2018/09/02

Caminos
IKER FIDALGO ALDAY
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Pasados escasos días del inicio de un nuevo curso, creemos importante volver a poner el foco de debate en analizar el camino hacia la profesionalización del mundo del arte. En la época de la sobreproducción de másters, doctorados y posgrados, la formación universitaria en arte parece enfocar hacia la práctica docente la única salida tangible para la gran cantidad de alumnado que engrosa sus filas. Por otro lado, la práctica artística y la producción de obra entran en una espiral de dependencia de subvención pública a través de ayudas y apoyos al arte joven que suelen desaparecer una vez superados los treinta. La sensación de fragilidad profesional y de precariedad se mantiene entonces como un denominador común, una compañera de viaje inherente a cualquiera que opte por hacer de su creación su camino laboral. Quizás conviene preguntarse hasta qué punto tiene sentido producir “mercancía” para alimentar una industria sin mercado, incluso sin espacios para la crítica y la creación de pensamiento que se desarrolla de forma paralela y tangencial a la evolución artística. De cualquier manera, si de algo es capaz el arte es de imaginar otras maneras de vivir. A partir de ahí, deberemos tener claro cuanto antes cuál es nuestro rol, como público, en el intento de cambiar las normas del juego.

El imponente Depósito de Aguas del Centro Cultural Montehermoso de Gasteiz es testigo, hasta el 23 de setiembre, de un amplio despliegue del veterano autor Carlos Marcote (Agurain, 1950). Una muestra que reúne 140 trabajos, algunos de reciente factura, que nos zambullen en la reconocible trayectoria del pintor alavés. Un realismo evocador nos hace sentirnos cercanos a una serie de paisajes dominados por la quietud y las texturas lumínicas cuidadas. Frente a las colinas y embalses se abren paso lo que parecen ser ruinas arquitectónicas, espacios en desuso que no ocultan, ni quieren, su condición de huella y rastro. La casi total ausencia de figura humana en estas representaciones, confronta con la serie de retratos de artistas reconocibles del contexto alavés en sus espacios de trabajo y estudios. Una apertura del lugar íntimo que acaba plasmándose en el pigmento sobre la tela. Hay una característica en la pintura de Marcote que invita a elevarnos a un tono contemplativo, en donde los árboles y los campos amarillos parecen formar parte de una realidad ya vivida. Sin embargo, la pintura no es la mera representación. El realismo no debe confundirse con la reproducción exacta de la vista. Es, a fin de cuentas, una forma de interpretar nuestro entorno, tanto natural como urbano y social. Es una manera de comunicar y de digerir un mundo del que somos parte insustituible.

El Koldo Mitxelena Kulturenea acoge hasta el próximo sábado la exposición colectiva correspondiente a la edición del 2018 de “Artistas noveles de Gipuzkoa”. Comisariados por Garazi Ansa (Oiartzun, 1989) y Leyre Goikoetxea (Arrasate, 1983), ocho son los trabajos que conviven en la amplia sala del museo donostiarra y que responden a las propuestas del elenco seleccionado de este año. Julen Agirre Egibar, Nagore Amenabarro, Ana Arsuaga, Mikel Escobales, Nader Koochaki, Mikel R. Pejenaute, Ainize Sarasola y Alazne Zubizarreta nos proponen diversos caminos desde los que llevar a cabo nuestro recorrido. Con espacios deliberadamente marcados y separados para cada uno de los proyectos, subyace una convivencia entre las piezas capaces de conformar líneas de diálogo entre su disposición formal. Por esto, y a pesar de las evidentes diferencias y los condicionantes que el formato concurso impone para el diseño expositivo, funciona como un todo amalgamado que nos permite tomar el pulso a la creación guipuzcoana.