2018/02/11

Kosovo, en el congelador de la UE

Los políticos kosovares aseguraron que la integración global sería rápida, un triunfo raudo como fue la guerra que concluyó en 1999. Pero no fue así y, una década después de que Kosovo declarara su independencia, las consecuencias de la falta de reconocimiento de parte de la comunidad internacional, incluidos cinco miembros de la Unión Europea (UE), lastran el día a día de la sociedad.

Miguel Fernández
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La fecha: 17 de febrero de 2008. Kosovo, que proclama su independencia, es una fiesta de ilusión. Un día después, Estados Unidos, que llevaba varios años amenazando con apoyar la declaración unilateral de independencia, reconoce su soberanía. También lo hacen el Estado francés y Gran Bretaña. Luego es el turno de Alemania. Antes de finalizar el año, alimentando las esperanzas de la sociedad kosovar, 53 países apoyan su independencia. En 2018, el número asciende a 112. Se podría considerar un éxito si las líneas cuantitativas sumaran más que las cualitativas. Pero no es así, y sobre todo los cinco estados de la UE que siguen sin reconocer Kosovo, además de Rusia, China y, lógicamente, Serbia, consideran que todavía es una provincia serbia. Como resultado, el país no avanza en el plano internacional: no puede entrar en entidades globales como la ONU, por el veto ruso, ni tampoco integrarse en Europa. Este aislamiento, que condiciona la vida de los kosovares, es el precio de la independencia que nadie quiso escuchar y que los políticos trataron de ocultar.

Desde su particular atalaya, una pequeña tienda de confección en la ciudad de Prizren en la que apenas caben las máquinas de coser y dos personas, el bueno de Ismail recuerda con decepción esos días de esperanza en los que creía que Kosovo rodaba por una autopista de aceptación. Sus políticos así lo aseguraban, ocultando que los intereses particulares de los estados no entienden de humanismo, palabra que justificó la intervención en la guerra de la OTAN. Ismail, de ancha boca y pícara sonrisa, busca un culpable: «La UE nos ha abandonado. Aún no tenemos la liberalización de visados y por eso no podemos viajar. En los tiempos de Tito no teníamos esos problemas. De alguna manera éramos más libres. Ahora tenemos más derechos, pero no tenemos dinero».

Yugonostalgia en un albanés, consecuencia directa de la coyuntura, condicionada por la falta de reconocimiento. A sus 65 años, Ismail describe Kosovo como un reto, sobre todo para los jóvenes. La solución, dice, es generar empleo. Y para eso hacen falta empresas. Y para que las empresas aterricen se necesita reducir la corrupción y que llegue el reconocimiento. ¿Y qué hace falta para lograr el anhelado reconocimiento? A eso, Ismail no sabe qué responder. Simplemente describe la actual situación: «La independencia está bien, al menos para mí, que tengo trabajo y un coche. Estamos mejor que en los tiempos de Milosevic, pero con Tito sí que vivíamos bien: todo era gratis, teníamos fábricas y sobre todo trabajo. Ahora nuestros jóvenes no tienen esperanzas».

Agim Ramadani, gerente de una tienda de ropa en Prizren, región mestiza de apreciadas reliquias religiosas ortodoxas y otomanas, tiene 39 años. Es de etnia turca y dice llamarse como un mártir del Ejército de Liberación de Kosovo (UÇK) que da nombre a importantes calles del país. Mientras su empleada Derya atiende a los clientes, ratifica las palabras de Ismail: «El mejor momento fue con Tito. Los jóvenes no lo vivieron y dicen que no hay mejor momento que el actual, pero nadie está contento. Somos independientes, pero vivimos en una cárcel porque la UE nos ha traicionado». Derya, de 28 años, desconoce los pormenores políticos, aunque entiende que el futuro no es prometedor. «No se abren negocios por la corrupción y no veo solución. Yo tengo trabajo, pero aun así quiero irme a Europa. No quiero tener un hijo y que crezca en esta tierra sin oportunidades».

 

Kosovo es el país más pobre de Europa. Un funcionario gana unos 400 euros al mes, mientras que otros estratos sociales apenas alcanzan los 300, y, con una población inactiva cercana al 60%, el paro se sitúa alrededor del 30%, superando el 50% en los jóvenes.

