2018/08/05

Ecos georgianos de la guerra de los Cinco Días

El mismo día que se inauguraban los JJ.OO. de Pekín, Tbilisi intervino en el territorio en rebeldía de Osetia del Sur. El ataque trajo una rápida y contundente respuesta de Moscú. 7K habla con varios georgianos de aquella guerra y sus recuerdos al respecto.

Pablo González
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El 8 de agosto de 2008 estallaba la guerra entre Georgia y Rusia que llevó a la pérdida de facto de la quinta parte del territorio georgiano y a la formación de dos estados nuevos: Abjasia y Osetia del Sur. A día de hoy, ninguno de ellos ha recibido más reconocimiento que el de Rusia y unos pocos aliados suyos. Diez años después, las relaciones ruso-georgianas han cambiado sustancialmente bajo la influencia de los intereses económicos mutuos. Aun así, el recuerdo de la guerra sigue presente, aunque cada vez más difuminado. Hablamos con varios georgianos sobre la guerra, sus recuerdos de entonces y la situación actual.

Nuestros interlocutores son Sandra Roelofs (1968), primera dama de Georgia entre 2004 y 2013 y esposa de Mijeil Saakashvili; Sofa Sofromadze (1986), militar en activo y hermana de un soldado fallecido tras caer prisionero de las tropas osetias; Eka Gigauri (1978), un alto cargo de las tropas de frontera en 2008 y, en la actualidad, jefa de Transparencia Internacional Georgia; Dimitri Lortkipanidze (1967), diputado en el pasado del Parlamento georgiano y miembro de la comisión que investigó el conflicto. También un ex-militar georgiano al que hemos llamado con el nombre ficticio de David porque, por motivos de seguridad, prefiere no identificarse públicamente.

El comienzo del conflicto. Para Sandra Roelofs, la guerra empezó en Pekín, en los JJ.OO. «Estaba representando a Georgia con mis hijos. El presidente se iba a reunir con nosotros, pero en el último momento anuló el viaje porque algo extraño estaba sucediendo. Al día siguiente, al ver a mi marido en la CNN y otros canales, entendimos que algo iba mal. Decidimos volver a casa y volamos a Kiev. De allí, junto al entonces presidente de Ucrania Yuschenko y los presidentes de Polonia, Lituania y Letonia, íbamos a coger el mismo Tu-154 que se estrelló en Smolensk años después. Íbamos a volar a Tbilisi pero, por miedo a un ataque ruso, finalmente lo hicimos a Bakú».

«De allí, en varios coches y a mucha velocidad, viajamos a Tbilisi –prosigue–, directamente al Parlamento. En esos momentos estaban allí los presidentes de Georgia, Misha (diminutivo cariñoso de su marido), y el francés, Nicolas Sarkozy. Eran momentos muy difíciles, con nuestra población en peligro, muchos fuera de sus casas, intentando refugiarse en zonas más seguras, con los bombardeos todavía en marcha en muchos lugares. Al quinto día de la guerra se supo que habría un armisticio gracias a los presidentes europeos, especialmente a Sarkozy. Nuestra narrativa era que Occidente estaba con nosotros y que habíamos ganado. Hacíamos estas declaraciones para dar ánimos en momentos muy difíciles, algo un tanto artificial para mí, pero que era necesario en aquel momento para mostrar que habíamos sobrevivido a la guerra».

David era militar de una de las brigadas del Ejército georgiano. Tenía ya experiencia de misiones en el extranjero, como Afganistán o Irak, pero aun así la guerra lo cogió por sorpresa. Sus conocidos en el área de operaciones le contaban que la tensión estaba creciendo, pero no esperaban algo así. Incluso siendo militar, se enteró del comienzo de la guerra por la televisión.

Algo parecido le ocurrió a Sofa. En aquel entonces ella no era militar, trabajaba de médico civil, pero su hermano ya estaba sirviendo como comandante de un tanque T-72 en la primera brigada del Ejército georgiano. A su hermano lo llamaron para reincorporarse a filas dos semanas antes de la guerra, cuando estaba de vacaciones con su familia. Ella comprendió que estaban en guerra al ver las noticias en la televisión, aunque muchos amigos ya habían vaticinado que la situación era difícil en la zona de Tsjinvali.

