2018/02/11

Minimalismo ornamental
IñIGO GARCIA ODIAGA
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El ornamento ha mantenido desde hace un par de siglos una relación de amor y odio con las artes y en especial con la arquitectura. La voluntad de adornar las formas, de dotarlas de mayor belleza mediante el añadido de materiales, formas o detalles para engalanarlas, construía en cierto modo una ideología. Una forma de pensar que, resumida, asociaba ornamento a la simbolización del lujo. Cuanto más adornado es un edificio, una prenda de vestir o un artículo de joyería, más mano de obra se ha dedicado a su producción, más esmero y cuidado, más cara es y, por tanto, más exclusiva.

Pero la revolución industrial y la producción mediante maquinaría alteró este esquema. De repente, la decoración se hizo barata y, por lo tanto, accesible al gran público, provocando nuevos movimientos artísticos como el de las Arts & Crafts liderado por William Morris.

Por supuesto, tan pronto como el adorno se vuelve popular, el gusto diferenciador de la élite propone una alteración de la simbología del ornamento. Teóricos como Nikolaus Pevsner o movimientos como la Bauhaus apuestan radicalmente por una estética despojada, limpia y clara, aludiendo a la pureza y a la sinceridad de los objetos. El despojo del ornamento se convierte en un deber ético, por el cual la belleza reside en la relación entre función, forma y materia, eliminando todo lo superfluo, alcanzando un minimalismo abstracto.

Pero desde una óptica contemporánea, tal vez el momento más interesante de esta confrontación entre ornamentación y minimalismo se encuentre en las ideas desplegadas por John Ruskin o Adolf Loos, que abogaban por un argumento moral que mediaba entre ambas tendencias. Un punto medio que critica con sarcasmo el exceso de decoración, pero que la defiende como valor simbólico o, si se prefiere, narrativo. El ornamento se entendería así como un lenguaje a través del cual la arquitectura se comunica con su público, con sus usuarios, apelando a su contexto cultural, social e incluso económico para establecer ese vínculo.

El trabajo actual de un gran número de arquitectos sería incomprensible sin este equilibrio entre abstracción y decoración. Herzog & de Meuron fueron de los primeros en explorar esta vía de investigación. Sus edificios contenidos en forma, calificados a menudo como “cajas”, ligaron su expresividad a la materia y su consciente superficialidad. Cobre, tableros de madera, piedra, impresiones o celosías aportaban ornamento a esa piel exterior como imbricar la arquitectura con el lugar. A menudo, esa epidermis se legitima mediante la participación de un artista, por ejemplo Thomas Ruff, en la Biblioteca Eberswalde; Michael Craig-Martin, en las fachadas del Laban Center londinense o Rémy Zaugg, en el edificio para la farmacéutica Roche en Basilea.

El trabajo de la oficina de Caruso St. John también explora ese equilibrio tenso entre minimalismo y ornamento en obras como la catedral de San Gallen o la reforma del Tate Britain. El diseño para el presbiterio de la catedral de San Gallen es una intervención en un espacio barroco, con sus bóvedas expansivas, techos pintados y una elaborada decoración figurativa. El altar queda ubicado bajo una cúpula con cielos pintados que parece, en cierto modo, recrear la ilusión de abrir el espacio de la iglesia al mundo.

Por el contrario, la intervención se propone equilibrar ese énfasis externo al traer una nueva intimidad al centro de la iglesia, proporcionando un punto de enfoque para los feligreses. El diseño establece un nuevo punto central, construido a partir de tres gradas circulares y un sobrio altar. El simbolismo de círculos, arcos y anillos, latentes dentro de la arquitectura barroca existente, se utiliza para enfatizar este punto de reunión en el corazón de la iglesia, de una manera abierta que no disminuye las cualidades expansivas existentes de la catedral.

Un friso delicado vegetal decora cada uno de los escalones, dando al zócalo una profundidad ocular que rima con los anillos celestes del techo superior; pero su materialidad es, por el contrario, abstracta, casi minimalista. Toda la pieza, aunque pétrea, es monolítica, construida sin juntas en un hormigón posteriormente pulido, prácticamente como una escultura o un mueble. El dibujo vegetal negro se aleja del lujo barroco y se incrusta en el pavimento casi como un tatuaje.

A menudo se piensa que el ornamento no es esencial para la arquitectura, pero en ocasiones parece indispensable. Un ornamento que sea capaz de contar historias, de narrar situaciones o de aludir al imaginario colectivo a través de su simbología, parece una herramienta artística demasiado poderosa para que la arquitectura pueda renunciar a ella.