Frente a la Biblioteca Nacional, en el campus de la Universidad de Pristina, el lugar en el que comenzaron las protestas de 1981 y 1997 que marcaron el devenir de Kosovo, Anton, estudiante de Filología alemana de 19 años, charla con varios amigos. Todos hablan inglés y parecen preparados para un futuro que no es el que les relataron en su infancia. Pese a ello, se muestra feliz: «Estamos mucho mejor que hace diez años. Ahora nos reconocen más de cien países, y eso ya es un cambio. Ahora nos llaman Kosovo y no Serbia. Tenemos problemas, pero vamos mejorando». Su amigo Fatbardh, un año mayor y un poco más alto, habla de los problemas endémicos: corrupción, crimen organizado y desempleo. Apunta también al aislamiento: «Es terrible. Que aún no tengamos los visados que nos prometieron es culpa de nuestros políticos, que nos han mentido constantemente, y de la UE».

En un ejemplo más de esas promesas incumplidas, el nuevo primer ministro, Ramush Haradinaj, un halcón del extinto UÇK, prometió que obtendría la liberalización de visados en sus tres primeros meses de gobierno. Han pasado nueve y, de nuevo, las palabras intentan engañar a la realidad. Digo intentan, porque los kosovares han aprendido a desconfiar de las promesas. La sociedad, hastiada, sin consuelo en el desgastado caramelo de la independencia, reclama hechos concretos. Sami Kurteshi, diputado de Vetëvendosje, una formación contraria al sistema clientelar de los grandes partidos que se ha convertido en la primera fuerza parlamentaria, habla de sueños corrompidos: «Nuestras expectativas fueron corrompidas por las promesas. Los políticos decían que en un año obtendríamos la liberalización de visados, pero en cada informe de progreso de la UE siempre los mayores problemas eran la corrupción y el crimen organizado. Ahora tenemos una condición más que hemos aceptado por nuestros corruptos políticos y que es falsa: la demarcación territorial con Montenegro. Decían que no era un problema y ahora sí que lo es porque la UE dice que nosotros la propusimos».

El anterior Ejecutivo se comprometió a entregar 8.000 hectáreas del valle de Rugova, una idílica región montañosa fronteriza con Montenegro. Es parte de los muchos acuerdos de demarcación territorial por resolver en los Balcanes que marcarán las relaciones en esta región. Adem Beha, politólogo de la Universidad de Pristina, explica las posibilidades del Gobierno: «Una sería pragmática, que es firmarlo, y la otra tardaría unos cuantos años más, que es mandarlo al arbitraje internacional». De nuevo en Kosovo, el único país de la región sin la liberalización de visados, los meses podrían convertirse en años. Kurteshi, mostrando un realismo impropio del espectro político kosovar, no es optimista: «No estamos ni cerca de obtenerlos. No tenemos nada bueno: la economía es un desastre y tenemos la mayor tasa de desempleo de Europa. Nuestros diplomas educativos no son reconocidos en Europa. Puede que sí en Albania y Montenegro, pero no podemos ser ingenieros y trabajar en Alemania. Esta es la situación, y no tenemos buenas perspectivas».

 


Bloqueo internacional. El presente kosovar es mucho más estable que el de Abjasia o Chipre del Norte, países dependientes de sus garantes, Rusia y Turquía, respectivamente. Pese a ello, Kosovo apenas ofrece atractivos económicos más allá de la mano de obra barata, por lo que su reconocimiento está subordinado a elementos exógenos relacionados con el tablero político de los Balcanes. Desde hace tres lustros, el lobby kosovar ha intentado convencer a los países que le niegan la entrada en la ONU, la UNESCO y la UE. El problema es que las posiciones parecen fijas, y se necesitaría un cambio radical para alterarlas.

En la ONU, Rusia, aliada de Serbia e interesada en mantener las disputas en los Balcanes para debilitar a la UE, y China, en apariencia menos implicada en la región, no reconocen Kosovo. Ambos tienen derecho a veto. Además, ningún país ha sido admitido recientemente en la ONU salvo los estados surgidos del proceso de descolonización, la división pactada de Sudán del Sur y las repúblicas de la antigua Yugoslavia, que por Constitución tenían el derecho de autodeterminación. Kosovo, al igual que Vojvodina, era una región autónoma, y carecía del mismo.