A Eka Gigauri el comienzo del conflicto la cogió en su puesto de trabajo. «Yo era la número dos al mando en las tropas de frontera de Georgia. No eran solo los policías quienes estaban en la frontera física o los controles fronterizos de los aeropuertos, sino también los guardacostas. Mi jefe me informó de que había provocaciones en la frontera y existía la posibilidad de que Georgia respondiera con una operación policial, porque así se llamó entonces. Teníamos fuerzas especiales que participaron en la operación, pero la guerra para mí empezó con los bombardeos al puerto de Poti. Allí teníamos nuestros barcos. Todos nuestros mandos estaban en el área de operaciones y yo era la que tenía que decidir qué hacer con la situación en Poti, respecto la gente que trabajaba en el aeropuerto de Tbilisi, ya que estaban bombardeando áreas cercanas. Tenía que decidir cómo y a dónde evacuar a esa gente. Era algo nuevo para mí, pero ahora puedo decir que al menos yo estaba preparada para una situación de crisis».

Dimitri Lortkipanidze no tiene un recuerdo claro de cómo empezó, pero su la primera imagen llamativa que le viene a la memoria es el pánico de los responsables del Ministerio de Defensa georgiano. «En agosto de 2008, el propio ministerio entró en pánico y empezó la evacuación de Tbilisi de su gente antes de la población civil georgiana de la región de Tsjinval. Era patético verles correr por la avenida Aghmashenebeli con sus ordenadores para refugiarse en el metro, por miedo a ataques de la aviación rusa».

La guerra. Precisamente este comienzo fue uno de los puntos más polémicos del conflicto. Las autoridades georgianas intentaron hacer entender que fueron las tropas rusas las que entraron primero en Georgia, y solo después se produjo el ataque georgiano contra Tsjinvali. Los rusos sostienen, por contra, que solamente reaccionaron para proteger a la población local de Osetia del Sur del ataque georgiano, donde al menos el 70% tenía pasaporte ruso. La comisión de la UE encabezada por la diplomática suiza Heidi Tagliavini determinó, en una investigación posterior, que fue Georgia quién empezó la guerra aunque, según la misma comisión, Rusia respondió de una manera desproporcionada.

Lo que recuerdan a día de hoy los responsables políticos es un tanto diferente. Para Roelofs: «Es muy difícil saber quién fue el que entró primero. Los rusos utilizaron su influencia, que es muy grande, haciendo ver sus esfuerzos en los medios de comunicación. Además, allí también empezó la guerra informativa, con las noticias falsas. Rusia provocó a Georgia jugando con el temperamento del presidente, y este picó. Lo provocaron sabiendo que habría respuesta y, cuando esta se produjo, la utilizaron en beneficio propio. Fue una reacción a una provocación seria».

Algo parecido opina Gigauri: «Nadie esperaba una guerra con Rusia. Por nuestras fuerzas especiales, que entraban allí en misiones de reconocimiento, sabíamos que los osetios estaban bien armados. Nuestra reacción fue a esas armas, pero no esperábamos la entrada de todo un cuerpo de Ejército ruso. Nuestro sistema no estaba preparado para una crisis así. La toma de decisión fue bastante problemática en muchos momentos. Saakashvili picó en la provocación. Aun así, para los georgianos esos territorios son un tema sumamente importante. Por otro lado, seguramente Saakashvili no podría haber actuado de otra manera, porque allí disparaban y no había muchas opciones».

Lortkipanidze es más crítico con el Gobierno y opina que no solo se cayó en la trampa rusa; añade incluso que el ejecutivo actuó de forma deficiente durante buena parte del conflicto. «Fui miembro de la comisión parlamentaria que investigó la guerra. Mi apartado era el estado de la defensa civil durante el conflicto y la defensa contra la agresión. Se descubrió que Georgia no había cumplido ninguno de los puntos del acuerdo internacional de 2005. ‘Tiramos’ de gente con la esperanza de que se produjera una gran catástrofe humanitaria, con muchas víctimas causadas por la guerra y la agresión rusa. A nuestros estudiantes se les envió al frente en más de un centenar de autobuses amarillos que no tenían ningún tipo de camuflaje. Había aviones de ataque ruso Su-25 volando por encima de nuestros hijos, pero no los tocaron. Hubo bombardeos contra objetivos militares y, sí, hubo víctimas entre la población civil, pero pudo ser cien veces más sangriento».

«Los dirigentes de aquel entonces mandaban a nuestros reservistas con un fusil, un cargador y sin alimentos a la guerra. Cientos de jóvenes sin experiencia militar, acompañados por algún oficial también sin experiencia, eran enviados a Tsjuinvali, a una ‘bolsa’, en jerga militar. Nuestras fuerzas regulares tuvieron unas pérdidas de más de 200 personas, pero potencialmente hubieran podido ser fácilmente más de 3.000 bajas, tres cuartos de las cuales habrían sido de reservistas-estudiantes. Todo esto era responsabilidad del partido Movimiento Nacional Unido del entonces presidente Saakashvili».

