2018/07/29

No podemos pesar igual a los 20 o a los 50
XANDRA ROMERO
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En relación a las consultas de nutrición en las cuales los pacientes precisan una reducción del peso corporal, a menudo, y sobre todo las mujeres, estos vienen con una cifra muy concreta en la cabeza.

Diría que en el 80% de los casos, dicha cifra no corresponde con la realidad, porque a menudo ese número es más pequeño de lo que nuestra salud nos permitiría. Recuerdo que el peso que deberíamos tener no depende de la altura, más bien se relaciona con el nivel de grasa, y este sí está determinado por el sexo y la edad.

Y he aquí la cuestión: la edad. Algo que, al parecer, se nos olvida pues a menudo escucho frases del tipo: «Es que con 20 años pesaba 60 kg». A lo que la respuesta suele ser: «Lo siento, pero tiene usted 55, se encuentra en un período fisiológico conocido como perimenopausia y, al margen de esto, el metabolismo y la biología de una persona con 20 años difiere bastante de la de una de 50». Tras esto la mayoría mira con cara de enfado porque supongo que algo resuena en sus cabezas pero, reconozcámoslo, ninguno llevamos bien esto de asumir el envejecimiento.

La evidencia de los estudios clínicos y experimentales muestra importantes cambios morfológicos y funcionales asociados a la edad. La realidad es que estos cambios que experimentamos, lo queramos o no, determinan que nuestra fisiología sea muy distinta a la de los sujetos en cualquier otra edad de la vida. Esto, como todo cambio fisiológico, debiera implicar ajustes específicos en nuestro cuidado y la supervisión de nuestra salud, como por ejemplo, tener claro que ni nuestro cuerpo ni nuestro peso puedas ser los mismos que veinte años atrás.

Con el paso de los años experimentamos importantes cambios en relación a nuestra constitución corporal; no obstante, esto es a menudo complicado de valorar debido a la gran variabilidad entre sujetos y la alta presencia de comorbilidad (la presencia de una o más enfermedades).

Sin embargo, como cambios generales asociados al envejecimiento, podemos observar un aumento progresivo de la proporción del peso corporal compuesto por grasa pues el tamaño del tejido adiposo se incrementa durante la edad adulta y se distribuye, fundamental e inicialmente, de modo subcutáneo. A medida que avanza la edad, es especialmente llamativo el aumento de la grasa visceral (aquella que no “molesta” como el michelín, pero que se adhiere a nuestros órganos). Este aumento de grasa corporal, especialmente visceral, participaría en una mayor resistencia insulínica que asociada a otros cambios relacionados con el funcionamiento de algunos órganos, facilitaría el desarrollo de diabetes.

Por otro lado, la fuerza y la masa muscular alcanzan su máxima expresión entre la segunda y la cuarta décadas de la vida y desde entonces se produce una declinación progresiva. El músculo sufre importantes cambios en relación a la edad: disminuye su masa, es infiltrado con grasa y tejido conectivo, hay una disminución especialmente significativa de algunos tipos de fibras musculares, disminución de las unidades motoras, y disminución del flujo sanguíneo. Todos estos cambios se traducen en una menor capacidad del músculo para generar fuerza.

Parece que estos cambios se relacionan con la actividad hormonal, con la reducción de la hormona de crecimiento, el factor de crecimiento y los andrógenos (hormonas sexuales masculinas).

Nadie se baña dos veces en el mismo río y nadie tiene la misma anatomía a los 20 que a los 30 o a los 50 años. De modo que, cuando pensemos en nuestro cuerpo, seamos conscientes del paso del tiempo y ajustemos nuestras expectativas de salud.