En la UE, el gran obstáculo para el proceso de adhesión son Eslovaquia, Rumanía, Grecia, Chipre y el Estado español. No reconocen Kosovo y, por tanto, lo lógico sería que veten su acceso. Un experto familiarizado con el proceso insiste en que el Estado español, que luce consenso nacional en ésta y otras causas secesionistas, es el más reacio a modificar su postura. Pese a ello, el presidente Hashim Thaçi aseguró en 2016 que Madrid pronto reconocería la soberanía de Kosovo. Han pasado dos años, y el conflicto en Catalunya no hace más que dificultar cualquier acercamiento. Esta dinámica, además del credo islámico de los albanokosovares y el temor de Alemania a ver una ola de kosovares llamando a sus puertas en busca de oportunidades laborales, sugiere que la UE dilatará el primer paso hacia la integración, la liberalización de visados, que para aprobarse necesita una mayoría cualificada del 55% de los estados y el 65% de la población comunitaria y que probablemente tendrá un carácter especial que no incluya a todos los países, como sucedió con el protocolo de Irlanda y Gran Bretaña en el espacio Schengen.

Esta situación especial ya se la pudo imaginar Martti Ahtisaari, el expresidente finés encargado de preparar el documento que definió el estatus soberano de Kosovo que da forma a su Constitución y por el que obtuvo el Nobel de la Paz. En la primavera de 2007 entendió que Rusia nunca aceptaría su plan en el Consejo de Seguridad de la ONU. Entonces, viendo en la declaración de independencia unilateral la única opción, viró en su estrategia para aunar el mayor consenso posible en la UE. Pero falló, evidenciándose la diversidad de intereses de los miembros de la UE y las contradicciones que elevan los nuevos estados en un mundo ya delimitado por el derecho internacional, debilitado por quienes apoyaron el carácter excepcional de Kosovo, que, según aseguraban, no serviría como precedente. Pero no fue así, como demostraría más tarde Putin en su “conquista” de Abjasia y Osetia del Sur.

 


Intereses serbios. Este embrollo internacional tendría su camino más sencillo si Serbia realmente quisiera normalizar sus relaciones con Kosovo. Es una cuestión de votos, y aunque la sociedad no esté en contra del diálogo, en las áreas rurales serbias aún escuece la pérdida de su antigua región. Pese a ello, bajo el auspicio de la UE, en los acuerdos de Bruselas de 2013 Serbia y Kosovo establecieron un diálogo. Como resultado, sus representantes firmaron en 2015 un documento con cuatro acuerdos: cooperación en energía, la Asociación de Municipalidades Serbias, la apertura del puente del río Ibar en la dividida ciudad de Mitrovicë y la concesión del código internacional kosovar para las llamadas de teléfono. Entre reproches mutuos, solo se ha implementado el último de estos acuerdos.

Además, reflejando la tensión latente, Kosovo suspendió el año pasado las conversaciones con Serbia. La decisión era una forma de protesta por la detención en el Estado francés de Haradinaj y su posible extradición a Serbia, que le acusa de crímenes de guerra. La máxima no ocurrió, y este año, cuando se retomaba el diálogo, asesinaron a un político moderado serbio que apostaba, sin reconocer la independencia, por la integración. Entonces Serbia aplazó la nueva ronda de negociaciones. Un albanokosovar culpa a la mafia serbia de ésta y otras escaramuzas: «Serbia juega sucio. De una tirada se quitan a un enemigo político, nos desacreditan y retrasan el diálogo con la UE».

Para Beha, «Serbia quiere que el proceso de independencia no sea completo y que el reconocimiento se alargue durante años. Además, se oponen a la autoridad de Kosovo en el norte del país». El norte de Kosovo es una región que comienza al cruzar el río Ibar, en la ciudad segregada de Mitrovicë: al sur, albaneses y al norte, serbios. Allí, en lo que parece un conflicto congelado, las estructuras paralelas en educación, sanidad y seguridad son un reto para Kosovo, que carece de autoridad real sobre la región.