Para Lortkipanidze, «Georgia cayó en la trampa rusa, y picó bien, mientras que Rusia, al ver que podía tener problemas luego, paró su ofensiva. Otro motivo que llevó a la guerra es el aspecto económico. Los rusos bombardearon y destruyeron mucha infraestructura militar. En Senaki y Gori se perdieron dos bases militares repletas de equipo hasta los topes. Como dice un dicho ruso, ‘la guerra lo justificará todo’. Hasta el Congreso de EEUU se preguntó hace unos años a dónde fue a parar todo el equipamiento pagado con dinero americano. Algo similar pasó luego con las casas para refugiados pagadas con dinero internacional. El plan era hacer casas con agua potable, drenaje... pero poco de ello se hizo de manera adecuada».

Además, añade dos curiosas informaciones sobre aquellos días: «¿Por qué nadie informó de que saqueadores osetios llegaron a entrar en Gori y que fueron las tropas rusas las que fusilaron a varios de ellos en el lugar, defendiendo a los habitantes georgianos? ¿O la historia de cómo un miembro de la comisión de Defensa del Parlamento georgiano persiguió al general ruso Borisov ofreciéndole 50.000 dólares para que dinamitara el monumento a Stalin del centro de Gori?».

Si bien la clase política no estuvo a la altura, sí lo intentaron estar las propias fuerzas armadas georgianas, pero la pérdida de la cadena de mando fue crucial. Para “David”, los soldados estaban bien preparados, habían estado y combatido en Afganistán e Irak, pero la lucha era desigual sobre todo por la aviación rusa. Él intentó incorporarse a su unidad en las cercanías de Tsjinvali. Había estado de baja por enfermedad, pero, cuando supo de la guerra, se dirigió al frente junto a otros compañeros. Llegando a Tsjinvali fue herido en la cabeza durante un bombardeo de la aviación rusa. Gran parte de los componentes de su unidad que cayeron heridos o murieron lo hicieron por las bombas lanzadas por aviones rusos.

Sobre el terreno, a los georgianos no les fue mucho mejor. El hermano de Sofa, Shako, llegó a entablar combate con su carro blindado, pero este fue dañado al poco y tuvo que combatir a pie, cayendo prisionero el mismo día 8 de agosto. Estuvo preso cuatro días y, por la información que tiene la familia, lo fusilaron en torno al 12 de agosto. Sus restos, junto a los de otros 44 georgianos, los recuperaron un tiempo después por mediación de la iglesia ortodoxa. Lo identificaron mediante un análisis de ADN. Murió a los 25 años dejando mujer y dos hijos. Es uno de los cerca de 170 militares georgianos fallecidos en esa guerra.

Cambios en la postguerra. Gigauri opina que «después de la guerra, el Estado se volvió autoritario y muy agresivo ante las críticas. Todo esto cambió al país. Se actuó contra la oposición, la sociedad civil y los medios. Todo ello llevó a perder el poder a Saakashvili».

La propia esposa del expresidente, Sandra Roelofs, opina algo parecido: «2004-2008 fue todo positivo, las reformas funcionaban. Se pagaron pensiones, se acabó la crisis energética en el país. Después de la guerra, por una serie de factores fue perdiendo el apoyo de la población. La tolerancia no consiguió que la criminalidad bajara pero, por otro lado, ello llevó a mucha gente a la cárcel, a más de 20.000 personas. Cada uno de esos presos tenía un mínimo de diez amigos y veinte familiares. Por cada persona, una media de cincuenta personas cercanas, entre familiares y amigos. Así que 20.000 cincuenta veces hacen un millón de personas. Más de una cuarta parte de la población se vio relacionada con esa tolerancia cero y sufrió por ello. Problemas como la tuberculosis se vieron agravados por la masificación en las cárceles. Le advertí que eso acabaría mal, pero lo de calmar la situación nunca estaba en su agenda».

