2018/08/05

Enrike Zuazua
matemático
Morir en busca de la luz

Todo humano, por mucho que se empeñe en ser sedentario, está condenado, mientras viva, a ser un nómada de espíritu, un viajero confinado en un cuerpo que ni siquiera le pertenece, construido con materiales propios de este planeta, el único en que su existencia es posible y que, por tanto, al final del viaje, le serán arrebatados.

El destino de la polilla es paradójico: morir por seguir su propio instinto que, genéticamente, por efecto de la fototaxia, le impulsa a volar hacia la luna de noche, con el fin de evitar los numerosos peligros y obstáculos próximos al suelo, como los árboles o los reptiles. Su genética aún no ha reparado en que, con la llegada de la civilización humana y la invención de la luz artificial, ese automatismo hace que hoy, cada noche, un ejército de polillas muera achicharrado en el infierno artificial de una infinidad de bombillas incandescentes creado por el hombre.

También los humanos conocemos la experiencia sensorial de la luz; incluso los invidentes, que perciben en sus párpados su cálida caricia. La luz es para nosotros fuente externa de energía imprescindible, que alimenta permanentemente nuestro ser, ese tesoro íntimo, interno, síntesis de herencia genética, sabiduría y conocimiento con el que establecemos conexión continua con nuestro entorno.

Nos enseñaron que esa interacción permanente entre nuestro ser y el luminoso entorno es más fructuosa en caso de seguir el camino recto, en un sentido moral. Y nos dieron unas pautas generales, siempre difíciles de respetar, tanto por su alto nivel de exigencia y rigor como por la escasez de pistas de las que venía acompañado tan ambicioso encargo. Tal vez por eso hayamos necesitado construir disciplinas como la Filosofía y la Ética, o las religiones, como armazones de nuestras civilizaciones sobre las que cada individuo pudiese escalar sin desviarse de la ruta.

Si el camino de la luz hubiese sido fácil nadie se habría preocupado en identificar, sistematizar, sintetizar, escribir y predicar las reglas necesarias para andarlo. Los diez mandamientos de las tablas de piedra de Moisés, fundamento de la ética judeocristiana, son un buen ejemplo; una síntesis de los principios básicos de la moral que, de un modo u otro, todo código de comportamiento humano ha de contemplar.

Nos hablaron de la importancia de la rectitud, pero nadie nos dijo que su búsqueda fuera una quimera; no nos mencionaron las más que probables sinuosas curvas del camino, su pendiente, la enrevesada orografía, las inclemencias del tiempo, ni tantos otros peligros que acechan al viajero.

Ni siquiera se nos advirtió de que recorrer el camino no es una opción sino, de hecho, una obligación. Todo humano, por mucho que se empeñe en ser sedentario, está condenado, mientras viva, a ser un nómada de espíritu, un viajero confinado en un cuerpo que ni siquiera le pertenece, construido con materiales propios de este planeta, el único en que su existencia es posible y que, por tanto, al final del viaje, le serán arrebatados.

Es así. El inexorable paso del tiempo hace que, incluso en los momentos de mayor estancamiento, avancemos, aunque solo sea al ver pasar perezosamente los días en el calendario, como el viajero que contempla el cambiante paisaje desde el tren en marcha, como el insomne que espera impaciente que el amanecer termine con una larga noche en vela.

Es difícil encarar el futuro con rectitud, pero es irremediable intentar hacerlo. Buscamos, como los insectos en la noche, la luz, que para los humanos adquiere diferentes expresiones: salud, paz, carrera profesional, éxito, amor…

Procuramos hacerlo inútilmente en línea recta, el escurridizo camino más corto entre dos puntos en el espacio geométrico de Euclides, que es a la vez sencillez y complejidad.

Por paradójico que resulte, el trazo más simple en apariencia, el recto, es para el dibujante el de hechura más difícil, pues delata el pulso tembloroso, como el tambaleante caminar evidencia al borracho. Tal vez de ahí nos venga la expresión de «Simple is beautiful» (Lo simple es hermoso).

Lao Tse solo tenía tres cosas que enseñar: Simplicidad, paciencia y compasión. La existencia del sabio y el tiempo en que vivió como autor del “Tao Te Ching”, la obra esencial del taoísmo, es aún tema de debate. Pero poco importa pues su enseñanza aún hoy permanece, poniendo el acento en la simplicidad, bien elemental y a la vez esencial, cada vez más preciada e inalcanzable en la era de la complejidad, de la saturación de la información, del consumo desmedido, de la comunicación permanente.

Para Lao Tse, la simplicidad era en sí el camino hacia la luz, que solo podía ser andado con suma paciencia y con la cantimplora llena de infinita compasión para tolerarnos y tolerar nuestra innata torpeza.

En el universo imaginario de Tolkien solo los barcos élficos pueden dirigirse en línea recta a las Tierras Imperecederas, navegando a través del aire, a la vez que el mundo se curva bajo ellos, y la corta vida de los hombres se extingue como la de las polillas quemadas por la luz.

El destino que Tolkien asigna a los hombres en su mundo de ficción no es muy distinto al que parece habérsenos concedido hoy en lo cotidiano, donde gran parte de nuestras energías se dispersan en batallas estériles.

La polilla no es más que una de las víctimas de los efectos colaterales de la intervención humana sobre el planeta en el que, como especie, seguimos un camino imperfecto, no rectilíneo, que resulta nefasto para muchos de nuestros congéneres.

¿Cuántos siglos o milenios tendrán que transcurrir hasta que la genética de la polilla integre que, de no mutar, de no desprenderse del instinto fototáxico, su especie perecerá fundida por una infinidad de bombillas que alumbran la noche artificial que el hombre ha inventado?

El destino de los pequeños pueblos y culturas que con creciente dificultad sortean y atraviesan la era de la globalización corre el riesgo de ser el mismo pues, dispuestos a dirigirse al lejano horizonte de la libertad plena, perecen inadvertidamente achicharrados en las primeras bombillas de las luchas intestinas por los espacios y recursos que generan los primeros avances en el camino hacia la soberanía.

¿Cuánto tardaremos nosotros en darnos cuenta de los riesgos que nos acechan?

Mikel Laboa ya lo señaló en su canción “Ihesa zilegi baliz” (Si huir fuese lícito): No es lícito huir del camino correcto, siempre tan difícil de identificar, ni de escapar de los riesgos que entraña. Su balada dice así: «Ihes betea zilegi balitz… ni ez nintzake inorentzako eskandaluzko kaltea, lur hotz batetan aldatutako landare sustrai gabea» (Si fuera lícito huir… no sería para nadie causa de escándalo, ni planta desarraigada sembrada en tierra fría).

Hay quien dice que esta tierra, mientras mirábamos al infinito, se habría enfriado irreversible e inadvertidamente, pues ya no sustenta a los seres que en ella nacieron, ni responde a los estímulos emitidos en su propia lengua. Mientras, otros dicen que aquéllos son simples agoreros.

La mayoría asistimos perplejos, sin saber interpretar un cúmulo de síntomas en apariencia contradictorios. Pero vemos que, cada noche, a la vez que las polillas se achicharran, los nuestros dejan esta tierra ya sea por voluntad propia o expulsados por los que, abanderados de luz, parecen cegados por la misma.

Siempre supimos que es fácil perderse en el laberinto, pero tal vez no supiéramos que es aún más fácil perecer en el simple camino recto.