 

 

El otro gran inconveniente para la normalización es la Asociación de Municipalidades Serbias, una autonomía asimétrica en un país ya descentralizado que afectaría a las diez municipalidades de mayoría serbia. Los albanokosovares se oponen, alegando que el objetivo es crear otra República Srpska, pero sin esta autonomía, recogida en el Plan Ahtisaari, los serbios seguirán diciendo que Pristina no cumple su parte del contrato. «No estamos en contra de la libertad de la gente ni de una autonomía, pero no queremos otra República Srpska en Kosovo. Nuestra Constitución está en línea con la Convención de los Derechos Humanos del Consejo de Europa. Podremos discutir de nuevo si encuentra una mejor. Pero lo que ellos quieren es otro estado dentro de Kosovo. Es inaceptable», sentencia Kurteshi, representante de un partido que se niega a dialogar con Serbia.

Según la Constitución, veinte de los 120 asientos del Parlamento corresponden a las minorías. A los serbios, que suman alrededor del 4% de la población, cifra estimada debido al boicot de esta comunidad durante el censo de 2011, les pertenecen diez. A través de Lista Srpska, partido controlado por Belgrado que aglutina la mayoría del voto serbio, en los últimos años han sido parte de las coaliciones gubernamentales, reconociendo a unos representantes a los que niega la soberanía sobre esta tierra. Eso, y aunque sea limitado a determinadas causas, es pragmatismo. Estos movimientos, que hace una década eran inimaginables, tendrían que concluir en un cierto grado de reconocimiento. Y si llegara, o en su defecto un sucedáneo que contente a ambas partes, la Unión Europea podría acelerar el proceso de adhesión serbio. Aunque sin avances, también podría congelarlo: Chipre, que entró en la UE sin resolver su conflicto con la comunidad turca, es un antecedente que probablemente Bruselas no quiera repetir. También, como señaló Crisis Group, un precedente que se podría adaptar es la relación que la RFA y la RDA llevaron desde 1972, cuando aceptaron el rol internacional de su homólogo sin reconocer formalmente la independencia.

En el sur de Mitrovicë, Lavdim Jolla, de 49 años y padre de tres hijos, es consciente de que la convivencia es imposible para las nuevas generaciones: «Los jóvenes no pueden convivir con los serbios. Mi hijo dice que es imposible. Para nosotros, pese a lo que aquí hicieron, es diferente». Jolla está feliz con la independencia, aunque recuerda los años en los que la mina Trepca alumbraba esta región. «Éramos más importantes que Pristina. Daba trabajo a 10.000 personas. Ahora no queda más que un poco de comercio y la construcción», explica. En su puesto callejero de productos de consumo diario, Jolla valora la situación como cualquier otro albanokosovar: «Nos hemos quedado sin perspectivas por la corrupción. Hay gente a la que solo le queda robar. Y parte de la culpa es de la UE, que nos prometió unas cosas que no se han cumplido y nos impuso unas obligaciones que Bulgaria no tuvo». Su hijo Endrit, de 17 años, aparece. Espera, a diferencia de otros jóvenes, que la educación sea el salvoconducto para huir a Europa. Jolla, que mira a su hijo para decir que todo es posible en Kosovo, reclama soluciones: «Hay que eliminar la corrupción para que así venga el capital y los jóvenes no se vayan».

Beha, quien dice que «Macedonia es similar en términos de corrupción, pero no tiene esa percepción», asegura que todo cambiará con el reconocimiento: «Hasta que el estatus de Kosovo no sea definido, y eso quiere decir hasta que no sea miembro de la ONU, este juego continuará». Mientras tanto, como si fuera un bebé que comienza a caminar, la innegable realidad avanza en el plano internacional. El fútbol es uno de esos ejemplos que lo ratifican: la FIFA aceptó a Kosovo en 2016. Así, probablemente un día se volverán a demostrar las fisuras de la comunidad internacional, aunque esta vez con una pelota de por medio. Imaginen que Kosovo se hubiera clasificado para el Mundial de Rusia. ¿Qué habría sucedido? Porque si bien un partido de clasificación continental se puede jugar en un país que reconozca Kosovo, un mundial no hace distinciones. Y Kosovo, por muchos motivos, es excepcional, aunque sus habitantes solo reclamen normalidad. Y para eso, el reconocimiento es vital.