2018/08/12

«Two-Lane Blacktop»
MIKEL INSAUSTI
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Me es difícil habar de mi película favorita, porque no me consuela para nada que sea considerada una obra de culto hoy en día. Pienso en lo que tuvo que sufrir su autor, Monte Hellman, cargando para el resto de su vida con la etiqueta de cineasta maldito o de genio en la sombra. El error estuvo en que fue su primera y última película distribuida por un gran estudio, ya que Universal quería dar una respuesta al éxito generacional alcanzado poco antes por “Easy Rider” (1969). Por cariño y respeto a la memoria de Dennis Hopper, me abstendré muy mucho de hacer comparaciones entre ambos títulos, ya que se puede decir que “Carretera asfaltada en dos direcciones” (1971) era justo todo lo contrario, pues venía a desmitificar el género de la road movie. Y lo cierto es que solo costó alrededor de 800.000 dólares, puesto que Monte Hellman la rodó con el mismo espíritu independiente de sus míticos westerns “A través del huracán” (1965) y “El tiroteo” (1966). Siempre en un estilo fronterizo cercano a Sam Peckinpah, con quien compartía al actor Warren Oates como fijo y que, por suerte, tuvo continuidad en “Gallos de pelea” (1977), y ya menos en el spaghetti-western “Clayton Drumm” (1978) con diferencias artísticas y problemas de rodaje por medio.

Monte Hellman es una leyenda viviente, un anciano que regresó a la Mostra de Venecia a punto de cumplir 80 años con el thriller inmerso en el cine “Road to Nowhere” (2010). Pero no, el cineasta neoyorquino tuvo su momento entre finales de los sesenta y principios de los setenta, en plena eclosión de lo que entonces se llamó el nuevo cine americano. Y no quiso seguir la corriente coyuntural, prefiriendo situarse como un francotirador en tierra de nadie, aún a costa de pagar un alto precio por ello. Para un creador nato como él fue difícil encontrar una identidad propia al margen de la industria de Hollywood, entre el cine de autor independiente y los presupuestos modestos y estilemas a contracorriente de la serie B. Por eso se ha dicho que “Two-Lane Blacktop” es un trabajo autoral influenciado por la Nouvelle Vague para autocines.

Pero dejémonos de rodeos y circunloquios, porque se trata simplemente de cine en estado puro. Esta misma historia itinerante de haber sido hecha mediante una narrativa convencional sería un producto más, pero su tono existencial, o si se prefiere nihilista, la convierte en una rara joya sensitiva que huele a gasolina y goma de neumático quemada. La experiencia del viaje, como se dice ahora, es lo que cuenta. Había que vivirla e interiorizarla, y para eso no hace falta hablar. Los diálogos sobran y los personajes ni siquiera tienen nombre, respondiendo a arquetipos abstractos. El cantante James Taylor es el Conductor, Dennis Wilson (batería de los Beach Boys) es el Mecánico, Laurie Bird es la autoestopista y el gran Warren Oates es GTO.

De haber protagonistas identificables esos son los coches, sobre todo el Chevy del 55 de los dos chicos, que luce un aspecto destartalado por fuera pero esconde un poderoso motor trucado para vencer en los retos. Como el que les propone GTO con su modelo de serie GTO Pontiac del 70. Un simple pretexto para apretar el acelerador a fondo y precipitarse hacia un final tan irreal como cinéfilo, cuando el cuentakilómetros se pone a cero y los caballos avanzan en paralelo por el campo infinito contiguo a la ruta y el celuloide arde consumiéndose para siempre. A partir de ahí ya todo son sombras, recuerdos fugaces en la mente del espectador que añora las presencias en el camino de Harry Dean Stanton, de James Mitchum, de eternos secundarios como George Mitchell y Alan Vint, o del guionista Rudy Wurlitzer en persona. En la escritura también colaboró Floyd Mutrux, que luego hizo una memorable película de carretera titulada “Aloha, Bobby and Rose” (1975).