Nuevos aires con los rusos. La ex primera dama y activista en la actualidad analiza el cambio que ha sufrido la política georgiana respecto a Rusia desde que su marido, Saakashvili, dejara el poder. «El nuevo Gobierno ha escogido la vía de apaciguamiento con Rusia. Ivanishvili tiene muchos contactos no oficiales con Rusia. Además, parte de la población, sobre todo la de más edad, tiene un recuerdo de la vida en la URSS muy positiva. Su vida era quizás no muy abierta, pero tenían trabajo, gozaban de vacaciones, había buenos productos y estrechos contactos con otras repúblicas. Georgia era muy popular en la URSS. Además Rusia utiliza muy bien su ‘poder blando’ en Georgia. La propaganda y el trabajo de las organizaciones no gubernamentales va haciendo efecto, sobre todo en las áreas rurales. Su discurso es simple: ‘Rusia no os ha hecho nada personalmente, el tema de Abjasia y Osetia a vosotros no os toca, ha sido todo culpa de Saakashvili y sus disputas con el Kremlin, Rusia no es mala y además allí las pensiones son más grandes’. A ello le añaden el argumento de que Rusia defiende a los suyos».

Ser patriota sale muy caro. «Además, desde 2012, la vida es cada vez peor. El nivel de vida ha caído según numerosos estudios hechos por organismos internacionales. Por ello, cada vez más georgianos ven en Rusia una alternativa para mejorar su nivel de vida. Ser patriota hoy en día sale muy caro. Toda esta combinación de factores hace que Rusia tenga unas posiciones mucho más fuertes que hace diez años. La propaganda también funciona. Aun así, los rusos visitan Georgia sin problemas».

Eka Gigauri añade que «siempre hemos tenido inversiones rusas, antes y después de la guerra. Nunca hemos tenido problemas con los turistas rusos. Los georgianos diferencian mucho entre lo que es la política y el Gobierno y la gente. Somos un país turístico y no podemos permitirnos hacerlo de otra manera. La política del Estado ruso es incorrecta hacia nosotros, pero la gente es otro tema. Además, Rusia hace que no se olvide, ya que casi cada semana en la frontera secuestran a alguien. Hay un porcentaje de gente que sí defiende la posición de que no hay que enfadarse con Rusia y escucharla más, no entrar en OTAN y UE, pero incluso para ellos casos así son muy trágicos».

«Occidente también debería recapacitar sobre qué es lo que hizo mal. En Georgia hay una opinión extendida de que ‘sí, estuvisteis a nuestro lado, pero no hicisteis lo suficiente por nosotros’. Les decíamos que Georgia fue un test, y la siguiente sería Ucrania, como así ha sido. Si después de Georgia se hubieran hecho las sanciones como ahora, quizás lo de Ucrania no hubiera sucedido».

La problemática continua. Rusia se ha convertido en el mayor socio comercial de Georgia aún a pesar de que siguen sin tener relaciones diplomáticas. Los turistas rusos entran en Georgia sin visado, los georgianos sí lo necesitan para visitar Rusia. En el propio centro de Tbilisi, incluso delante del Parlamento nacional, hay multitud de carteles en ruso ofreciendo excursiones por el país. Georgia exporta cientos de millones de botellas de vino al año a Rusia, el mayor destino, con mucha diferencia, de este producto esencial para la economía georgiana. Rusia es también el país con el mayor porcentaje del dinero enviado por los georgianos que trabajan fuera a sus familiares, otro punto clave para la economía local.

Si bien los militares entrevistados, Sofa y David se muestran muy negativos hacia los rusos y su presencia en el país, al opinar que la guerra y los muertos no se olvidarán, la realidad económica poco a poco va limando esta posición. El propio David no quiere mostrar su rostro y decir nombre real porque viaja a Rusia por negocios y asuntos familiares a veces y espera empezar a trabajar con turistas rusos tras dejar el ejército, donde no le pagan lo suficiente para llevar el nivel de vida acorde con lo que él espera.

Todo ello no quita para que, a día de hoy, la frontera entre Georgia y Osetia del Sur esté fuertemente vigilada, con multitud de cámaras, incluso en los árboles. Cientos de kilómetros de alambres y verjas, y tropas apostadas en las colinas que vigilan a cualquiera que se acerque. Hay varias bases militares rusas en Osetia, algunas de las cuales se ven desde posiciones georgianas, al igual que Tsjinvali, la capital suroseta.

El recuerdo de la guerra, en el plano de monumentos, se ciñe a un cementerio especial dedicado a los caídos a las afueras de Tbilisi, donde está enterrado el hermano de Sofa y varios amigos de David, y a una torre con las estrellas de la UE en una rotonda en el centro de Tbilisi.

En la frontera existen solo dos pasos abiertos: uno para la población y otro para intercambios diplomáticos y de prisioneros. Estos últimos son siempre georgianos que entran por error, o son secuestrados, según el caso y la versión contada, por las fuerzas surosetas. Las relaciones ruso-georgianas son un caso muy peculiar diez años después de la guerra; sin relaciones diplomáticas, con gran intercambio económico, y una tensión no resuelta.