plantación Dockery donde nació el blues del delta. Charley Patton, Robert Johnson y Howlin’ Wolf estuvieron en esta granja de algodón que hoy mantiene algún edificio donde unos altavoces amplifican “Spoonful Blues”, de Patton. Muy cerca de Dockery, entre campos solitarios y un atardecer de nubes negras, visitamos uno de los últimos juke joints que quedan en pie, esos bares en los que se reunían los negros. Y aunque el local está cerrado, su aspecto desguazado da fe de que la historia del Mississippi sigue respirando. De regreso a Clarksdale, la noche y una feroz tormenta plagada de relámpagos nos sorprenden en la carretera.

Clarksdale está a las puertas del estado de Mississippi, apenas 70 kilómetros antes de llegar a Dockery. Cuenta la leyenda que aquí, en el cruce de las carreteras 61 y 49, Robert Johnson vendió su alma al diablo a cambio de ser el mejor bluesman. Un pequeño monumento lo recuerda y el Ground Zero mantiene encendida la llama de la música en un edificio a primera vista desvencijado, aunque su aspecto sin pretensiones encaja en el estilo del blues que todas las noches hacen vibrar la ciudad. Por cierto: el veterano actor Morgan Freeman es copropietario del local y dicen que no es difícil ver a esta reconocida estrella de Hollywood asistir a los conciertos.

Para completar la inmersión musical, uno puede hacer noche en el Shack Up Inn de Clarksdale, una vieja plantación reconvertida en pequeñas cabañas de época. Pasearse entre sus jardines o el salón del bar, sacado directamente de los años 30, aviva la experiencia de ser testigo de los orígenes del blues.

El profundo Sur. La autopista 61 es una amplia carretera que cogemos a tramos, aunque la mejor manera de conocer las entrañas del sur es tomar carreteras secundarias entre riachuelos, granjas y pequeños pueblos. Ese es el espíritu de una región donde aún hoy se sufre la discriminación racial. En Mississippi encontramos hitos de la lucha por los derechos de los negros, aunque también algunos de los episodios más tristes que quedaron impunes.

En Money, difícil de hallar en el mapa, fue asesinado Emmett Till en 1955. Tenía 14 años y había silbado a una chica; los culpables quedaron absueltos y en el cercano poblado de Summer se abrió un centro de interpretación en su memoria. La lucha comenzó tras su asesinato en la triste década de los 50, tiempos de odio y lucha racial, pero de una riqueza cultural inmensa.

En el año 2006 se creó el Mississippi Blues Trail, una ruta compuesta ahora de más de doscientos lugares sagrados del blues, desde museos a edificios o locales. El primero de los lugares que la comisión incorporó fue Holly Ridge, la tumba de Charley Patton, como homenaje a uno de los fundadores del blues del Mississippi en un pueblo que apenas existe. Muy cerca, en Greenville, todos los setiembres se celebra un festival de blues desde hace cuatro décadas, una tradición que apunta directamente al espíritu de los documentales que dirigió Martin Scorsese: «El blues te devuelve allá donde nació la vida».

En las plantaciones. Más al sur, persiguiendo la desembocadura, el inmenso río gira a la altura de Vicksburg, una ciudad que sufrió los embates de la Guerra Civil durante los primeros seis meses de 1863. Fue una ciudad codiciada y se libró una larga campaña, aunque apenas nos detenemos rumbo a Natchez, en el límite del estado, donde paseamos entre la colección de mansiones construidas antes a la guerra. Sin embargo, estas casas céntricas y elegantes poco tienen que ver con las inmensas plantaciones de Louisiana.

En Greenwood Butler, en St. Francisville, pasamos la noche. La plantación llegó a tener casi cien esclavos en unas tierras que compraron a finales del siglo XVIII y de las que Anne es propietaria tras varias generaciones; algo raro, ya que entre las cerca de tres decenas de plantaciones que aún quedan en Louisiana, la mayoría se vendieron a otros propietarios.

La paz de una noche con el sonido de las cigarras es el mejor modo de prepararse antes de que el viaje desemboque, como el río, en Nueva Orleans: aquí, todo lo vivido en los más de 2.000 kilómetros de viaje se revuelve e intensifica.

La calle Bourbon, antaño refugio de marineros, se ha convertido en un monumento al divertimento nocturno, enfocándose en un turismo masivo. Ahora es la calle Frenchmen la que ha tomado el relevo para el turista que busca mayor tranquilidad, aunque la ciudad rebosa cultura después del huracán Katrina. La música en directo, las exposiciones y la alegría que se respira ha devuelto la creatividad a los artistas después de una etapa oscura: es imposible no cruzar pocas calles sin escuchar música callejera mientras el río Mississippi da los últimos estertores tras una larga compañía en el viaje. Después, el río se funde en el Golfo de México y nosotros regresamos al norte.