2018/08/19

Una obra de arte total
IBAI GANDIAGA PÉREZ DE ALBÉNIZ
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Markus Rothkowitz llegó con nueve años a Estados Unidos, del mismo modo que muchos emigrantes del decadente Imperio ruso. Su familia, judíos en una Letonia anterior a la Revolución bolchevique, buscó un futuro mejor para él y para sus cuatro hermanos. A la edad de 66 años, Markus moriría desangrado tras los cortes que se realizó en el brazo, en mitad de un charco de sangre y con su cuerpo lleno de antidepresivos y alcohol. Sin embargo, el mundo no lloró la muerte de Rothkowitz, el niño que estudió el Talmud judío y el joven que cultivó su retórica en reuniones anarquistas, sino la de Mark Rothko, el pintor del expresionismo abstracto.

En 1971, un año después de su muerte, se inauguraría la Capilla Rothko en Houston, con catorce de sus obras y en un edificio que, broncas aparte, fue firmado por el introductor del Movimiento Moderno en Estados Unidos, Philip Johnson. La obra de Rothko siempre fue del agrado de los arquitectos, ya que tiene la cualidad de jugar y potenciar los espacios en los que se muestra. No en vano, Mies van der Rohe, el alemán que modernizó la arquitectura de rascacielos en los años 50, escogió a Rothko para que pintara los murales del lujoso Four Seasons en el edificio Seagram. Del mismo modo, cuando los filántropos John y Dominique de Menil encargaron a Rothko la creación de una capilla que funcionara como punto de encuentro aconfesional, comenzó una de las uniones de arquitectura, pintura, escultura y música más importantes del siglo XX.

Para entonces, Rothko ya era consciente de que su obra, coloridos rectángulos velados en gran formato, estaba cayendo dentro de la categoría de “decorativa”, tal vez por esa gran cualidad de interaccionar con el espacio. Su obra cambió a algo más oscuro, con un mayor uso del negro, quizás preconizando la angustia que lo llevó al suicidio. El artista concibió catorce grandes lienzos, dispuestos en un edificio de planta octogonal, con un eje principal norte-sur. El octógono se iluminaría tan solo por un lucernario central, velado a su vez para que la luz fuera tenue.

El espacio debía de ser neutro y aquello supuso un desencuentro con el arquitecto Philip Johnson, que había previsto un edificio con una pirámide a modo de óculo en la cubierta; Rothko lo consideraba excesivo y creía que restaría “neutralidad” al conjunto. El pintor exigió que el edificio fuera parco, con un exterior sencillo en ladrillo. Johnson decidió apartarse del proyecto y colocar a otro arquitecto de su estudio, Howard Barnstone, al frente de la obra. Es probable que en la decisión tuviera que ver el recuerdo del plantón que unos años atrás Rothko les dio a él y a Mies van der Rohe en el edificio Seagram. El rascacielos, hoy convertido en un icono para arquitectos, aplicó las más modernas técnicas constructivas con un lenguaje innovador que venía de Europa. El lujoso restaurante Four Seasons, que se vanagloriaba de tener a Picasso, Pollock o Miró colgados de sus paredes, quería llenar una pared de ocho por catorce metros con la obra de Rothko, trabajo por el que el artista recibiría 35.000 dólares, una importante suma para la época.

Cuestión de principios. La aceptación del encargo del Seagram por parte de Rothko cogió a muchos por sorpresa; no en vano fue defensor del respeto a los trabajos, activista por los derechos de los trabajadores y defensor de la Revolución rusa. Pese a eso, el pintor trabajaría durante un año entero, alquilando una antigua cancha de baloncesto como taller de trabajo, y construyendo mediante andamios una copia volumétrica del restaurante para poder estudiar su obra en relación al espacio en el que se iba a mostrar. Tras un viaje por Europa en 1959, a pocas semanas de la inauguración del restaurante, Rothko decidió rehusar el encargo y devolver el dinero. Según cuenta su asistente, llegó a expresar que nadie que degustara esa comida a esos precios miraría nunca una de sus obras.

La obra de la capilla fue terminada por Johnson, quien la retomó tras la muerte del pintor. Para entonces, ya estaba encargada la pieza “Rothko Chapel”, del compositor de vanguardia Molton Feldman, destinada a ser oída en la propia capilla, así como la colocación de la obra “Obelisco roto”, de Barnett Newman, una de cuyas copias ya se exhibía, paradójicamente, frente al edificio Seagram de New York desde 1967. El modesto pabellón representa la concepción de “obra de arte total”, siendo una combinación de arquitectura, arte, escultura y música que se sirven entre ellas sin imponer una jerarquía clara.