2018/08/05

Reflejo de un tiempo que le tocó vivir
IBAI GANDIAGA
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Las construcciones que reflejan el exterior se niegan a sí mismas. Esos edificios con fachadas de vidrio, en donde lo único que se ve es el reflejo de la ciudad que los rodea, fueron tomados como una declaración de principios de la arquitectura posmoderna. El hotel Westin Bonaventure, en Los Ángeles, obra del arquitecto y promotor estadounidense John Portman, recibió esa dura crítica por parte de dos de los más grandes pensadores del siglo XX: Fredric Jameson y Edward Soja. Portman transformó totalmente el skyline de su Atlanta natal, y realizó más de veinte grandes hoteles por todo el mundo, siendo tal vez los más reconocidos el Hyatt Regency y el Marriot Marquis. Y sería el angelino Bonaventure el que lo colocaría en las páginas de historia de la arquitectura. Casi cuarenta años más tarde, transcurrido el tiempo suficiente, nos podemos preguntar si aquello fue tan terrible como lo pintaron.

Algunos ejemplos del uso del reflejo juegan con esa negación, como la fachada inclinada del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (Albert Viaplana), mientras que otros la usan para fundirse con el entorno, como el edificio Bake-Eder de Getxo (G&C Arquitectos). Otros tratan de esconder la masividad de su edificio tras el reflejo, como la Torre Iberdrola (de César Pelli), o bien para evidenciar una forma más o menos banal, como en la también bilbaina sede de Osakidetza (Coll-Barreu Arquitectos). El Bonaventure planteaba ese mismo juego con una agrupación de cuatro gigantescos volúmenes cilíndricos recubiertos de vidrio.

La arquitectura tardó mucho tiempo en convertirse en un punto central del debate ideológico de las ciudades; si la Modernidad tuvo reflejo en la arquitectura, puede afirmarse que esta también fue un importante catalizador en el paso a la Posmodernidad. El propio Jameson, influyente filósofo de la historia del arte, afirmó que «fue precisamente a partir de los debates sobre arquitectura cuando comenzó a surgir inicialmente mi propia definición del posmodernismo».

La Modernidad, surgida de las cenizas de la Primera Guerra Mundial, quería un mundo nuevo. La arquitectura racional y ordenada se calzó como un guante en una época en la que la sociedad necesitaba reconstruirse tras dos grandes contiendas. Después, Estados Unidos soltó dos bombas y mató a 250.000 personas de golpe y porrazo, y aquello supuso el fin del relato positivista de un futuro de piruletas y algodón de azúcar. La liberalización y desregularización de las políticas económicas globales hicieron el resto. La Posmodernidad era un hecho en la década de los 80. Ya no servían los viejos esquemas de “buenos-malos”, “capitalista-comunista” o “antiguo-moderno”.

Los arquitectos se subieron al carro de la historia y comenzaron primero a estudiar aquello que les rodeaba y que quedaba en las afueras del proyecto uniforme, prístino y ordenado de la Modernidad. Si las primeras obras de John Portman hablaban de un mundo más ordenado y racional –son notables sus primeros proyectos racionalistas–, los últimos se adentraban en el posmodernismo. Una de las características esenciales de la arquitectura posmoderna era un cierto gusto por el kitsch y el pastiche, pero otra muy marcada fue la del uso de una fachada reflectante a modo de piel del edificio. Los hoteles que construyó Portman se colocaban en los downtowns o centros de las ciudades de las urbes americanas, que habían sido vaciadas de clase media blanca, aquella que “voló” a los suburbios. Los centros se quedaron a merced de la pobreza y con una elevada tasa de criminalidad. Los hoteles se cerraban a sí mismos, porque lo que tenían fuera no era agradable, según su concepción. Como paradigma de esto, Portman construyó el Marriot Marquis en pleno Times Square sin darle la más mínima relación con el exterior, siendo, hoy por hoy, la zona con los metros cuadrados más caros del planeta.

Si el reflejo aislaba del entorno, el interior pretendía crear un mundo propio; el Bonaventure cuenta con un atrio donde se apilan balconadas, pasarelas y logias que luego servirían como modelo tipológico del gran hotel global. Sus interiores, de gran potencia visual, han servido de decorado en numerosas ocasiones, siendo la última notable ocasión la película “Interstellar”, de Christopher Nolan. Aunque la definición de Jameson era totalmente correcta, la crítica solo se puede entender hacia el momento concreto y no a la obra, porque ¿qué mejor piropo para una obra de arte que el que sea reflejo del tiempo que le ha tocado vivir?