2018/08/26

Arquitectura esencial
IñIGO GARCÍA ODIAGA
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El arquitecto Alvaro Siza Viera ha finalizado una pequeña y humilde capilla rural en Barão de São João (Lagos), en el Algarve, en la zona sur de Portugal. Como en cada obra, Siza destila aún más la esencia de la arquitectura, esculpiendo una pieza pura de abstracción. Una pieza que se enfrenta al paisaje desprovista de todo lujo, que expone su crudeza a pecho descubierto, diseñada para funcionar sin electricidad, calefacción o agua corriente.

En 2016, Siza Vieira aceptó el encargo de diseñar esta pequeña capilla como punto focal para el desarrollo de una promoción cercana, en el punto más alto de la propiedad. En ese lugar de máxima belleza, el proyecto se sitúa como un elemento simbólico abstracto, casi como una escultura de landart que media, como narran las fotografías de João Morgado, entre el paisaje y el cielo.

Como el Algarve es similar en clima y topografía al norte de África, Siza reinterpreta en este proyecto arquitecturas libias, etíopes o del arquitecto egipcio Hassan Fathy, quien fue un pionero en el uso de sistemas de ventilación natural. La capilla utiliza las corrientes de aire para garantizar la ventilación y la estructura de muros masivos, para gracias a esas circulaciones de aire mantener el edificio fresco en verano y cálido en invierno.

El volumen de la capilla parece fragmentarse en dos piezas, una llena y otra vacía, una plataforma y una sala. La pendiente de la parcela es absorbida por un pequeño zócalo que se convierte en plaza de acceso a la ermita, en un cuadrado perfecto blanco que delimita un ámbito en medio de la naturaleza. Un banco alargado sirve de cierre y barandilla en el lado más alejado de la entrada. Dos árboles uno antiguo y otro nuevo, recién plantado, parecen fijar ese espacio abstracto en el lugar. Este templo de color beige, térreo de la Capilla del Monte, solo puede ser alcanzado mediante una larga ruta a pie o en un vehículo todo terreno. La estructura de una única sala tiene una dimensión de 10 x 6 metros, a la que se accede a través de un pequeño pasillo que a modo de patio se presenta como un espacio de descompresión entre el paisaje y el interior de la capilla. La sobriedad de los materiales, como el hormigón pulido, la piedra caliza o el azulejo, hablan de una austeridad rural construida a base de orden en las juntas y de saber hacer, pero también de la dignidad de aquel que se conforma con lo justo.

Desde un punto de vista arquitectónico requiere una especial atención el tratamiento que hace el proyecto respecto de la apertura de huecos. Las ventanas o la puerta no ofrecen nunca vistas directas entre el exterior y el interior o viceversa. La luz se desliza al interior siempre por los bordes, a ras de suelo o rozando una pared. Únicamente una ventana permite una visión directa desde el interior hacia el exterior, y dada su posición central sobre el altar parece sustituir el clásico retablo, colocando en la presidencia del espacio las copas lejanas de los árboles y un buen pedazo de cielo.

La única concesión ornamental de la iglesia gira en torno a tres grandes dibujos realizados por Siza, que a modo de retablos de azulejo presentan escenas de la vida de Jesús. El nacimiento, el bautismo y la pasión son narrados con ese dibujo rápido y aparentemente azaroso del arquitecto portugués, un dibujo que si se recorre por el contrario lentamente va desvelando más y más información.

Siza ha diseñado también el mobiliario de la pequeña iglesia, la cruz dotada de un cierto antropomorfismo, el altar, los bancos y las sillas, así como la pila bautismal, construidas por artesanos expertos de la región. Como en todos los buenos elementos artesanales la decoración desaparece, devolviendo a los objetos un cierto rigor funcional, una cierta ergonomía que los atrae hacia los usuarios, las personas, alejándolos de lo sagrado. Posiblemente repose ahí el acierto de Siza, en anteponer gracias a su formación comunista el hombre a Dios y construir así en el fondo un espacio más sagrado que aquel que fue encomendado a las deidades.